viernes, 12 de agosto de 2016

PILOTO 9




El Sol ya estaba comenzando su declive cuando Marta arrancó a correr río arriba. Hacía tiempo que se había acostumbrado a trotar, primero para mantenerse en forma, pero poco a poco se fue dando cuenta de que era una buena forma de quemar adrenalina y desestresarse. Cuando estudiaba en la ciudad solía correr por un parque cercano a su casa, pero una vez en el pueblo, el camino que se dirigía a la sierra por el valle del río era ideal: los árboles propiciaban largos tramos de sombra y el murmullo del agua unido al canto de los pájaros hacía el paraje especialmente relajante. Los fines de semana o en la temporada de aceituna solía cruzarse con el coche de bañistas que bajaban de la sierra o de algunos jornaleros rezagados, pero entre semana el tráfico era inexistente. Ese día, Domingo después de feria, la vida social del pueblo se limitaba a sentarse en alguna terraza a partir de las doce de la noche, así que, aunque después le tocaría abrir el bar, ahora podía hacer tranquilamente su recorrido habitual. Por fin habían terminado las fiestas, eso significaba que las cosas poco a poco iban a volver a la normalidad. A lo largo de la semana siguiente los veraneantes regresarían escalonadamente a sus domicilios habituales, y a final de mes, muchos de los jóvenes del pueblo empezarían a desaparecer entre semana para ir a trabajar o estudiar a la ciudad. Tendría que buscarse alguna actividad de lunes a viernes, porque el bar le dejaría demasiadas horas libres y sólo los fines de semana serían realmente agitados. A pesar de todo, necesitaba unos días para recuperar sueño y relajarse después de una semana dura en la que apenas había podido descansar.


Decidió dar la vuelta. Llevaba unos veinte minutos trotando y el paisaje había cambiado visiblemente. El olivar se transformaba en bosque de pinos, la distancia entre las montañas que custodiaban el río se hacía cada vez menor y la carretera se convertía en un repecho cada  vez más duro a medida que se iba adentrando en la Sierra de las Villas. La verdad es que las fiestas habían sido muy divertidas, aunque había echado de menos la visita de algunos amigos que solían aparecer en esas fechas. A diferencia de la mayoría de chicas del pueblo, que aprovechaban esos días para desinhibirse y ligar con forasteros, ella seguía buscando alguien que le hiciera olvidar a Dani, pero nunca creyó en eso de “un clavo con otro se quita”, y aunque no le habían faltado pretendientes, ninguno le había llegado a llamar la atención.

Se extrañó de ver a alguien corriendo en su dirección, y todavía más al reconocer a David. Le saludo al cruzarse en él, pero ninguno de los dos se detuvo.

-Hizo un buen partido –pensó- Pero pensaba que hoy no se podría mover después de la torta que pilló ayer.


Le recordaba bebiendo cerveza con el resto del equipo en su bar, y después en la caseta municipal, tomando copas con Ana hasta que se fue con ella cuando comenzaba a despuntar el Sol. Marta aguantó hasta el final y se fue a desayunar, pero no había bebido ni la cuarta parte que él.

Cuando volvió a pisar las calles del pueblo, aflojó el ritmo y decidió que la próxima vez que saliese a correr, llevaría con ella su MP4. 



         Se ajustó las zapatillas de deporte y cogió su MP3 antes de comenzar a trotar sin rumbo fijo. Al cruzar el primer puente decidió girar a la derecha y seguir el curso del río en dirección inversa a la que llevaba el agua. Era una carretera estrecha y el asfalto que alguna vez la cubrió, brillaba por su ausencia, convirtiéndola más en un camino de carros que en una verdadera carretera. Le habían contado que prácticamente todos los años tenían que parchear las carreteras de la zona con más tránsito, ya que durante la temporada de recogida de aceituna, los tractores y demás vehículos acababan por destrozar la calzada. El hecho de que el camino que había tomado no llevase a ninguna población (sólo unos cuantos cortijos se encontraban en esa dirección) había contribuido al olvido del ayuntamiento a la hora de destinar fondos para arreglar algo que nadie iba a aprovechar. Sin embargo el camino, entre olivos al principio, y acercándose a la sierra ahora, tenía su encanto.

         No la vio hasta que no la tuvo a 5 metros, y saludó más por cortesía que por otra cosa.

-“¿Es la hija del presi?”- se preguntó a si mismo antes de sorprenderse girando la cabeza para mirarle el culo – “¡Joder! Además de ser guapa tiene un cuerpo impresionante. Bonitas piernas”

         El comentario de las piernas le trajo a la mente lo sucedido con Ana. Llevaba un vestido corto y la verdad es que las piernas parecían estar duras. ¿Lo parecían?. ¡Que va!. Recordó que entre beso y beso, su mano se deslizó un par de veces debajo de la tela blanca que cubría su cuerpo y pudo comprobar que no es que pareciesen duras, es que lo estaban. También es verdad que el estado en el que se encontraba la noche anterior no proporcionaba una gran credibilidad a sus recuerdos, pero de que la chica era guapa, estaba seguro, porque la había visto durante la liga y esos recuerdos sí que eran fiables. No sabía si le había dado su teléfono, pero no le preocupaba:” Se dónde encontrarte” se dijo con una sonrisa en la cara “pero será mañana, esta noche estoy demasiado cansado.” Dio la vuelta y puso rumbo al pueblo. No le apetecía correr de noche y el Sol ya se estaba ocultando.

PILOTO 8


Despertó sin saber exactamente donde se encontraba, pero un momento después reconoció el techo de su habitación. Notaba en la boca un sabor amargo, estómago parecía una hormigonera y algo dentro de su cabeza no paraba de golpearle las sienes una y otra vez. Estaba tirado sobre la cama completamente desnudo, pero la ropa que normalmente dejaba colocada sobre la silla, se podía ver amontanada en el suelo. Unos finos rayos de luz se colaban por los agujeros de la persiana, pero la ventana se encontraba cerrada y el aire acondicionado conectado.


-¡Vaya castaña!, menos mal que dejé el aire en marcha antes de irme. Que desastre, menos mal que aquí era donde iba a empezar a sentar la cabeza.

Buscó a tientas la botella de agua que solía dejar junto a la cama y le dio un par de sorbos cortos. A pesar de estar sediento, tenía miedo de que el estómago comenzase a centrifugar el agua y le provocara vómitos, sin embargo y a pesar de no estar fresca, los traguitos parecieron sentarle bien. Se volvió a estirar en la cama. La noche había sido realmente dura, la cena del equipo una al último día de fiestas, había provocado un estado de comunión entre la plantilla y la afición. Un gran número de personas se habían dirigido a él para felicitarle por el gol y animarle a que siguiese trabajando como en el partido de ayer, pero apenas podía recordar dos o tres nombres. Tenía lagunas en su mente, aunque recordaba con claridad que el míster les había dado dos días de fiesta (menos mal, porque hoy no habría podido entrenar a buen ritmo), la sonrisa de una sensual pelirroja tras la barra del 32 y que después de una larga charla y un buen número de chupitos, acompañó a Ana a la puerta de su casa y se despidió de ella con un tórrido beso. Cualquier otro día habría intentado algo más, pero no estaba en condiciones de llegar más allá en su juego de seducción, de hecho, al doblar la siguiente esquina vomitó entre los arbustos de un parque.


Miró la hora en el móvil: la una y media.


-Parece que aguanto bien el agua. Descansaré otro poco y comeré algo antes de seguir durmiendo –se dijo en voz alta-Si luego me levanto en condiciones trotaré un rato antes de cenar.


Volvió a coger el agua, sacó un ibuprofeno de la mesita de noche y se lo tomó con un largo trago. Puso el despertador a las dos y media, se dio media vuelta en la cama y cerró los ojos respirando profundamente.



ENTRE REJAS


            Agarraba los fríos barrotes que me rodeaban llorando de impotencia. Era injusto. Yo tenía que estar fuera, no había hecho nada malo. Hace tan sólo un par de semanas mi vida era completamente distinta. Era feliz con mis coches y mi perro. Disfrutaba del verano al aire libre, bañándome en la piscina de casa cada vez que quería apaciguar el sofocante calor del mes de Agosto. Sin problemas, sin preocupaciones, sin nada que presagiara que toda aquella dicha podía terminar en cualquier momento.
            Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras gritaba una y otra vez que era inocente, que aquello era un error, pero cuanto más alto gritaba, más indiferencia veía en sus caras. En sus miradas, frías como el acero, se leía que no pensaban dar su brazo a torcer. Habían dictado sentencia y ya no había vuelta atrás. Yo sabía la verdad, sabía que el verdadero culpable estaba fuera disfrutando de su libertad mientras que yo notaba como la vida se me escapaba dentro de mi celda.


            Era injusto. Era mi hermana la que había roto la pantalla de la Tablet de mi madre antes de echarme a mí la culpa. Yo no tendría que estar encerrado en mi parque….

miércoles, 10 de agosto de 2016

PILOTO 7

         Se despertó alrededor de las 18.15, no había dormido demasiado, pero notaba que había descansado muy bien. Su estado físico tampoco era algo que le preocupara en exceso, al iniciar la pretemporada más tarde que el resto del equipo, estaba de acuerdo con el míster en que su estado de forma no era el idóneo, así que habían resuelto que sólo jugaría unos veinte minutos para comenzar a coger ritmo de partido. La convocatoria solían hacerse en el 32, bar en el que se había establecido el local social del club, pero por tratarse del primer partido, y dadas las circunstancias especiales que lo rodeaban, esta vez tenían que presentarse directamente en el campo. Se dio una ducha rápida, y mientras se vestía viendo un concurso que ponían en la televisión autonómica, decidió que cogería su moto para llegar hasta el campo. La verdad es que sólo se encontraba a unos quince minutos a pie, pero el sol todavía calentaba, y el camino hasta el Jamargal no disponía de muchas sombras donde cobijarse. Cogió su casco, bajo las escaleras y tomó un zumo de naranja y un par de galletas antes de subir a su Harley y ponerse en camino hacia el primer partido de su nuevo equipo.



         Alrededor del campo ya se comenzaba a apreciar ambiente festivo: por los dos caminos que llegaban hasta él, se aproximaban distintos grupos de gente, la mayoría con la camiseta verde aceituna del C.F.Mogón. Muchos de ellos cargaban con neveras y paraban cada cierto tiempo para echar un trago. Durante la liga del medio día, le habían explicado que en el partido de presentación les permitían entrar con neveras en el campo como tradición, era algo que venían haciendo desde que el equipo se fundara en la categoría más baja del fútbol regional andaluz. 


         -Son insaciables, se nota que están en fiestas -pensó mientras entraba en el recinto deportivo.


         Llegó al vestuario cinco minutos antes de la hora prevista, pero aún así, el reto de la plantilla ya estaba terminando de vestirse de corto, impacientes por escuchar la charla técnica y salir al césped a calentar.

         La charla fue breve: explicó el sistema ( un 4-2-3-1 sin más complicaciones), recordó las estrategias a balón parado, alentó a sus jugadores a dar una buena imagen el primer partido de la temporada, pero para extrañeza de David, no habló en ningún momento del resultado, sólo de dar buena imagen y hacer disfrutar al público.

         Se escuchaban los cánticos antes de salir al campo. Unas cinco mil personas llenaban las gradas, algo digno de elogio tratándose de una población de poco más de tres mil habitantes. El número catorce se sorprendió mirando a su alrededor con admiración, sin duda, los turistas se volcaban con el equipo. Un tirón de la camiseta le trajo de nuevo a la realidad.


         -¡Me has prometido un gol! –le dijo Mario- Estaré detrás de aquella portería, ¿te he dicho que hago de recogepelotas?

         -Sí, pero dudo mucho que pueda marcar, sólo jugaré 20 minutos.

         -¡Tienes tiempo de sobra! –gritó el pequeño corriendo hacia su sitio-¡Acuérdate de dedicármelo, me he jugado un chicle con mi primo!




         El partido comenzó con los locales volcados, empujados por un animoso público que los llevaban en volandas, sin embargo, tras fallar  Chino (el delantero centro local) un par de oportunidades, el Real Jaén tomó el mando de partido. Los jugadores de la capital aprovechaban su mayor calidad y el rodaje que les daba el mes que llevaban entrenándose para conservar el balón y crear peligro a un equipo, que a medida que se acercaba el descanso, notaba la falta de frescura habitual a estas alturas de pretemporada. Cuando el árbitro señaló el final de la primera parte, el marcador reflejaba un cero a uno, resultado bastante justo tal y como habían transcurrido las cosas.


         En el descanso el discurso no varió en exceso. Después de felicitar el comportamiento de la primera parte, el míster intentó corregir algunos fallos puntuales y realizó cinco cambios con el fin de dotar al equipo de una mayor consistencia física. Insistió en que el orden era más importante que el resultado y que no debían tirar la buena imagen por la borda por irse a lo loco al ataque.

         Al volver a salir al campo la gente seguía cantando como al principio. Miró hacia la portería a la que tocaba atacar: Mario estaba junto al poste derecho y detrás de él dos pancartas llamaban la atención. En una se veía un extraño ser  junto a la inscripción “Los trabubus de las Villas”, en la otra se podía leer “Frente botellín”. En el momento en que el árbitro señaló el comienzo, Pelijas se giró y mandó a calentar a David y a otros dos compañeros. En el minuto diez, el Jaén hizo el segundo aprovechando un despiste defensivo y comenzó su propio carrusel de cambios. Ahora el Mogón tenía más el balón, y a pesar de estar algo desordenados en el centro del campo, compensaban esa anarquía con trabajo.


         -Ven David, entras ya.


         Se quitó el peto y cambió su camiseta. Después de ajustarse las espinilleras y besar la cruz de plata que colgaba de su cuello se acercó al míster y se la entregó esperando instrucciones.

         -Guárdamela, por favor

-Medio centro. Ya sé que no es tu sitio, pero tienes cualidades de sobra para jugar ahí. No te vuelvas loco y guía a tus compañeros: hace un rato que corremos más de la cuenta por estar mal colocados. No quiero que pierdas el sitio, juega y haz jugar a los demás. En los balones parados mandas tú. Tienes veintitrés minutos, pero ante cualquier molestia pide cambio. ¿Estamos de acuerdo?

-Completamente.


Durante los diez primeros minutos no se complicó mucho la vida, intentó no perder balones y se limitó a tocar en corto, sin arriesgar, y asegurar su posición en el centro del campo. Una buena jugada por banda provocó un córner a favor, marcó jugada y lo sacó fuerte y al primer palo, donde Jorge remató de cabeza al fondo de las mallas. El público se animó todavía más pidiendo un último esfuerzo y el equipo se contagió. Siempre le buscaban a la hora de organizar los ataques y eso le hizo coger confianza y arriesgar un poco más. De sus botas salió un buen pase interior que controló Kaki antes de ser derribado a unos cinco metros de la frontal. El catorce lo vio claro, así que cogió el esférico, lo plantó, tomó cuatro pasos de carrera y lanzó un zapatazo que se coló por la escuadra. El público estalló, y antes de darse cuenta, ya tenía a cinco compañeros encima, pero cuando ya volvían hacia su campo, se dio la vuelta, se dirigió al fondo y se abrazó a un pequeño recogepelotas. La sonrisa de Mario le proporciono mayor satisfacción que el propio gol.


De ahí al final poco más, ya que las fuerzas volvían a fallar, pero esta vez aguantaron ordenados hasta los tres pitidos del árbitro. Tras aplaudir al público y saludar a los rivales, David se sorprendió del tiempo que llevaba sin salir de un campo sonriendo.

-Lástima que el resto de la temporada no vaya a ser igual-se dijo en voz baja mientras alcanzaba el túnel de vestuarios y la sonrisa se le borraba de la cara.


viernes, 5 de agosto de 2016

PILOTO 6


Era el típico día de Agosto en el sur de España. David caminaba camino de “El Tuerto”, un bar que había justo en el centro de la localidad, disfrutando del sol de la mañana y del aire de la montaña. El pueblo era pequeño, pero al estar formado exclusivamente por casas, ocupaba más terreno que si existiesen bloques de pisos. Además, la distribución de estas en cinco barrios un poco separados, y los rodeos que había que dar para cruzar los puentes, hacía que su extensión pareciese mayor de la que realmente era.

Se paró sobre el puente del Molino. Era uno de los cuatro puentes que había en el pueblo, y a pesar de ser bastante estrecho, podían circular vehículos, aunque no tenía suficiente anchura como para que se cruzasen dos coches. Bajo el puente, una pequeña presa situada unos cincuenta metros río abajo, daba origen a un embalse de tamaño considerable que la gente de los alrededores aprovechaba para bañarse en el Aguascebas, un pequeño afluente de se juntaba con el Guadalquivir unos trescientos metros más abajo.


A un lado del río, una pequeña playa artificial situada entre la orilla y una pared que hacía de contrafuerte en un acantilado, hacía las delicias de niños y no tan niños que corrían por la arena o se tumbaban a tomar el sol. Al otro lado, un paseo situado unos tres metros sobre el nivel del agua y separado de esta por una franja de verde césped, recorría la orilla al igual que lo hacen los paseos marítimos en las grandes ciudades. Sendos parques infantiles situados al principio y al final del peculiar paseo, daban a la zona un aspecto ideal para pasar el día en familia.


Al mirar hacia atrás vio a un chico con camisa blanca y pantalón negro caminando apesadumbrado en su dirección. No era muy alto, y a pesar de no estar excesivamente musculado se apreciaba que estaba bastante fibrado. Lo reconoció en seguida, era uno de los chavales del equipo, no recordaba su nombre (siempre tenía ese problema al cambiar de club) pero estaba seguro porque era uno de los más folloneros en el vestuario.


-¿Tocas en la banda?-le preguntó David cuando lo tuvo lo suficientemente cerca para que le escuchase.

-Sí señor. La corneta. Desde que tenía nueve años y hasta que el cuerpo me lo permita –tenía aspecto de estar muy cansado- Estoy reventado, espero que acaben pronto las fiestas.

-¡Tampoco es para tanto! Los del pueblo sois muy blandos.

-Debe de ser eso, pero me gustaría verte en mi lugar: me acuesto un rato a eso de las cinco de la tarde, me levanto a las siete, y después entre la pretemporada, las fiesta y la banda, no puedo volver a dormir hasta la tarde del día siguiente. Encima hoy debutamos, menos mal que ya sólo queda un día para volver a la rutina.


En el fondo. A Miguel no le gustaba nada la rutina: despertador a las cinco de la mañana, ducha, café y al campo. Ahora estaban limpiando el olivar para facilitar la recogida cuando llegase el momento, pero entre eso, hacer suelos, sulfatarlas, recogerlas, etc.. tenía trabajo en el campo para todo el año. A las doce y media vuelta al pueblo, una cervecita en el bar hasta la hora de comer y después de una horita de siesta, a estudiar. No era buen estudiante, pero quería acabar el módulo de automoción que tenía a medias, no quería depender sólo del campo y esperaba, con el tiempo, montar su propio taller. Volvía al pueblo con el tiempo justo de entrenar, cenar y volver a coger la cama.


-La gente está muy preocupada con el partido de hoy ¿no? Por cierto, perdona pero no me acuerdo de tu nombre.

-¡Tanto cambio de equipo te va a dejar como Doris! Soy Miguel, y la gente no está preocupada por este partido, está ilusionada con el equipo y la nueva categoría. La gente del pueblo disfruta viendo a sus vecinos jugar bien al fútbol, y cuando no lo hacemos bien, disfrutan viendo como lo intentamos sin rendirnos. Lo tuyo es una excepción, nunca había venido alguien de tan lejos a formar parte de nuestra plantilla –le guiñó un ojo mientras decía- Sin duda tendrás que proporcionarnos el salto de calidad que necesitamos.

-No te creas Miguel, no soy lo que era. Estoy muy castigado.

-No te preocupes, alguien con tu experiencia tiene mucho que enseñar y aportar a un equipo de gente joven. Y verás como al final te sorprendes y demuestras que te quedan muchos minutos que disfrutar jugando.

Le dio una palmadita en la espalda y pareció recuperar la energía de la que hacía dos minutos estaba tan falto. Se giró para decirle:


-¡No te quedes ahí parado! Estamos convocados a las siete, a las cinco deberíamos estar echando una siestecita para descansar, así que nos quedan tres horitas y media para echar una buena liga. Vente de bares, a ver a quien nos encontramos por ahí.

Esta era una de las costumbres del pueblo a la que más rápidamente se había adaptado. La cervecita del mediodía era obligatoria, pero sentarse en los bares a tomar cerveza los fines de semana era de las pocas cosas que se podían hacer en el pueblo, así que se había convertido prácticamente en una tradición. No era extraño ver a la misma mesa a chavales de 17 años jugando al domino o discutiendo sobre quien iba a ganar la liga con abuelos de más de 70. En el tiempo que transcurría desde que acababa la misa de las doce, hasta las tres y medía, la gran mayoría de la población de Mogón se concentraba en sus bares. La sana costumbre de poner una tapita con cada cerveza que se tomaba, ayudaba a los clientes a seguir consumiendo, y los más jóvenes, salían derechitos a tumbarse a dormir la siesta después de completar la serie de cervezas y tapas. Con un café y un par de copas. Tomando la segunda tapa, David hablaba con el hermano de Miguel sobre lo curioso de la diferencia entre los bares de España. Comentaba como según la zona, se estilaba más el barril que la botella, al botellín se le llamaba quinto, o a lo que era una mediana en Cataluña, pasaba a denominarse tercio en el resto del país.

-Aquí les llamamos “mochas”-dijo Dani- Aunque a lo de tercio también estamos bastante acostumbrados.


Comenzaban a debatir sobre porque a los habitantes de una zona siempre les gusta más la cerveza más extendida en su comarca (David siempre había defendido que eso era como todo, a lo que te acostumbras desde pequeño) cuando Miguel les metió prisa.


-Vamos al bar del Víctor, que seguro que los de la peña están allí.



Salían del “Molino Viejo”, uno de los bares con más solera del pueblo, bien situado junto al puente en el que se habían encontrado David y Miguel, debía su nombre a que durante los años de la guerra civil, allí tenía su ubicación el único molino de la comarca. Sin embargo, y a pesar de tener muchos parroquianos asiduos, la gente joven del pueblo sólo estaba allí de paso, preferían el Tuerto, el bar de Víctor o en su mayoría, el “32”.


El bar de Víctor estaba situado en los bajos de la casa de su dueño, que por supuesto, se llamaba Víctor. Era la primera vez que David entraba allí, y le llamaron la atención tres cosas de sobremanera:
El sonido ambiente era bastante más alto, la gente joven reía con intensidad, algunos incluso cantaban, así que para hacerte oír tenías que elevar el tono de voz. La segunda que le llamó la atención (muy gratamente, todo hay que decirlo) fue el sabor y la generosidad de sus tapas. Mientras observaba los dos huevos de codorniz fritos que descansaban en un lecho de bacon y una rodraja de tomate, todo colocado en una rebanada de pan tostado, decidió que saldría de allí comido y listo para dormir. En la barra nunca faltaban platillos con aceitunas.


         -Tenemos que aprovechar ahora que hay turistas para enseñarles lo mejor de nuestra tierra-solía decir Víctor.


         Pero sin duda, lo que centró en interés de David fueron las curvas de Ana, la hija de Víctor, que no paraba de salir de la cocina cargada de tapas. Aunque en su cara se notaban los estragos de las fiestas, no perdía su buen humor, y en su cara se dibujaba una sonrisa preciosa en todo momento.

         Salieron de allí cantando, aproximadamente a las tres, y se encaminaron hacia el Tuerto. Era un pequeño bar situado junto a la iglesia, justo antes de un precioso puente colgante de tablas que cruzaba el Guadalquivir, y en el que los días de “liga recia” (así llamaban a los días en que las tres o cuatro cervecitas se convertían en una docena) la cantidad de gente  concentrada te obligaba a estar permanentemente de pie, en ocasiones incluso tenías que salir fuera del bar. Se sorprendió al ver al míster apoyado en la barra con el Pelijas, sobre todo al apreciar que varios miembros más del equipo se encontraban en el local. Les saludo levantando la mano y fué a situarse en la otra esquina de la barra (aunque realmente sólo se encontraba a unos pocos metros de ellos). No había hablado demasiado con el cuerpo técnico, pero tenía que reconocer que era un grupo peculiar y que le habían acogido como a uno más de la plantilla desde el primer momento.


         La cosa se fue animando durante la siguiente hora, pero en un momento dado, se escuchó al preparador físico decir:


         -Señores, vale de momento. Todos a descansar un rato y esta noche, más.


         Se escuchó alguna queja, sobretodo de los más jóvenes, pero todos accedieron sin dudarlo, algo que David agradeció porque empezaba a notarse algo mareadillo.



         Al salir a la calle el sol calentaba con fuerza, rondarían los cuarenta grados. Comenzó a caminar por un asfalto que en ocasiones se mostraba incluso pegajoso pensando en el camino que le quedaba por delante y en la habitación con aire acondicionado que le esperaba al final (gran invento, como lo agradecería cuando se tumbase en la cama). Su mente se trasladó por un instante al bar de Víctor y las curvas de Ana volvieron a su memoria. Le recordaba vagamente a una prostituta que conoció en un bar de carretera cercano a Logroño, cuando comenzaba su declive futbolístico, pero tuvo que reconocer que la mogonera tenía una de las caras más bonitas que había visto en su vida. Le había gustado esa chica, la verdad es que el pueblo tenía cada vez mejor pinta.


         Llegó al hostal y subió directamente a su habitación. Podía descansar dos horitas antes de la convocatoria, y aunque sabía que esa tarde apenas iba a jugar, reconoció que le iban a venir muy bien. Puso la alarma del teléfono móvil, y se echó a dormir.




miércoles, 3 de agosto de 2016

EL EMBARCADERO

Es un lugar mágico. Un pequeño embarcadero de madera se adentra en el lago como si de un puente inacabado se tratase. No es perfecto, algunos tablones, castigados por los años y la humedad, advierten con su aspecto que cualquier sobrepeso puede terminar con alguien en el fondo de la laguna. Sólo los grandes troncos que mantienen la estructura sobre el agua dan sensación de estabilidad. Sin embargo es imposible verlo y no querer caminar por él hasta sentarse en el borde a ver atardecer.

                Los últimos rayos del Sol arrancan reflejos de unas aguas calmadas y un innumerable abanico de tonalidades marrones y amarillas cubren los bosques que rodean el pequeño lago. Las sombras del ocaso se alargan sobre la superficie cristalina mientras, a lo lejos, un grupo de patos alza el vuelo y se eleva hacia el cielo.


Cuando tengo un mal día, me traslado allí al llegar a casa. Me tumbo en el colchón poniendo la almohada a los pies y pienso que estoy en ese precioso lugar representado en el cuadro que adorna la pared que hay tras la cabecera de mi cama.

lunes, 1 de agosto de 2016

PILOTO 5


Un cohete le hizo despertarse sobresaltado. Miró el reloj: eran las nueve de la mañana del último día de fiestas. Empezaba a conocer las tradiciones, así que sabía que después de los cohetes, comenzarían a sonar tambores y cornetas, ya que la banda municipal recorría todo el pueblo despertando a los vecinos que todavía quedasen en la cama. Se incorporó y miró a su alrededor. Se hospedaba en una pequeña habitación que se encontraba en un modesto hostal situado en la Av. Guadalquivir, la calle principal del pueblo. El mobiliario era básico: una cama individual, un pequeño escritorio con una silla de madera y un armario empotrado en el que David amontonaba todas sus pertenencias. El baño era compartido y se encontraba fuera de la habitación, al final del pasillo.


Abrió la ventana de par en par para que entrase el aire fresco de la calle y aspiró profundamente durante unos segundos. Era completamente diferente al aire de la ciudad. La mezcla de olores que habitualmente provocaban el bosque de pinos y los olivares, hoy recibía la colaboración inestimable de la pólvora de los cohetes que de vez en cuando estallaban inundándolo todo con su humo. Además, el calor provocaba que la jamila (según le habían explicado, el sobrante de la aceituna al ser prensada provocaba un fuerte olor) aportase parte de su inconfundible aroma al ambiente matutino.




Caminó con serenidad hacia el cuarto de baño para asearse un poco antes de bajar a desayunar. Se miró en el espejo mientras se secaba la cara, le quedaba una semana en el hostal, su idea era alquilarse alguna casita pequeña, pero ahora mismo todas estaban ocupadas.


-La gente aparece de todas partes durante la semana de fiestas –le había dicho el presi – pero en cuanto termina la feria, es fácil encontrar casas en alquiler a precios más que razonables.


         La verdad es que en el hostal se encontraba bastante cómodo, pero tanto el baño como el comedor y la sala de televisión, eran comunes a todos los inquilinos, y a veces era complicado encontrar un momento de tranquilidad, más aún, en las fechas en las que estaban. Tal vez cuando el pueblo retomase la normalidad, el Hostal Guadalquivir (porque así era como se llamaba) también se convirtiese en un sitio más tranquilo. Mientras bajaba las escaleras camino al comedor pensó que quizás se quedase allí una semanita más para buscar su nueva vivienda con más calma.


         - ¡Buenos días David! ¿Te traigo lo de siempre?

         -¡Buenos días, Rosa! Sí por favor- contestó mientras cogía de una mesa vacía la prensa deportiva del día.


Rosa era la dueña del hostal, y junto a su marido Santiago, se encargaban de todo, desde la cocina a la limpieza, pasando por el mantenimiento o la organización de horarios y torneos de juegos de mesa para hacer la estancia más agradable. Era una mujer de unos 55 años, aunque su pelo corto peinado con rulos le hacía parecer todavía mayor. No era muy alta, y las redondeces de su orondo cuerpo le daban un gracioso aspecto, similar al de un pequeño barril de madera.

-Aquí tienes, pan tostado con tomate, aceite y sal y un zumo de naranja. Te preparo el café en dos minutos, que si no se te enfría-una enorme sonrisa iluminaba la cara con los mofletes más sonrosados que David había visto en su vida.

-Gracias guapa.


Ojeaba el diario sin prestar demasiada atención. Pensaba en lo extrañamente amena que se le estaba haciendo la pretemporada. Hacía tiempo que le había dejado de gustar acudir a los entrenamientos, y menos aún si se trataba de las duras sesiones físicas de pretemporada. El míster había hecho algo que le había llamado la atención: la pretemporada estaba siendo dura, sí, pero muy entretenida.  Siempre con juegos y balón por medio, hacían competiciones y se jugaban la cervecita de después del entreno (cervecita obligatoria, una de las reglas internas del equipo) y tanto Santi como el Colorao, predicaban con el ejemplo y entrenaban con ellos imponiendo un ritmo alto a cada ejercicio. No le iba a costar mucho adaptarse al equipo, parecían buena gente, y la mayoría eran jóvenes extrovertidos que llenaban con su alegría el vestuario. Adaptarse a un pueblo pequeño y con tan pocas opciones para matar el tiempo libre, ya era otra cosa.


-Hoy debutas, ¿estás nervioso?


Un niño de siete u ocho años, con la camiseta del Atlético de Madrid y un balón bajo el brazo miraba a David con admiración. Entre rubio y pelirrojo, pecoso, con el pelo alborotado y los ojos llenos de alegría, había gente que le llamaba Torres, por su parecido a Fernando, y eso a Mario le llenaba de orgullo. No recordaba haber visto al “niño Torres” defender la camiseta del club de sus amores, pero saber lo que había hecho por su club y por el equipo nacional, le había hecho elevarle a un pedestal por encima del resto. Para él era un ejemplo a seguir.


-Mario no moleste –le dijo Rosa mientras dejaba un café solo sobre la mesa.

-Es que hoy debuta, seguro que está muy nervioso.

-No molesta, y no estoy nervioso: sólo se trata de un partido amistoso.

-¡¡¡Pero que dices!!! ¡Cómo va a ser sólo un partido amistoso! Es la presentación –contesto el pequeño exaltado- Os jugáis el trofeo aceituna contra el Real Jaén en el primer partido de la temporada en el Jamargal. Todo el pueblo estará allí.


A David se le escapó una carcajada. Era digno de ver a un chaval dando tanta importancia a un partido. En otra época habría sentido cierto cosquilleo, incluso nervios. Recordaba la tarde de su debut en el Molinón, apenas pudo probar bocado y lo de conciliar el sueño después de comer fue misión imposible. Sin embargo, lo de debutar en un campo de regional, a su edad y contra un equipo de 2ªb, no le llamaba la atención. El campo se llenaría, de eso estaba convencido, pero cuando los veraneantes regresasen a sus lugares de origen, seguro que la expectación por el equipo disminuiría considerablemente.


-Parece que estás muy comprometido con los colores ¿eh Mario?- sonrió David mirando al pequeño- Si te parece bien, vamos a hacer un trato: ven a ver el partido esta tarde, si el míster me da unos minutos y consigo marcar, te dedico el gol, ¿vale?


-¡¡¡¡Vale!!!! –contestó el pequeño con una sonrisa de oreja a oreja- Yo estaré donde siempre, de recogepelotas en la portería que hay más cerca del bar.



-Perfecto, allí nos veremos.