martes, 6 de diciembre de 2016

Añoranza



La luz de la mañana comienza a filtrarse por los escasos agujeros que quedan abiertos en la persiana que protege la ventana de mi habitación. Uno de los rayos cruza el habitáculo para aterrizar en mi rostro y lograr desvelarme mientras el resto, baña la parte vacía de la enorme cama que ocupo. Estoy solo y lo que es peor: te echo de menos.

    Miro la parte del colchón que solías ocupar y te imagino despertando. Abriendo esos preciosos ojos con la eterna sonrisa adornando tu cara e iluminando todo lo que te rodea. Te acercarías con el pelo revuelto,  me darías los buenos días con tres dulces besos justo antes de lanzarte riendo sobre mí y provocar una de esas batallas cuerpo a cuerpo que tanto nos ayudaban a afrontar el tiempo que estábamos sin vernos. No había mejor forma de comenzar la mañana ni nada que pudiese lograr pintar de tristeza el resto del día.

    Pero ya no estás. Marchaste hace cien vidas y por mucho que busco, tu silueta no se dibuja entre las sábanas. Tu pelo no se recorta en mi almohada. Tu olor no inunda mis pulmones alegrándome la existencia.

    Aspiro aire profundamente, pero sólo el aroma del café me devuelve a la realidad. Estás ahí. Observando divertida desde el quicio de la puerta con una taza en la mano. Saliste de mi cama para preparar el desayuno y la tortura se ha prolongado durante diez minutos eternos. Sigues mirándome sin avanzar. Tres metros nos separan, todo un mundo. Me duele en el alma tenerte tan lejos.

4 comentarios:

  1. Bueno vaya giro. Nos imaginábamos que la amada se había ido para siempre o incluso que se había muerte, pero el amor del protagonista es tan fuerte que es añoranza de no tenerla cerca durante unos minutos.
    ¡Estupendo David!
    Un abrazo.

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    1. Unos minutos, unos centímetros, pueden ser un mundo si no podemos tener cerca a la persona amada.

      Un abrazo!!

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