jueves, 21 de septiembre de 2017

18 (Felicidades!!!)





-¿Nos invitas a una cerveza?


           Preguntas titubeante, sabiendo cual va a ser mi respuesta pero dudando si haces bien al pedírmelo. No puedo decirte que no, a  veces lo hago, pero me cuesta.  Me acerco a la barra, pido dos botellines y te doy un billete pequeño para que los pagues.  Te observo mientras cuchicheas con tu amiga y noto como el paso de los años que te han convertido en la mujercita que tengo delante, pesa en mi espalda más de lo que me habría gustado.


     Lo recuerdo perfectamente: el Real Madrid jugaba contra el Molde y tus abuelos y yo íbamos a caballo entre la tele y la sala de espera, pero tu llegada se alargó hasta el día siguiente (me hiciste perder un día de trabajo en SEAT, pero quería estar allí cuando llegaras). Recuerdo tus mofletes, tus orejillas despegadas y la facilidad para llegar enferma al 22 de Septiembre durante tus primeros años. No voy a profundizar en recuerdos, para recordarte la que liaste tirando la cortina del restaurante en Menorca ya tienes a la yaya (parecías una virgencica con la cortina en la cabeza). Habría pagado por verte pulsando el botón del sexto piso, un día como hoy, para bajar a la planta baja con las prisas porque ibas tarde al instituto y te habías entretenido con las redes.


     Te has hecho fuerte, sensata, comprensiva y como se te ocurra torcerte, ten claro que te pienso dar una buena colleja.


-                        -Nos vamos, luego nos vemos ¿vale? –dices mientras me das un beso en la mejilla y, dirigiéndote a la puerta me gritas- ¡Gracias tete!


"Gracias a ti por ser como eres", pienso mientras te veo salir. Gracias a ti.


P.D.: en la fiesta de mi cumpleaños conseguiste hacerme llorar. Tómate esto como una dulce venganza.

martes, 19 de septiembre de 2017

MISION FALLIDA



Camino hacia la luz lo más rápido posible. Desde el momento en el que se paralizó el suministro eléctrico y saltó la alarma de incendios, tan solo las luces de emergencia que señalan la salida iluminan el edificio que alberga las oficinas de la C.I.A. Toda la operación se ha ido al traste y todavía me pregunto qué ha podido suceder. A priori era una misión sencilla: el contacto que teníamos dentro tenía acceso directo a la información, un listado de espías estadounidenses en suelo ruso, mis teóricos compañeros. Únicamente tenía que esperar mi llegada en su despacho y pasarme el listado, pero nada ha sucedido como estaba planeado.


Al salir a la calle la luz del sol ya ha desaparecido. Hacer saltar la alarma de incendios en caso de problemas siempre me ha dado buenos resultados; entre la confusión que se suele provocar es más fácil pasar desapercibido. Sin embargo, al pisar el exterior me siento observado nuevamente. Tuve esa sensación al entrar en las oficinas, con la chica de recepción, y en el ascensor, con uno de los becarios que subió conmigo. Ahora no los veo entre la multitud, aunque los busco de forma disimulada.


Abandono el lugar lo antes posible intentando utilizar calles secundarias. Tengo habitación reservada en varios hoteles, utilizando distintas identidades; el más cercano está al otro lado del río, a unos quince minutos caminando. Una vez allí, dejaré pasar un par de días que aprovecharé para cambiar de imagen y alquilaré un coche con el que salir de la ciudad rumbo al norte.


Sigo dándole vueltas a lo sucedido. Al llegar al despacho de mi contacto me encontré la puerta entornada y, tras golpear suavemente con los nudillos, me decidí a entrar. Allí estaba, sentado en la silla de su escritorio con un disparo entre ceja y ceja. Todo era orden a su alrededor, de hecho, de no ser por el agujero sangrante de su frente y el olor a pólvora, cualquiera podía decir que allí no había pasado nada. No sabía quién podía haber hecho eso, lo que tenía claro era que yo también estaba en peligro. Cogí parte del informe que el funcionario estaba revisando en el momento de su muerte, le prendí fuego y lo acerque a uno de los detectores de humo del despacho. Después de hacer saltar la alarma, esperé unos segundos a que la gente empezara a salir de los despachos contiguos para poder mezclarme con ellos y bajar por las escaleras de forma ordenada.




Avanzo apresuradamente por el puente cuando un coche negro frena de golpe a escasos metros de mí. Salto hacia el río en cuanto veo una pistola con silenciador aparecer por la ventanilla. Noto una bala rozar mi muslo y otra impactando contra mi rodilla. Cuando estoy a punto de llegar al agua, una lluvia de proyectiles cae sobre mi cuerpo. Un dolor agudo en el hombro y en la espalda anuncia que me han alcanzado justo antes de sumergirme en la oscuridad.

Una súbita paz me rodea. El agua, en un principio fría, comienza a no ser una molestia, es tan solo el remanso de silencio y tranquilidad que tanto he añorado a lo largo de los últimos años. Los pulmones han dejado de quemarme, las heridas han dejado de doler cuando un cálido resplandor me muestra el camino a seguir. Abandono mi cuerpo en el lecho del río y camino hacia la luz.

martes, 12 de septiembre de 2017

REMEDIOS



     Remedios se detuvo en el portal del bloque de pisos en el que habitaba su hermana, se colocó bien el pañuelo con el que se cubría el cuello y abotonó el abrigo antes de salir a la calle. Hacía años que se protegía del frío con el mismo abrigo. “Es que ha salido muy bueno”, solía decir a sus hijas, “ya no hacen abrigos como los de antes”. El invierno en el norte era duro, pero en la ciudad se llevaba mejor que en el campo. A estas alturas del año, su pequeña aldea ya debía estar completamente nevada. Imaginó los tejados de pizarra teñidos de blanco y todas las chimeneas del pueblo echando humo. Recordaba la última vez que fue. Su Fernando todavía vivía y pasaron una semana de Agosto en casa de sus cuñados. Pasaron los días de un lado para otro, riendo y contando antiguas batallitas con los amigos que todavía vivían allí. Era feliz con Fernando. Desde que él faltaba su vida se había vuelto aburrida. Sólo los ratos que pasaba con sus nietos y las tardes en casa de su hermana le hacían salir de la rutina.

     Al cruzar la puerta un golpe de aire frío le azotó la cara. Caminó hacia las calles del centro. A medida que se acercaba al casco antiguo los adornos navideños eran más frecuentes. En todas las ciudades se cuidaban más las zonas comerciales, sobretodo en estas fechas tan señaladas, que el resto de la ciudad. Los troncos de los árboles estaban rodeados por tiras de leds que cambiaban de color y enormes campanas luminosas colgaban de cables de acero que cruzaban la calle de farola a farola. En la puerta de la iglesia un coro infantil cantaba villancicos ante un público cada vez más numeroso. Se paró a escuchar. La puerta estaba abierta y del interior del templo surgían las notas de un órgano acompañando las dulces voces. Cantaban de pie, al abrigo que proporcionaba el pórtico principal antes de comenzar la escalinata que llevaba al exterior.


 Aplaudió cuando terminaron la última estrofa de “El tamborilero” y se encaminó a la panadería de la esquina. Era tarde, pero acababan de sacar las últimas barras y el olor a pan recién horneado inundaba el local. Pidió una barra de cuarto. Mientras se despedía de la dependienta y bromeaba con ella sobre lo bien que estaba allí con el frío que hacía en la calle, notó el calor del crujiente pan en su mano. A su hermana le encantaba el pan recién hecho. Desde que se quedó viuda pasaba más tiempo con ella pero últimamente le preocupaba. Había perdido mucho peso. Estaba rara, despistada, y repetía mucho las mismas cosas. A Remedios le recordaba a su vecina Anselma. Anselma era una horonda gaditana, muy salada, que vivía en una casa del casco antiguo al lado de la suya. Poco a poco se fue quedando más delgada y en la cara se le dibujó una extraña expresión de inocencia. Parecía que reía de todo pero la sensación era que su mente estaba muy lejos de su cuerpo. Al final se la llevaron a una residencia a las afueras. No se acordaba del nombre de la enfermedad, pero le daba mucha pena pensar que su hermana también podía ir apagándose poco a poco.


     Comenzaba a caer una fina llovizna, así que apretó el paso para llegar lo antes posible al cruce que le separaba de la zona peatonal del centro del pueblo en la que se encontraba su casa. Al bajar el bordillo para cruzar el último paso de peatones resbaló con la pintura mojada y se precipitó hacía la calzada de manera repentina. Mientras caía pudo ver dos faros a su izquierda que se acercaban a demasiada velocidad.

jueves, 7 de septiembre de 2017

VIAJE A AYIKI LAO




     El Sol de agosto acariciaba mi piel mientras que, sentado en aquella roca, respiraba profundamente el olor a pino y romero que inundaba el ambiente de la sierra jienense. A esa altura el silencio sepulcral tan solo se rompía por el sonido de mis latidos. Abrí dos latas de cerveza, derramé parte de una en la tierra seca y me dispuse a beber de la otra mientras observaba a los buitres planear en el acantilado, por debajo de nuestra posición. Cerré los ojos y saboreé esa mezcla de sensaciones que inconscientemente me provocaron un viaje espacio-temporal.


 
     Seguía siendo agosto, pero prácticamente media vida atrás. El mismo sol de justicia golpeaba mi nuca mientras cruzaba el pequeño puente colgante con destino Ayiki Lao. Me paré justo en medio de la pasarela y me quedé contemplando el agua que unos pocos metros por debajo de mí circulaba refrescando levemente el ambiente. Comencé a subir aquellas incómodas escaleras. Nunca sabía si subir un peldaño a cada paso o dar un paso intermedio antes de proceder a ascender el siguiente. No eran más de ocho o nueve escalones, bajos y largos, que llevaban a la puerta de lo que en aquella época era nuestra casa.


     Al entrar no pude evitar una sonrisa; todo estaba como siempre. Un par de mesas de jubilados discutiendo por una ficha de domino mal jugada, tres jornaleros en la barra, cuatro amigos en una mesa discutiendo de fútbol y el eterno Gabriel tras la barra y a punto de marchar a casa. Después de saludar a algún parroquiano, derecho a la cocina a dar dos besos a Anita. Al salir los astros se conjuraron y algo diferente sucedió aquel día. Un torneo de fútbol-sala aplazado por el calor, los clientes habituales del sábado a mediodía y los turistas que llegábamos un año más a pasar las fiestas patronales hicieron que en pocos minutos el bar estuviera lleno. 


     Recuerdo perfectamente cuando entraste con tus padres y la que después sería tu esposa, tu piba, saludando a todo el mundo con una euforia y alegría que contagiaba a cualquiera que estuviera cerca de ti. Hablaba con tu madre, me decía que estabas contento, más tranquilo, más formal, cuando un grito se escuchó por encima de la algarabía general. Al girarme ya estabas de rodillas, cantando el himno de tu equipo y haciendo girar por encima de tu cabeza la camiseta rojiblanca que hasta ese momento cubría tu delgado cuerpo. Todo pasión.



     Ayiki Lao no era solo fiesta. Cada tarde saltábamos la valla que delimitaba la escuela para jugar interminables partidos de fútbol contra los chicos del pueblo. Tardes de risas, cabreos, patadas y cientos de mosquitos tragados hasta que el ocaso o el agotamiento nos decía que era hora de volver a casa a preparar la noche. Miles de estrellas nos protegían y observaban curiosas las historias que se alargaban hasta la salida del Sol. Batallitas que seguimos recordando verano tras verano entre botellines fríos y abrazos efusivos provocados por la exaltación de la amistad que la amarga rubia provoca.


     Los años pasaron pero los problemas no dejaron de llegar. Seguías con un optimismo, una valentía y una entrega envidiables en cada gesto de tu vida, pero hay veces que no es suficiente con el esfuerzo. A veces la vida no es justa.



     Brindé con tu lata y derramé su contenido mientras apuraba la mía de un trago, limpié con el dorso de la mano las lágrimas que resbalaban por mis mejillas y me despedí besando el suelo antes de volver al camino que me llevaría al coche.

miércoles, 30 de agosto de 2017

LAGRIMAS POR ELLA



     Todavía con el cuchillo en su mano y los ojos anegados de lágrimas, se preguntaba cómo había llegado hasta ese punto.


     Nunca se había implicado demasiado en relaciones personales. Las había tenido, y algunas más o menos largas, pero jamás había quitado la coraza que cubría su corazón. Le gustaba ser así. Su vida no era especialmente sencilla y eso le evitaba tanto hacer daño como, sobre todo, que se lo hicieran; además de permitirle libertades que difícilmente podría tener con una pareja estable. Sabía que esas libertades le estaban llevando por caminos poco recomendables, pero esa era la vida que había elegido. Su vida.


     Le pilló completamente descolocado. Ella llegó cuando menos buscaba; cuando menos lo esperaba; cuando más lo necesitaba… Era una chica discreta, completamente distinta al tipo de mujeres con las que acostumbraba a involucrarse. Solía ir con chicas exuberantes, de las que giras el cuello para seguir mirando cuando te las cruzas por la calle. Apenas llamaba la atención a no ser que te fijaras en su boca. Sus labios, al sonreír, formaban las curvas más bonitas que había visto en su vida y de forma involuntaria, hacía que la luz que irradiaban esos ojitos te hipnotizaran logrando que todo lo que te rodeaba careciese de importancia.


     Intentó alejarse de ella. No se veía como una buena influencia para ese ángel de mirada pícara y aroma a vida, pero cuanto más intentaba escapar, más necesitaba su presencia. Cuando se detuvo a recapacitar ya había llegado demasiado lejos: aquella tarde de primavera, en la que sus bocas se unieron por primera vez, supo que sería capaz de hacer cualquier cosa que ella le pidiera. A pesar de eso, la petición de aquella noche hizo temblar al chico duro que todavía llevaba dentro.


     Soltó el cuchillo y se enjugó los ojos con el dorso de la mano mientras el olor que flotaba en la estancia se adentraba en él. Nunca se creyó capaz de hacer aquello, pero cuando le pidió que le ayudara a preparar sopa de cebolla para una cena con sus padres, solo pudo sonreír, abrir una botella de vino y ponerse manos a la obra.