martes, 21 de noviembre de 2023

RENCORES

 

 


 

       Supongo que todos tenemos la costumbre de imaginarnos los lugares en los que habitan los personajes de las novelas que leemos. Tal vez el hecho de pasear desde mi infancia por la ciudad en la que discurre "Rencores" sea algo de lo que la hace especial para mí. Sí, "Rencores" está ubicada en Gavá, una de mis ciudades y sobre todo del novelista que ha parido al inspector Pruna y la segunda parte de esta saga. Para los que hace más de 30 años coincidimos con él al otro lado del pupitre de una de aquellas aulas masificadas, ver que todavía tiene cosas que enseñarnos y que incluso en sus novelas siga ejerciendo la docencia de forma insconsciente, le convierte en un espejo en los que mirarnos.


        En esta segunda novela, profundizamos un poco más en el pasado del inspector a la vez que un asesino, que conoce tanto la historia de Gavá como el novelista que le ha dado vida, le pone en un aprieto tras otro a medida que van apareciendo cadáveres en lugares emblemáticos. La música vuelve a ser uno de los hilos conductores para una historia en la que vemos distintas formas de afrontar el futuro cuando los actos de otras personas nos marcan: con rencor y sed de venganza o con serenidad y perdón. Novela trepidante en la que lo mejor, al menos para mí, llega cuando todo se para... ¡y hasta ahí os voy a explicar! Bueno, eso y que aparece Julia, personaje que me enamoró en "Por hacer a tu muerte compañía" y cuya aparición en "Pactos", la primera novela del inspector Pruna, ya me sorprendió gratamente.


        Si queréis saber más de esta obra o de las anteriores no dudeis en visitar:

 https://www.albertvillanueva.es/


 

             

 

martes, 14 de noviembre de 2023

¡No me llamo Romeo!

 

 


 

 

-Buenos días…

 

-¡Buenos días dormilón! Pensaba que te levantarías con peor cara…

-La cara igual no, pero el resto de la cabeza me sobra. ¡Vaya resaca! ¿No tendrás una aspirina? ¿Eso que huelo es café?

 

-Toma anda, ya tenía preparada la aspirina y tu café ¿con leche, no?

 

-Normalmente sí, pero el primero de la mañana lo prefiero solo. ¿Cómo sabes que lo tomo con leche?

 

-Me lo dijiste ayer. ¡Ay madre! No te acuerdas. ¿En serio no recuerdas nuestra conversación? ¿No te acuerdas de lo que…? ¿De nada? ¿Sabes cómo me llamo?

 

-Joder Julieta, que no hubiéramos hablado hasta ahora no quiere decir que no sepa quién eres.

 

-Hasta ahora no, hasta anoche. ¿Qué recuerdas exactamente?

 

-Recuerdo una comida y una sobremesa más larga de la cuenta y regada con demasiado alcohol. Mi última imagen fue verte riendo con tus amigas antes del concierto y pensar: algún día reuniré el valor suficiente para intentarlo… A partir de ahí, fundido a negro.

 

-Madre mía… Pues que sepas que ese día fue ayer. Te acercaste al rato de llegar y me dijiste algo que no acabé de entender, al principio vocalizabas fatal. A cualquier otro en ese estado lo habría mandado a paseo, pero estabas gracioso y me gustó la sensación de sentirte cerca. Además, como los borrachos no mienten, me vino genial para conocerte mejor.

 

-¿Te comí mucho la cabeza?

 

-No te voy a contar la conversación, pero comerme me comiste, Romeo.

 

-¡No me llamo Romeo!

 

-Ya lo sé, bobo.

lunes, 6 de noviembre de 2023

Por tocar el cielo...

 

 

 

                Bajo las escaleras de la pensión sin apenas pisarlas, impaciente por volver a sentirla cerca. Mi aspecto no es el habitual, hoy he cambiado mi traje de ejecutivo por unos tejanos desgastados y una vieja camiseta negra que oculto en parte con una chaqueta de cuero. Unas zapatillas deportivas sustituyen a los Martinelli que suelen cubrir mis pies y que tanto me gusta combinar con trajes hechos a medida. No quiero llamar la atención, y en un barrio como este, tan alejado en todos los sentidos de mi hábitat natural, presentarme con mi indumentaria diaria atraería demasiadas miradas curiosas y eso es justo lo que no quiero.

 

                Noto gotas de sudor bajando por mi espalda y las manos frías, muy frías, como aquel sábado que irrumpió en mi vida como un huracán hace ya unos meses. Desde entonces no hay ni un solo día en el que no la piense. Miro el reloj para constatar que voy bien de tiempo e intento controlar mi paso y mis pulsaciones. Respiración, la clave para controlar mis nervios está en el ritmo de mi respiración.

 

                Algo más sosegado llego al bar en el que hemos quedado, pido un café con leche y me siento en una mesa apartada de la barra desde la que controlo todo el local, la puerta de la calle y el enorme ventanal por el que se filtra la luz de la mañana. El camarero deja un plato con una taza humeante sobre la mesa. Se lo había pedido con la leche fría pero no voy a protestar, a decir verdad ni siquiera me apetece, en lo único que puedo pensar es en conseguir salir de allí con ella, llevarla a la habitación que tengo alquilada en el hostal de la esquina y conseguir que la parte del mundo que no esté dentro de esas cuatro paredes deje de existir durante un rato. Me tiemblan las manos al poner el azúcar y casi derramo el contenido de la taza al intentar dar el primer sorbo. Siento frío a pesar de que mi consumición queme, pero eso deja de ser importante cuando la veo entrar en el bar y acercarse.

 

-¿Un café con leche a las 13.30? Definitivamente eres un tío muy raro.

-Muy normal no soy. ¿Quieres tomar algo o como siempre prefieres que vayamos al grano?


 



                Se giró hacia la barra y pidió la cuenta. El camarero no tardó en dejar un platillo sobre la mesa. Mis manos seguían temblando cuando depositaron sobre él 52 euros. Nos levantamos, se acercó a mí y, metiendo la mano en el bolsillo de mi pantalón me susurró al oído:

-Hoy vas a tocar el cielo…

                Salí de allí apresurado, los temblores aumentaban y a pesar de que sabía que pararían en cuanto estuviéramos a solas, sentirle tan cerca me hacía perder la cabeza. Al pasar por el ventanal vi al camero recoger el plato con las monedas, pero mi mente ya estaba en ese sórdido cuarto. Subí con ella excitado, ya sin guardar las apariencias, notándola pegada a mi cuerpo. Entré en la habitación y respiré al ver que sobre la mesita de noche tenía todo lo que necesitaba antes de sacar del bolsillo de mis tejanos la papelina de heroína, consciente de que muy pronto comenzaría mi vuelo.