lunes, 24 de julio de 2017

HOJA EN BLANCO




     “Siempre tomo el metro en la estación de Baywater…” 


Miraba la frase hipnotizado, con la mente más en blanco que el resto de la hoja. Llevaba así meses. Escribía, leía, rompía y volvía a empezar. No lograba ningún inicio que le convenciera. Tenía clara la primera frase y las directrices que marcarían el devenir de la historia, pero cuando se sentaba a intentar plasmarla en el papel todo parecía perder sentido. Tenía claro incluso que su tercera novela transcurriría íntegramente en Londres.


Se mudó allí. Alquiló una pequeña casa en un barrio residencial a las afueras. Una casa estrecha, con dos plantas muy sencillas, pero con un jardín interior que le conquistó desde el primer momento. Un pequeño porche presidido por una mesa y dos sillas de teca daban paso a un pequeño espacio en el que un par de rosales y una dama de noche ocupaban el espacio sin llegar a saturarlo. Entre los guijarros más cercanos a la casa, crecían unas enredaderas que trepaban por las columnas de madera dando una enorme sensación de frescor al porche. En cuanto la vio decidió que allí sería donde le daría forma. De día visitaría la ciudad, leería, haría algo de deporte y algún ejercicio de escritura de esos que tanto activaban su mente. De noche saldría al pequeño porche con una copa de vino, encendería dos velas y daría rienda suelta a su imaginación vomitando su gran historia sobre una infinidad de cuartillas.


Esa día había seguido su rutina y allí estaba, sentado con su copa de vino frente a esa maldita hoja en la que dos horas después solo se podía leer la misma frase. Vació el resto de la botella en la copa y miró el cielo. Se le pasó por la cabeza salir a pasear para aclarar sus ideas, aunque el cansancio y los efectos del alcohol le recomendaban quedarse en casa. 


     La niebla empezaba a hacer acto de presencia. Durante todo el día el cielo había estado tapado y no había dejado de caer esa fina lluvia a la que los extranjeros solían ignorar pero que terminaba por dejarlos hechos una sopa. Hacía un rato que notaba una sensación extraña, sin tener claro por qué, se sentía observado desde que cruzó el puente de Westminster. Había decidido atravesar los parques para llegar a coger el metro en la estación de Baywater. Aunque no era el camino más corto le apetecía caminar, pero a medida que dejaba atrás St. James y Green Park y se adentraba en Hyde Park, la sensación de desasosiego iba en aumento.


     Miró hacia atrás pero no vio a nadie. La niebla era cada vez más densa y aunque las farolas estaban encendidas hacía un buen rato, su luz dejaba muchas zonas con esa opacidad que impedía saber que había más allá. Aceleró el ritmo mientras maldecía no haber cogido el metro antes a sabiendas que en ese estado no podría admirar la belleza del parque. Al cruzar el puente sobre la larga laguna, algo le empujó contra la barandilla.


-                      - Ya es tarde, demasiado tarde…


     Escuchó la voz de su editor mientras la afilada hoja de una daga entraba por su espalda antes de que lo lanzase hacia la oscuridad.



     Despertó sobresaltado al notar el frío contacto con el agua. Gotas de sudor perlaban su frente y el corazón le iba a mil pero a su alrededor seguía reinando la calma. La vela le indicaba que no había permanecido dormido durante mucho tiempo. Miró el papel, cogió el bolígrafo y se dejó llevar.

martes, 18 de julio de 2017

LA ESTRELLA




     Arrastro los pies por el césped mojado. No tengo muy claro hacia dónde voy, pero qué más da, tampoco me importa. La lluvia que hace rato me empapó la sudadera sigue cayendo sobre mí mojándome el pelo, resbalando por la descuidada barba que cubre mi cara. No me preocupa. Nada me preocupa ya. El olor a hierba mojada que en otro tiempo me llenaba de vida, tan solo me produce arcadas. Piso los charcos y los dejo atrás. No los esquivo, tan solo los ignoro. Lejos quedaron aquellos paseos nocturnos cogidos de la mano. Las noches en que sus ojos iluminaban la tormenta y su risa se escuchaba por encima de los truenos. Ya no habrá más saltos en los enormes charcos de Central Park ni más carreras para alcanzarla y robarle un beso en los días de luna llena. Ya no está.

     Entro en el edificio de apartamentos con la cabeza baja y me dirijo al ascensor sin contestar al saludo del conserje. Pulso el botón del ático. Gotas de lluvia que caen de mil partes de mi cuerpo mojan el suelo del elevador mientras a mi boca sigue llegando un sabor salado, amargo, mezcla de culpabilidad, arrepentimiento y lágrimas descontroladas que no dejan de brotar de lo más profundo de mi alma.

     Abro la puerta. Dispersos por el salón se pueden ver los bocetos que hace prácticamente un mes están preparados para la reunión de mañana. No tiene sentido. Mi futuro en la publicidad depende de esa reunión, ¿pero para qué? Desde que ella no está el futuro no tiene sentido. El presente no tiene sentido. La vida…

     Recuerdo perfectamente el momento en que se fue. Después de estar toda la noche juntos discutimos por un día de vacaciones. Algo tan banal como pasar un día de vacaciones en casa de sus padres. Recuerdo perfectamente el portazo al salir. Tenía que haberlo evitado. Estaba cansada y demasiado nerviosa para conducir. Tenía que haberle abrazado y reorganizar las vacaciones, pero no lo hice. El accidente fue culpa mía.

     Sobre la mesa de la terraza siguen estando la botella de bourbon y los somníferos. La lluvia, silenciosa, cae desde un cielo oscuro. No quiero seguir así. Cierro los ojos y algo me sorprende. Noto algo. Veo el brillo de una estrella. Al abrir los ojos la tormenta está arreciando pero una estrella titila en el cielo desafiando a las nubes, brillando por encima de los relámpagos. No sé si la veo o simplemente quiero ver su sonrisa en esa luz. Me sirvo una copa sin dejar de admirar su belleza y la apuro en tres tragos mientras el temporal amaina. Noto su aliento, sus caricias, sus susurros, su paz…

     Entro al cuarto de baño y veo en el espejo a alguien que está muy lejos de ser el hombre que ella quiso. Estoy seguro de que no le gustaría verme así. Respiro hondo y comienzo a afeitarme. Mañana tengo una reunión importante.

martes, 11 de julio de 2017

El primer café



     Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi decisión de cambiar de trabajo había acarreado también un cambio de residencia que nunca antes me había planteado. Nueva ciudad y a empezar de cero, dejando lejos familia, amigos y otras cosas en las que prefería no pensar.

     El primer día en la nueva empresa estaba nervioso. Ni siquiera tenía muy claro donde estaban las oficinas ya que apuré el traslado al día de antes, así que decidí salir con tiempo de sobra. Después de tres cuartos de hora en transporte público, todavía me presenté ante el edificio acristalado que acogía la sede central casi una hora antes de lo necesario. Como apenas había desayunado, caminé por los alrededores buscando un bar en el que tomarme un café para hacer tiempo y acabar de activarme.

     Aposté por una pequeña cafetería acertando de pleno. Me recibió con un intenso olor a café mezclado con el de naranja y canela que emanaba de una gran variedad de bollería recién hecha. Sonaba muy suave una sucesión de canciones pop-rock español de los años noventa que me trasladó mentalmente a casa de mis padres, con mis hermanas mayores cantando temas de Mecano, Hombres G o Duncan Dhu a medida que sonaban en nuestro viejo radio-casette.

     Al levantar la mirada la vi. Era una chica aparentemente normal. Estatura media, delgada y con una melena morena que enmarcaba los dos ojos azules más bonitos que había visto en mi vida. Tartamudeé un poco al pedirle un café y la risita que soltó terminó de hacer el resto. Mientras jugaba con el papel del azucarillo pensé que sería genial que esa chica y su sonrisa me dieran el primer café de la mañana durante el resto de mi vida.

     Seguí visitando ese local durante mucho tiempo, ¡incluso los fines de semana cogía tren y dos líneas de metro para desayunar allí! Lo de que la chica me hiciera el primer café el resto de mis días se convirtió en algo imposible, pero esos dos trocitos de cielo me miran desde la almohada cada mañana, sonriendo, al verme entrar en nuestra habitación con dos cafés recién hechos. 

martes, 4 de julio de 2017

La chica de las sandalias azules



     Alex siempre había sido un chico impulsivo pero, hay que reconocer, que aquel día superó todo lo hecho hasta entonces.

     Eran las siete de la mañana cuando subió al tren que tenía que transportarle a Barcelona. Llevaba un tiempo trabajando en un estudio de arquitectura cerca de Paseo de Gracia, por lo que no tenía que hacer transbordos ni utilizar el metro. A pesar de estar bastante concurrido a esa hora, no le fue difícil encontrar donde acomodarse. Se sentó en uno de los asientos del fondo del vagón situado junto al pasillo, mirando en la misma dirección que el maquinista, bajó ligeramente el volumen del hip-hop que sonaba en sus auriculares y se dispuso a dormitar durante las siete estaciones que duraba el trayecto. Le encantaba esa sensación en la que el sueño te envuelve sin llegar a vencerte y aunque hay veces que incluso llegas a soñar, nunca dejas de ser consciente de lo que pasa a tu alrededor.

     Un súbito traqueteo le sacó de su estado de semi-inconsciencia y sin saber muy bien por qué, sus ojos se fijaron en unas sandalias azules que aparecían detrás de un asiento cuatro filas delante de la suya. Eran unas simples tiras de tela y cuero que rodeaban el tobillo de unas piernas que apenas apreciaba desde su posición. Tenía las uñas pintadas de rosa clarito y tres pequeñas mariposas tatuadas parecían elevarse por esa piel tostada por los primeros rayos de sol del verano. Dependiendo del movimiento del vagón, un par de mechones negros aparecían por el lateral del asiento, suficiente para la imaginación de Alex que enseguida empezó a divagar.

Sin duda, era la mujer de su vida. Se imaginó recorriendo esas piernas como una mariposa más. Acariciando sus caderas, su cintura. Le puso cara. Se vio mirando de frente esos labios de ensueño y esos ojos verdes que llevaba años buscando. Sin duda era ella, la mujer con la que discutiría y se reconciliaría, con la que tendría tres hijos, un perro y una pequeña casita en las afueras. Al lado de quien se haría mayor paseando de la mano a la orilla de la playa.

Una llamada le sacó de su trance cuando el tren entraba en Barcelona-Sants. Era un comercial de una compañía telefónica, así que despachó rápido a su interlocutor y se dispuso a seguir observando a su futura chica.

Ya no estaba. En el asiento que ocupaba hacía escasos segundo, se sentaba un señor de pelo blanco que se disponía a leer el diario. El tren comenzó a avanzar y por la ventanilla vio unas sandalias azules que se alejaban del anden ascendiendo por las escaleras mecánicas. Alex notó como se le aceleraba el corazón al levantarse bruscamente. Con un gesto veloz accionó el freno de emergencia y salió corriendo en busca de su destino.