martes, 19 de junio de 2018

Más allá de la foto


     Daniel apareció corriendo en el porche con una vieja lata de galletas en sus manos.


-Iaia, mira lo que he encontrado en el armario del sótano.


     Su abuela lo miró con los ojos perdidos desde el sillón de mimbre en el que descansaba. En un principio parecía que le resultaba transparente, como si pudiera ver a través de él, pero después su mirada se fijó en la colorida lata. El pequeño se sentó a su lado, junto a su hermana mayor, y puso la caja en el regazo de la anciana.



     En su interior había una extraña mezcla de objetos. Entre entradas de cine, monedas extranjeras y pulseras de cuero, destacaban una pequeña rana de peluche y unas zapatillas de ballet gastadas. Un fardo de cartas amarillentas atado con una cinta roja dejó al descubierto varias fotos antiguas. María sujetó una de ellas entre sus manos. Era una joven de apenas dieciocho años. Sostenía una cámara de fotos intentando encontrar el mejor encuadre posible sin darse cuenta de que su imagen estaba siendo perpetuada por alguien a escasos metros de ella.






Más de setenta años separaban aquella imagen de la actualidad. Corría el verano del 2018. Sandra era una chica morena, menuda y extrovertida, un auténtico terremoto que solo se paraba cuando decidía detener el mundo a través del objetivo de su Nikon. Tenía un don especial. Siempre encontraba el ángulo perfecto en el momento adecuado; y la l uz… Esa luz que lo iluminaba todo cuando ella estaba presente y que tan bien plasmaba a través de la cámara. María tenía claro que si sus fotos capturaban ese grado de belleza era porque las imágenes que mostraban estaban iluminadas por sus ojos y su dulce sonrisa.



La conocía desde el jardín de infancia, pero fue al llegar al instituto cuando comenzaron a tener más contacto. Ahora, un día sin verla era un día perdido. El camino que compartían al dirigirse a clase, los susurros al oído en la biblioteca, los cotilleos vía whatssap al llegar a casa, eran cosas que habían hecho cambiar su forma de ver la vida pero sin duda, los días que salían cámara en mano eran los más especiales. Moverse por la ciudad con total libertad y poder hacerle fotos a traición como la que tenía en sus manos; juntar las caras ante el visor para juzgar si la imagen era la deseada o si había que repetirla, era lo más parecido a tocar el cielo que jamás conoció. No tenía claro en qué momento se dio cuenta de lo que sentía, pero sí recordaba cuando su mundo se vino abajo.



     Sandra marchó a Londres a estudiar fotografía dos años después y María nunca se atrevió a confesar sus sentimientos. Comenzó a salir con el que después fue su marido y, aunque jamás llegó a hacerle sentir lo mismo que la presencia de su amiga, le quiso de otro modo y consiguieron ser felices durante muchos años.



Los dos pequeños observaban a su abuela. La chispa que había brillado por un instante en su cara se apagó en el momento en el que una lágrima comenzó a rodar por su mejilla. El vacío se había vuelto a hacer dueño de unos ojos que miraban más allá de la foto.


miércoles, 13 de junio de 2018

COLONIZACIÓN




     Eligieron bien el lugar del desembarco. A principios del siglo XX, en las zonas interiores de China los censos no estaban controlados y a los humanoides les resultaba sencillo pasar desapercibidos. Su piel amarillenta y sus ojos rasgados facilitaban que la integración en pequeños núcleos agrícolas se produjese sin sospechas. Poco a poco, su número fue aumentando. El nacimiento de los primeros híbridos entre aliens y humanos, hizo que la población se disparase y comenzase la segunda parte de su plan de colonización.



     En todas las grandes ciudades de la Tierra comenzaron a surgir guetos conocidos como Chinatown y su peso en la sociedad cogió más y más importancia hasta que por fin, sus líderes han dado la cara para gobernar el planeta. Los rasgos orientales se han ido diluyendo a causa de las mezclas raciales, pero todos comparten cambios de humor bruscos y una sonrisa sempiterna que solo se borra a la hora de discutir, sobre todo si se trata de ningunear a algún humano puro.



     Hay algunos que ni siquiera saben que son híbridos hasta la mayoría de edad. Tengo amigos de los que jamás dudé, pero a partir de ese momento, sus genes se transformaron y ahora son manipulados por los humanoides para sus fines, casi siempre, acabar con los humanos puros. Tal vez por eso esté tan irascible últimamente. Se acerca mi 18 aniversario y, aunque mi madre ha sabido ocultar nuestra naturaleza gracias a la huida de mi padre antes de mi nacimiento, en cuanto noten que no pueden controlarme irán a por mí. Ella cree que lo mejor es que me emancipe y cambie de residencia, pero que va a saber esa vieja que no ha hecho más que esconderse durante toda su vida!!!! Me irrita sobremanera que siempre quiera tener la razón, pero mi decisión está tomada.  



     Seguiré viviendo en casa, al fin y al cabo, a mí no me parece que sean tan malos. Mientras esta perenne sonrisa esté pintada en mi cara, dudo que nuestros adorables jefes intenten nada en mi contra…


martes, 5 de junio de 2018

UNA SONRISA TRANSPARENTE


     Desperté cansado, pero con una enorme sensación de paz. Estiré el brazo hacia el lado de la ventana intentando encontrarme con su cuerpo desnudo. Solo sabanas. Todavía conservaban su olor, es cierto, pero era el único rastro que quedaba de ella. El piso estaba en el más absoluto silencio, nada que ver con los gemidos y suspiros que tan solo unas horas antes inundaban contenidos los rincones de mi cuarto. La última visión antes de que el sueño me venciese, fue la de su pelo revuelto dibujándose en mi pecho mientas nuestras respiraciones, al igual que anteriormente había pasado con nuestros movimientos, se acompasaban a la perfección.


     Nos conocíamos hacía tiempo, pero apenas habíamos cruzado unas pocas palabras en el ascensor; miradas y sonrisas a millones, pero muy pocas palabras. Trabajaba en el departamento de administración de mi empresa y al no estar en la misma planta que nosotros, coincidir era complicado. La fiesta de jubilación de uno de los socios obró “el milagro”. La organizaba en la terraza del edificio donde el bufete tenía su sede. Un bonito jardín con unas vistas maravillosas fue el lugar elegido por mi jefe para despedirse de nosotros.



La admiré desde la distancia sin atreverme a decirle nada a pesar de que me dio la sensación de que mi sonrisa era correspondida. Llevaba el pelo rubio platino, casi blanco, con ese despeinado que me hacía perder la cordura. Hablaba con sus compañeras de departamento y bailaba dependiendo la canción, pero al igual que me sucedía a mí, daba la impresión de que estaba fuera de lugar. Avanzó la noche y la perdí de vista hasta que, cansado y con miedo a no llegar en condiciones adecuadas para conducir, decidí despedirme y salir de allí sin dar opción a que intentasen convencerme de lo contrario. 



     La encontré a la entrada del edificio enfundada en un tres cuartos granate.



                 - No hay manera de encontrar taxi- me soltó después de saludarnos.



     La noche amenazaba lluvia, así que le ofrecí acercarle a su casa si me acompañaba hasta el coche. Me pareció que sus ojos brillaban con un fulgor especial cuando aceptó mi invitación. Hablamos de cosas banales hasta entrar en mi viejo Citroen y poner rumbo a las afueras. Vivía cerca de mi barrio, así que no tuve que variar el trayecto, aunque sí que hice una pequeña parada que me sorprendió incluso a mí. En un momento dado, sonó una de mis canciones favoritas y ella empezó a tararearla. Paré el coche en medio de la calle, subí la música y salí fuera para abrir su puerta.



     -No hemos bailado juntos en toda la noche, ¿te apetece?



      Salió del coche negando con la cabeza y se pegó a mí mientras la música sonaba. Le confesé que llevaba mucho tiempo con ganas de tenerla tan cerca justo en el instante en que comenzó a llover. Se puso la enorme capucha de su abrigo y empujó suavemente mi cabeza al interior de ese pequeño refugio hasta que nuestros labios se juntaron. No sé cuánto tiempo pasó, pero el claxon de un coche nos trajo de vuelta a la realidad. Pedí perdón con un gesto mientras corría hacia mi asiento y ponía rumbo a casa con su cabeza apoyada en mi brazo derecho.



     Me dolía ese silencio. Busqué inútilmente alguna señal, una nota con su teléfono o cualquier otra cosa que me indicara que quería volver a verme. Se había ido sin despedirse dejando tan solo su recuerdo, el olor a perfume y sudor flotando en mi habitación y mi ropa esparcida por el pasillo como prueba de que la pasión nos había atrapado nada más cruzar la puerta. Su imagen contra la pared y el sabor de sus labios seguían frescos en mi memoria cuando entre en la ducha. Bajo el agua caliente me vino parte de nuestra última conversación. Yo jugueteaba con el pelo de su nuca mientras ella lo hacía con el de mi pecho. 



     -Se nota cuando eres feliz –le dije- Nunca había visto una sonrisa tan trasparente como la que me has mostrado esta noche.



     Se giró, me besó y Morfeo hizo el resto.


     Salí de la ducha consciente de que la volvería a ver, pero que se hubiese marchado sin despedida no me presagiaba nada bueno.


     Al ver el espejo empañado por el vapor, una expresión bobalicona iluminó mi rostro. Al final resultó que tenía razón al hablar de su sonrisa.


martes, 29 de mayo de 2018

La primera rosa


-   Abuelita, ¿por qué las rosas tienen espinas?



     Andrea descansaba sentada sobre una caja de madera vacía mientras observaba a su abuela cuidando las plantas de la terraza. Estudiaba con ojos inocentes cada movimiento que ella hacía en ese lugar tan distinto a la ciudad en la que habitaba mientras duraba el curso. Catalina soltó las tijeras de podar y enderezó su anquilosado cuerpo. Cada día que pasaba notaba más el discurrir del tiempo, pero las temporadas en las que su nieta le hacía compañía, se levantaba con otro ánimo. Se sacudió las ropas y se sentó en un sillón de mimbre hacia el que Andrea corrió veloz para acomodarse en su regazo. El atardecer alargaba las sombras mientras la cercanía del río refrescaba un ambiente cargado por el calor estival.



     Hay nombres, como Violeta o Azucena, que las personas hemos hecho nuestros a pesar de que en un principio solo eran flores; pero no con todos sucede lo mismo.



     Hace muchos, muchos años, en un bosque muy, muy lejano, las hadas y los seres humanos vivían en total armonía con la naturaleza. Era un bosque tranquilo a pesar de que a su alrededor, hordas de trolls campaban a sus anchas sembrando el terror en las poblaciones limítrofes. En ese bosque vivía Rosa. Rosa era la muchacha más bonita que jamás existió sobre la faz de la tierra; sin embargo, nadie le admiraba por su belleza. Comandaba el escuadrón de soldados que mantenía a raya las embestidas del ejército de las sombras con un valor tal, que sus hazañas fueron cantadas por los mejores trovadores hasta que, lamentablemente, cayeron en el olvido.



     En aquella época, los enemigos de Rosa atacaban de forma desordenada, algo que a los defensores les venía muy bien. Bajo el inteligente mando de nuestra heroína, las acometidas eran repelidas una y otra vez sin apenas sufrir bajas. Sin embargo, los ataques cesaron de forma inesperada. Un halcón que voló más allá del bosque, informó que sus enemigos se estaban reorganizando bajo las órdenes de K, un enorme ser mitad troll mitad león que había llegado del mismo averno para proseguir con el avance del ejército del mal.



     Cuando los malvados trolls se acercaron al bosque, Rosa supo que no sería una simple escaramuza. Eran diez veces más que ellos y estaban mejor armados que en otras ocasiones. La única solución era vencer a K.



     Avanzó hacia él decidida a evitar que la batalla se desencadenase y el comandante de las tinieblas aceptó su reto. Fueron unas horas interminables en las que K demostró quien era más fuerte, pero la valentía de Rosa hizo que no se amilanase y poco a poco, el cansancio hizo mella. Después de recibir la infinidad de heridas que le infringía tanto con su espada como con sus afiladas garras, Espina, la espada de Rosa, atravesó el pecho de su enemigo haciéndolo caer inerte en un enorme charco de sangre negra. Al ver que su cabecilla no se levantaba, los trolls huyeron aterrorizados para no volver jamás.



     Volvió tambaleante a lomos de su corcel y nada más entrar en la aldea, cayó desplomada. Selegna, el hada más poderosa del bosque, hizo todo lo posible por mantenerla viva, pero ni su magia pudo con el poderoso veneno que, impregnando la espada de K, había contaminado el cuerpo de la brava guerrera a través de las numerosas heridas que había sufrido durante su duelo. Justo cuando estaba a punto de viajar con sus antepasados, Selegna le prometió que siempre formaría parte de ese bosque que había defendido con su vida.


     Y cumplió su promesa.


     A la siguiente primavera, una nueva flor comenzó a brotar por todo el bosque. Era la flor más bonita que nadie había visto nunca. De un color tan rojo como la sangre que brotó del cuerpo de la heroína, tan intenso como los labios que arengaron a su pueblo hacia la lucha por la libertad. De un tacto delicado, como su trato con el resto de seres del bosque, como su piel a pesar de las cicatrices que le acompañaron hasta el fin de sus días. Por encima de todo eso, destacaban las espinas que cubrían su tallo y que dejaban claro que su espíritu guerrero habitaba allí.



     Por eso, pequeña, las rosas se llaman así. Y lo que ahora son espinas, durante muchos años fue la espada que hizo retroceder a las sombras del mal hasta el oscuro agujero en el que aún hoy habitan.