miércoles, 17 de octubre de 2018

Nacida en la tormenta






La noche en que nació, las campanas de la iglesia resonaban por encima del fragor de la tormenta. No era lo  habitual. Nadie en el pueblo recordaba una tormenta con semejante descarga eléctrica desde antes de la guerra, sin embargo, aquella tarde de Marzo, las nubes comenzaron a rodear la pequeña aldea para cerrarse sobre ella lentamente. Parecía que un pequeño ojo de luz diurna se había centrado sobre el pueblo pero que poco a poco, el cansancio causaba mella haciendo que cerrase sus párpados debilitados para dar paso a una de las mayores oscuridades que el ser humano era capaz de imaginar. Las sombras se cernieron sobre el valle antes de que la noche llegara y, al poco rato, infinidad de relámpagos rasgaron el cielo mientras Amelia se retorcía de dolor por las contracciones previas al parto. Una titilante vela iluminaba la pequeña habitación ajena al temporal que azotaba las paredes exteriores. Tan solo Azrael le hacía compañía observándola desde la esquina más cercana.



     Cuando las campanas redoblaron, muchos vieron en eso un mal presagio. Que la llegada de la tormenta solo podía ser una señal del cielo de que nada bueno podía suceder aquella noche.




     Sin embargo una niña sana llegó al mundo trayendo de nuevo la alegría a aquella humilde casa. No tenía que haber sido así, en eso estaba de acuerdo con el resto del mundo,
pero eso era lo de menos. El padre era el elegido, el que la luna le indicó durante la noche de San Juan en la que su esplendor estaba en lo más alto y su circunferencia era perfecta. El embarazo había sido complicado, pero a pesar de llevarlo sola adelante, había cumplido con todos los pasos necesarios. Todas y cada una de las instrucciones se habían llevado a rajatabla, por eso en el momento que aquella niña de piel blanca y pelo rojo llegó al mundo, Amelia y el gato negro que le acompañaba sonrieron ampliamente sabedores de lo que acababa de suceder.




     Acababa de nacer la que estaba llamada a ser la bruja más poderosa del mundo. Por fin había llegado la enviada de Lucifer.


martes, 9 de octubre de 2018

LA ELEGIDA



     Creo que te he estado buscando desde que tengo uso de razón y, a pesar de equivocarme una y otra vez, no pienso rendirme. Eres mi destino y tarde o temprano te encontraré.








     Últimamente tengo la sensación de que no te tengo tan cerca, pero no por eso bajo la guardia, aunque cuando estoy lejos de casa y me parece reconocerte, una ilusión especial ilumina mi cara. Siempre creí que en cuanto te viese sabría que eras tú, pero con el paso de los años las decepciones han ido minando mi moral. Te necesito. Me resulta imposible soñar con esa casita en las montañas o en conducir un descapotable por las carreteras de la Toscana sin haberte sentido junto a mí antes.









     Sé que la providencia te pondrá en mi camino, solo es cuestión de tiempo, y cuando llegues estaré preparado para sujetarte dulcemente con una sonrisa bobalicona en mi cara de corderito degollado.






Puede que sea complicado, que seas una entre mil millones, pero cada semana estoy más convencido de que, esta vez sí, la chica de la administración ha acertado con la combinación ganadora. Siento que por fin descansas en mi  cartera, doblada junto a mi abono de transporte.

lunes, 1 de octubre de 2018

EL HOMBRE DEL FARO


     Desde el acantilado podía divisar las velas de un navío que surcaba el mar alejado de la costa. El sol brillaba con fuerza arrancando destellos plateados de una superficie que comenzaba a erizarse. Había despertado el viento del norte. Vivía solo en aquella maldita isla. Años atrás decidió dejar su profesión y redimirse encargándose del faro que desde aquel islote gobernaba y guiaba a la mayoría de bajeles que cruzaba aquella peligrosa zona del océano. Era una función importante: los arrecifes eran afilados y, si algún barco buscaba refugio en la noche o durante la tormenta, la potente luz le indicaba el camino adecuado para superar los escollos.










     El viento soplo con más fuerza inundándolo todo con un profundo olor a agua salada. Oscuros nubarrones fueron cubriendo el cielo a la vez que el sol se batía en retirada por el horizonte. Esa noche no habría luna. A lo lejos, las velas del barco se aproximaban; el capitán, consciente de la tormenta que se avecinaba, había virado hacia tierra para ponerse a buen recaudo. Llegaría a la costa de noche cerrada. Steven giró sobre sus talones y caminó hacia el edificio que habitaba.







     Al llegar a la puerta comenzaban a caer las primeras gotas. Azotaron su rostro con fuerza, como tantas veces habían hecho cuando surcaba los siete mares a bordo de una de las embarcaciones piratas más temidas y luchaba contra los envites de las olas en altamar. Atrancó la puerta tras cruzarla y ascendió por la larga y estrecha escalera de caracol que le llevaría a la sala acristalada en la que se encontraba la enorme linterna.







     Nunca se dedicó a la piratería por necesidad, disfrutaba siendo así. La vida en el mar, peleas y escaramuzas en sus incursiones en tierra, saquear y matar sin piedad a personas, a veces inocentes, con el miedo del que sabía que no podría escapar a la parca reflejado en la cara. Pero los años no pasaban en balde y llegó un momento en el que se comenzó a preocupar en exceso por su vida durante cada reyerta: era el momento de cambiar.







     Llegó a un acuerdo con el gobernador inglés para conseguir su inmunidad y un trabajo como farero a cambio de entregar su navío con la tripulación incluida. No lo dudó. Jamás tuvo remordimientos, pero no podía evitar añorar los días en que era realmente libre.





     Al llegar a lo alto del faro se sentó a mirar a través de los cristales. La oscuridad cubría el océano en el que tan solo se apreciaban las briznas de espuma que algún relámpago esporádico hacía visibles. El barco se acercaba a la costa zarandeado por los envites de enormes olas haciendo cada vez más difícil mantener el rumbo adecuado.








     Estos eran los pocos momentos que hacían que la vida en ese rincón del mundo mereciese la pena. No pensaba encender el faro hasta que fuera imposible la vuelta atrás. La tripulación vería la luz justo en el momento de estrellarse contra las rocas.







     Imaginó la cara de terror de los navegantes y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro.

domingo, 23 de septiembre de 2018

El chico de los viernes




     El reloj de la cafetería marcaba casi las cuatro. Marta aspiró disfrutando del aroma a café recién hecho, miró su reflejo en el espejo e intentó ordenarse el cabello. Sabía que esa melena era uno de sus puntos fuertes, pero a la hora de trabajar suponía un problema y finalmente optó por una cola baja con un par de rizos sueltos a cada lado de la cara. Los días en la costa habían surgido efecto y lucía un bronceado que realzaba el azul de sus ojos. Estaba preciosa y lo sabía.







     Apenas había tres mesas ocupadas con clientes habituales. Tres jubiladas hablaban sin descanso. Saltaban de las hazañas de sus nietos a la novela de moda sin dejar de lado al nuevo novio de Belén Esteban. Junto a ellas, una pareja no levantaba la cabeza de sus respectivos teléfonos sin mediar palabra mientras esperaban que llegara la hora de recoger a sus hijos en el colegio de la esquina. Una joven ejecutiva intentaba frente a su portátil dejarlo todo listo para irse el fin de semana un poco más tranquila.









     A las cuatro y cinco minutos entró por la puerta haciendo levantar la cabeza a la joven del ordenador.





-Ahí tienes a tu bombero – le dijo a Marta su compañera golpeándole con la cadera al pasar por su lado.







Seguía igual que lo recordaba, ¿o quizás todavía más atractivo? Se quitó la americana, la dobló y se giró para colocarla en una de las sillas. “Joder como le quedan los trajes!!” pensó Marta mientras se acercaba a tomarle nota con los ojos clavados en el culo de su cliente. Intentó controlar el incipiente sofoco antes de llegar a la mesa en la que él ya tomaba asiento.





-¡Buenas tardes!



-¡Hola!- sonrío amablemente- ¿Puedes ponerme un café con leche?



-¿Descafeinado, leche fría y azúcar moreno? ¿Con un donut de chocolate?- Marta se adelantó a sus deseos terminando la pregunta con un pícaro guiño.



-¡Por supuesto!



    

     Le encantaban los hoyuelos que se formaban en sus mejillas cuando sonreía. Hacía varios meses que se pasaba todos los viernes a la misma hora, pedía un café con leche y un donut, y leía durante algo más de media hora saboreando los primeros momentos de libertad del fin de semana. Por supuesto que no era bombero a pesar de que en sus fantasías siempre acababa apagando fuegos después de avivarlos. Sabía que trabajaba en una oficina cercana, pero no tenía ni la más remota idea de que hacía allí. Lo que sí que tenía claro desde el primer momento en el que sus miradas se cruzaron era que se lo comería a besos. Era un chico educado que siempre tenía una sonrisa en el momento oportuno pero al que no parecían afectarle las cada vez más descaradas insinuaciones de la camarera.







     Cuando le llevó la comanda a la mesa, él ya estaba sumergido entre las páginas de la novela, ajeno a la mirada provocativa de la chica del ordenador. En el momento en el que había entrado había cambiado prioridades y, ya con la pantalla bajada, removía el café con leche caliente, frío desde hacía un rato, intentando llamar su atención. Marta aprovechó para observarlo mientras se acercaba: había aflojado levemente el nudo de su corbata y un mechón rebelde caía sobre su frente desafiando el poder del fijador que mantenía al resto de cabello a raya. Rozó su mano levemente al dejar la taza sobre la mesa. Parecían unas manos suaves pero fuertes. No pudo evitar sentirlas recorriendo su cuerpo, apretándola contra él y, antes de darse cuenta, las imaginó marcando el ritmo de un galope desenfrenado que volvió a sonrojar sus mejillas justo en el momento en que la miró y le dio las gracias.







     “De hoy no pasa” se dijo volviendo a la barra acalorada. No sabía cómo lo haría, pero esa noche estaría entre sus brazos sí o sí.





     Sonó la campana de la puerta y entró un chico algo desaliñado. Barba de una semana y sin peinar por lo menos durante el mismo tiempo. Vestía camiseta negra, tejanos desgastados, botas y una chaqueta de cuero con un parche de Iron Maiden en la espalda. Miró el interior del local y se dirigió a la mesa ocupada por el chico del traje. Un apasionado beso fue su saludo a falta de palabras.





-Era demasiado perfecto –le dijo su compañera riendo e intentando no hacer demasiada sangre de su desilusión.







     En la mesa de al lado, la ejecutiva había dejado un billete sobre la mesa y había marchado sin tan siquiera pedir la cuenta.