miércoles, 8 de agosto de 2018

La casa del bosque


Apenas tendríamos doce años cuando decidimos afrontar la que sería nuestra gran aventura de ese día. Descendimos excitados el desnivel que nos llevaría al pequeño bosque que resistía entre los campos de cultivos y la parte trasera de la casa en la que vivían los tíos de David. Las higueras y los sauces ocultaban la luz del Sol provocando un ambiente fresco y húmedo que se agradecía en aquella calurosa mañana estival. Solo el cantarín sonido de un riachuelo cercano rompía el silencio que parecía instaurado en aquel calmado rincón del mundo







     Los muros de la casa comenzaron a verse entre los árboles. Sin duda, había vivo mejores épocas. Las paredes, años atrás encaladas de forma impecable, hacía tiempo que mostraban el barro de los adobes que la sostenían en pie. Las ventanas del piso de arriba colgaban desvencijadas, sujetas por la hiedra que otrora adornaba la pared lateral y que ahora crecía sin control enredándose en las ramas de un melocotonero cercano.







     Sus habitantes desaparecieron hace tiempo. Se escuchaban distintas versiones en el pueblo. Algunos decían que las dos hermanas eran brujas que una noche subieron a lomos de sus escobas acudiendo a la llamada del maligno. Otros, que la hermana mayor se volvió loca y la pequeña no tuvo más remedio que encerrarla para salvar su vida. En las noches de tormenta todavía se escuchan sus risas desquiciadas mezclándose con los truenos. La abuelita de David nos explicó que se pusieron enfermas a la vez y fallecieron en el interior de la casa, pero cuando el vecino más cercano intentó acercarse, se encontró con todo cerrado y sus llamadas solo fueron contestadas por el maullar del gato negro que convivía con ellas. Nadie cree que marcharan a vivir a otro lugar sin llevarse a su gato.









     Sabíamos que chicos mayores se habían colado alguna vez y todos coincidían en que la casa estaba encantada. Hablaban de ruidos, de voces, de presencias de ultratumba y, lo más extraño, aunque todos terminaban por salir de allí corriendo y sin pararse a mirar atrás, al momento la puerta aparecía cerrada con el cerrojo que había en el interior.









     Nos acercamos con cautela a la vieja puerta de madera y la empujé sin mucha confianza al principio y un poco más decidido después. La madera emitió un leve sonido pero no cedió. Miré a mi compañero que observaba un par de metros a mi espalda.




-Ese debe de ser el agujero.






     Le señalé un hueco un par de palmos bajo la cerradura. Un chico que decía haber entrado solo meses atrás, nos explicó que si metías el brazo por ese agujero podías llegar a descorrer el cerrojo que bloqueaba el acceso. Tenía claro que David no metería la mano, así que en un arranque de coraje, me arrodillé e intenté que el temblor de mi brazo no fuera demasiado inconveniente para lograr nuestro objetivo. Subí la mano por la parte interior de la puerta y la saqué asustado al notar que algo me envolvía.





-¡Joder que susto!





     Mi amigo, que había dado dos pasos atrás al escuchar mi grito, se acercó de nuevo para ayudarme a quitar las telarañas que cubrían mi mano.





-Me parece que he rozado el pasador al sacar la mano- le confesé con la adrenalina recorriendo mi pequeño cuerpo.




     Esta vez más decidido, introduje el brazo hasta el codo y no tarde en localizar el frio metal que se deslizó con suavidad, dando la sensación de estar recién engrasado. Los goznes no. Los goznes chirriaron como si la puerta llevará siglos sin abrirse. Como si quisiera avisar al resto de la casa de que alguien la había despertado de su letargo.








     El interior estaba vacío y polvoriento. Solo un armario bajo de madera oscura y las telarañas que colgaban caprichosas, adornaban unas paredes repletas de desconchones que una vez debieron ser tan blancas como el exterior de la casa. A cada lado del pasillo había dos puertas y algo más adelante, la que debió de ser la sala de estar se abría ante nosotros. Caminamos muy juntos y despacio, intentando hacer el menor ruido posible, temerosos de despertar a los fantasmas que las leyendas situaban entre aquellos muros. Asomamos la cabeza con cautela a las habitaciones que iluminadas por unos altos ventanucos, nos mostraron sendas camas desnudas y una cómoda con varios cajones que no nos atrevimos a abrir. En la sala grande, la luz que entraba por el enorme hueco que daba al patio trasero mostraba un chimenea que controlaba la estancia desde un rincón y una escalera estrecha que ascendía al piso de arriba. Nos estremecimos cuando un gato negro paso disparado entre nosotros para perderse en la maleza que se había adueñado del patio hasta el punto de comenzar una huida que no fue más allá de los tres primeros pasos.








     Nos miramos e intentamos reír y, aunque la risa fue todo la falsa que cabía esperar, nos infundió valor suficiente para acometer el ascenso al piso superior.








     Tres tramos de escaleras estrechos y oscuros nos frenaron más de lo que nos habría gustado. No sabíamos que nos encontraríamos al realizar cada giro y asomábamos la cabeza pensando que en cualquier momento aparecerían las brujas con sus uñas afiladas y lanzándonos mil maldiciones. Al final aparecimos en un pequeño distribuidor con tres puertas, dos abiertas y una cerrada. Las ventanas de las habitaciones eran bastante más grandes que las del piso inferior y eso nos tranquilizó un poco. Una de ellas estaba completamente vacía de mobiliario, tan solo el retrato de una mujer de intensa mirada colgaba de una de las paredes desnudas. En el techo se podían ver las vigas de madera que sostenían el tejado en cuyos huecos algunos pájaros habían aprovechado para anidar. La otra era exactamente igual en cuanto a tamaño. La hiedra impedía la entrada de parte de la luz, pero a pesar de ello, se podía contemplar las paredes y un rincón oscurecido en el que parecía haber ardido una hoguera tiempo atrás. No había cuadros, ni muebles, solo una lona arrugada bajo la ventana. Ni se nos pasó por la cabeza mirar si había algo debajo.







     Afrontamos expectantes la puerta cerrada. La luz que entraba a través de las otras habitaciones nos tranquilizó lo suficiente como para no plantearnos salir de allí sin ver la casa entera. Al empujar la madera, el chirrido provocó un escalofrío que eliminó de buenas a primeras toda nuestra entereza. Una bocanada de aire glaciar salió a recibirnos cuando dimos los primeros pasos hacia el interior de una habitación más oscura que el resto. La ventana que daba justo encima de la puerta de entrada, estaba cubierta por una cortina que impedía la entrada de luz. Caminamos juntos hacia ella y la descorrimos. Dos pájaros aletearon sobre nuestras cabezas escapando al exterior. Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la luz, descubrimos un figura de un medio metro en la esquina más alejada de la puerta.


Me quedé petrificado al ver lo que parecía una figura en porcelana de una niña vestida de blanco, de un blanco riguroso e impecable, sin una mota de polvo. La tela de su vestido se movía empujada por la brisa que entraba por la ventana. Tenía el pelo rubio y largo, por debajo de la cintura, las manos extendidas y unos cristalinos ojos azules cuya mirada se perdía más allá de la puerta. La huida de mi compañero me trajo de vuelta a la realidad. Se me aceleró el corazón al verlo salir disparado escaleras abajo, pero aún más cuando volví a mirar la muñeca y vi sus ojos clavados en los míos.








     Corrí y corrí sin mirar atrás. Bajé aturullado las escaleras, notando pasos que me perseguían y manos que tiraban de mi camiseta. Estuve a punto de caer varias veces antes de salir al bosque y escuchar un portazo tras de mí. Recuperamos la respiración apoyados en un árbol a una distancia prudencial. Desde allí, todavía temblando, observamos la puerta cerrada, no quisimos comprobar si con cerrojo. En el piso superior, justo encima de la entrada, una cortina impedía que la luz entrara en la habitación a través de la ventana.


domingo, 15 de julio de 2018

2 ANIVERSARIO!!!!

           Esta vez no traigo un relato (aunque os deje los enlaces de esta semana) sino un inmenso agradecimiento.

        
           Hace dos añitos que asomé la cabeza por aquí. No tenía ni idea de como funcionaba esto y mi conocimiento de las redes era casi nulo. Pasado este tiempo, sigo sin tener muy claro como funciona esto y mi conocimiento de redes no ha mejorado demasiado, pero me encanta lo que hago. Todo comenzó por dos motivos, uno que me guardo y otro que no he cumplido pero que tampoco he abandonado, el de terminar la historia de ese futbolista canalla que comencé hace tanto tiempo y cuyo final, a pesar de estar escrito, todavía no se ha plasmado con palabras.


             Por el camino mucha gente, conocida y desconocida, que me ha ayudado a seguir adelante. Agradecer su entrega a la gente que hay detrás de algunas comunidades. Gracias a "Escribiendo que es gerundio", "El tintero de Oro" y especialmente a "Relatos compulsivos" que aunque últimamente lo tengo abandonado, fue fundamental para que mostrase mis escritos (pienso volver Sue, te lo prometo)

           
               Gracias a los que me habéis seguido a través de Facebook y habéis colaborado en mis propuestas, en breve vendrán algunas nuevas, espero que os gusten y os motiven para que sigáis inspirándome como hasta ahora.


               Y gracias a TI, sí, a ti que estás leyendo esto, que me lees desde hace dos días o hace dos años; gracias. Espero poder seguir compartiendo contigo relatos y sueños durante mucho tiempo y que disfrutes viviéndolos tanto como yo disfruto escribiéndolos.

               Os dejo los enlaces que he compartido en redes esta semana, los primeros siete relatos que se atrevieron a partir desde mi embarcadero en busca de aventuras:

LA TIERRA DE LOS SUEÑOS

EL EMBARCADERO

ENTRE REJAS

SIN CONTROL

LA MEMORIA DE LOS PECES

ADORO A ESA CHICA

EL TREN DE LAS 7.10


         Besitos, petonets, bicos y otra vez gracias!!!!!


P.D. Los próximos dos meses no publicaré con la misma asiduidad, pero apareceré esporádicamente mientras voy recargando pilas. 

martes, 3 de julio de 2018

LA DECISION


El sol comenzaba a hundirse en el pacífico cuando salió a pasear.  Notó el calor de la arena bajo sus pisadas, jugueteando entre sus dedos a medida que caminaba hacia la orilla para mojarse los pies descalzos. Le encantaba el olor a mar y caminar sobre la arena mojada hasta ver como  las olas, que  cansadas de su largo  viaje se rendían al llegar a la playa,  borraban las huellas que iba dejando tras de si. Era curioso, toda la vida se había dedicado a borrar su rastro y le resultaba paradójico observar la facilidad con la que el océano lo hacía desaparecer.





 El agua no estaba tan fría como en el Atlántico, pero no tenía nada que ver con su mar. Sabía que el trabajo para el que había nacido tenía sus inconvenientes. Tenía que reconocer que conocía cada rincón del planeta, pero solo, siempre solo. Viajar de país en país sin llegar a echar raíces nunca, sin formar esa familia de la que solía hablar de joven, mientras abrazaba a su chica a orillas del Mediterráneo, fue el precio a pagar. Todo eso quedó atrás en el momento en el que decidió su profesión. 




Se tumbó y fijó su vista en las nubes que se transformaban sobre su cabeza. Dejaba su mente en blanco y admiraba las figuras que formaban en distintos tonos de grises. Un coche descapotable se desfiguraba lentamente hasta parecer un cohete espacial y de ahí pasaba a mariposa de grandes alas. Sabía cómo terminaría aquello, siempre lo hacía igual. Las dos alas se unían poco a poco y comenzaba a intuirse algo que para él era un rostro humano. Sucedía continuamente. A veces creía cruzarse con ellas, otras, aparecían en sus sueños y también había momentos como este, en el que tumbado sobre la blanca arena, sentía una mirada acusadora que le juzgaba desde el cielo.




La decisión estaba tomada. Recuperaría su verdadera identidad y volvería al lugar donde nació. Quería volver a tener una vida normal, aunque era consciente que el recuerdo de sus víctimas le perseguiría durante el resto de sus días.

martes, 26 de junio de 2018

LA CITA





     Me miro al espejo y decido que esta tampoco será la camisa elegida. Me da mucha rabia, pero tengo que reconocer que he cogido cuatro o cinco quilitos que no hay manera de perder. Para los pantalones bien: me quedan un poco más ajustados que antes y sé que eso gusta, porque aunque suene algo presuntuoso, tengo un buen culo. La parte de arriba ya es otra historia. Nunca la he trabajado físicamente y mi cuerpo lo nota. La natación es lo ideal, pero desde pequeño se me dio fatal, hasta el punto de tener que aprender en un cursillo de verano poco antes de ir al instituto; más por vergüenza que por ganas de hacerlo. Mientras fui joven no era problema porque aunque no estuviera musculado lo quemaba todo. ¡Bendita juventud! Ahora todo ha cambiado. Sigo haciendo deporte siempre que puedo, incluso he comenzado a cuidar mi alimentación, pero a la que cometo algún exceso, el maldito michelín crece un poco más. Solo consigo mantenerlo a raya con mil sacrificios, si me paso… Zasca!! Vuelve a crecer.




     La camisa blanca descartada y la de cuadros ni me la pruebo. No me gusta la idea, quería ir un poco elegante pero… que demonios!! Tejanos y camiseta. El noventa y cinco por ciento de los días visto así, con tejanos y camiseta, así que me parece que la primera vez que nos veamos cara a cara debe ser con mi indumentaria habitual.



     No pensaba que me iba a poner tan nervioso, al fin y al cabo llevo semanas chateando con ella. Nunca me habían gustado las webs de contactos, entré más por curiosidad, para pasar el tiempo, que para otra cosa. Mis amigos solían hablarme de la cantidad de chicas que conocían en la red y terminaron por convencerme. El caso es que tras muchos mensajes sin respuesta, Martona75 me mandó un saludo.



     Tenemos bastantes cosas en común, claro que en algunas cosas le he dado la razón para gustarle un poquito más y a ver si así la cosa llegaba a buen puerto. Si la cosa va a más una mentirijilla piadosa no tendrá importancia. Por lo menos la foto de perfil que tengo es mía, no como hacen muchos de los que andan por ahí. Martona75 dice que se ha llevado más de una decepción con eso, algo que no entiendo. ¿Qué pretende la gente colgando fotos falsas o retocadas? A mí me gusta la mía. Es de hace un par de años o tres, estábamos celebrando el dieciocho cumpleaños de mi sobrina. Ahora que pienso, hace siete, ella ya tiene veinticinco ¡Cómo pasa el tiempo! Lo importante es que no he cambiado tanto. Sí, vale, un poco más de peso y bastante menos pelo (el stress me está matando) pero como siempre lo he llevado muy cortito no se nota. Bueno y la barba, en aquella época llevaba barba y el pearcing en la ceja que tuve que quitarme después de aquel golpe. Pero si dejamos esa chorradillas de lado estoy exactamente igual que en la foto.
 


     Mierda, el pantalón también me aprieta demasiado. Me lo tenía que haber probado antes. Mañana iré a comprarme ropa nueva, pero hoy llevaré un botón desabrochado, que con el cinturón no se nota y al final llegaré tarde.

martes, 19 de junio de 2018

Más allá de la foto


     Daniel apareció corriendo en el porche con una vieja lata de galletas en sus manos.


-Iaia, mira lo que he encontrado en el armario del sótano.


     Su abuela lo miró con los ojos perdidos desde el sillón de mimbre en el que descansaba. En un principio parecía que le resultaba transparente, como si pudiera ver a través de él, pero después su mirada se fijó en la colorida lata. El pequeño se sentó a su lado, junto a su hermana mayor, y puso la caja en el regazo de la anciana.



     En su interior había una extraña mezcla de objetos. Entre entradas de cine, monedas extranjeras y pulseras de cuero, destacaban una pequeña rana de peluche y unas zapatillas de ballet gastadas. Un fardo de cartas amarillentas atado con una cinta roja dejó al descubierto varias fotos antiguas. María sujetó una de ellas entre sus manos. Era una joven de apenas dieciocho años. Sostenía una cámara de fotos intentando encontrar el mejor encuadre posible sin darse cuenta de que su imagen estaba siendo perpetuada por alguien a escasos metros de ella.






Más de setenta años separaban aquella imagen de la actualidad. Corría el verano del 2018. Sandra era una chica morena, menuda y extrovertida, un auténtico terremoto que solo se paraba cuando decidía detener el mundo a través del objetivo de su Nikon. Tenía un don especial. Siempre encontraba el ángulo perfecto en el momento adecuado; y la l uz… Esa luz que lo iluminaba todo cuando ella estaba presente y que tan bien plasmaba a través de la cámara. María tenía claro que si sus fotos capturaban ese grado de belleza era porque las imágenes que mostraban estaban iluminadas por sus ojos y su dulce sonrisa.



La conocía desde el jardín de infancia, pero fue al llegar al instituto cuando comenzaron a tener más contacto. Ahora, un día sin verla era un día perdido. El camino que compartían al dirigirse a clase, los susurros al oído en la biblioteca, los cotilleos vía whatssap al llegar a casa, eran cosas que habían hecho cambiar su forma de ver la vida pero sin duda, los días que salían cámara en mano eran los más especiales. Moverse por la ciudad con total libertad y poder hacerle fotos a traición como la que tenía en sus manos; juntar las caras ante el visor para juzgar si la imagen era la deseada o si había que repetirla, era lo más parecido a tocar el cielo que jamás conoció. No tenía claro en qué momento se dio cuenta de lo que sentía, pero sí recordaba cuando su mundo se vino abajo.



     Sandra marchó a Londres a estudiar fotografía dos años después y María nunca se atrevió a confesar sus sentimientos. Comenzó a salir con el que después fue su marido y, aunque jamás llegó a hacerle sentir lo mismo que la presencia de su amiga, le quiso de otro modo y consiguieron ser felices durante muchos años.



Los dos pequeños observaban a su abuela. La chispa que había brillado por un instante en su cara se apagó en el momento en el que una lágrima comenzó a rodar por su mejilla. El vacío se había vuelto a hacer dueño de unos ojos que miraban más allá de la foto.