martes, 16 de mayo de 2017

EL SALTO



                No era el mejor momento de su vida, pero a medida que se acercaba al borde del precipicio tenía más claro que todo ese sufrimiento terminaría pronto. Se detuvo al borde del abismo y respiró profundamente. Respiró silencio y soledad. Hacía tiempo que ese era su hábitat natural. Sus padres nunca habían confiado en ella. Siempre vivió a la sombra de su hermana mayor: más guapa, alumna más aplicada y con un don especial para los deportes. Nunca paraban de ponerla como ejemplo a seguir. Estaba cansada de su vida hasta el punto de lograr encontrarse cómoda tan solo en situaciones como esa: de pie junto a un acantilado.

Foto
     Allí nadie le molestaba. Oteó el horizonte. Negros nubarrones se acercaban presagiando una inminente tormenta, pero el mar, a sus pies, todavía no mostraba su peor cara. Ni fuertes olas ni espuma entre las afiladas rocas. Un águila planeaba en la lejanía. Libertad. Si lo hacía se sentiría completamente libre durante unos segundos. Volar como esa ave. Como la hoja seca que arrastrada por el viento gira y gira justo antes de besar el suelo. Necesitaba sentirse así. Necesitaba dejar la tierra atrás y que aire avivase el fuego que ardía en su interior antes de apagarlo en el agua helada. Dio un paso atrás, tomó impulso y saltó al vacío. 

     Notó el frío líquido en sus pies justo antes de adentrarse en la oscuridad del océano. Al volver a la superficie, cuatro buzos la rodeaban para comprobar que todo había salido bien. Los aplausos de los jueces la reconfortaron, pero la mirada de su hermana, que envuelta en una toalla la observaba desde una barca cercana, fue lo que le confirmó sus sospechas. Había logrado el salto perfecto.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Campeón del mundo



     El tiempo llegaba a su fin cuando David controló un balón muerto lejos de la portería rival. Arrancó con una resolución inusitada. Daba la sensación que flotaba sobre el césped cuando, tras dos regates y un nuevo cambio de ritmo portentoso, entró en el área. En un desesperado intento por detenerle uno de los defensores golpeó su pierna haciéndole caer al suelo. Nadie protestó el penalti.

     Cogió el esférico con determinación, buscando la válvula de inflado para colocar el cuero en el suelo tal y como a él le gustaba. Algunos compañeros, agradecidos de no ser los elegidos para lanzarlo, le daban palmadas de ánimo. Un jugador contrario se cruzó en su camino y le dijo algo para intentar ponerlo nervioso, pero a pesar de su juventud llevaba muchos años compitiendo al máximo nivel y tenía claro lo que ese lanzamiento significaba. Al día siguiente, su foto coparía las portadas de los diarios de todo el mundo indiferentemente de si salía victorioso o fracasaba. En los próximos segundos se convertiría en héroe o villano y mientras se encaminaba al punto fatídico, notó miles de millones de ojos clavados en él.

     Recordó los partidos en el patio del colegio con sus compañeros de clase y las broncas de su padre cada vez que llegaba a casa con las zapatillas rotas y lleno de barro hasta las orejas. Los consejos de su primer entrenador cuando a los siete años comenzó a jugar en el equipo de su barrio, en aquel campo de albero que había junto a las vías del tren. Respiró hondo y creyó sentir el olor a tierra mojada y escuchar el jaleo de la gente que les solía animar desde el bar.

     Tomó aire, lo soltó de golpe e inició la carrera. El guardameta parecía cada vez más grande pero no cambió su disparo habitual. Golpeó suave, a la derecha de un portero que ya se vencía hacia el otro lado. Todo había terminado bien, España ganaba su segundo mundial. Se quitó la camiseta ebrio de emoción y corrió hacia un córner en el que sus compañeros se unieron a él.

-¡David! ¡Ponte ahora mismo esa camiseta y sube a casa o bajo a por ti!
-¡Mamá, que acabo de ganar la Copa del Mundo!
-Ni copa ni copo. Sube y te lavas que nos tenemos que ir a casa de tu abuela.

miércoles, 3 de mayo de 2017

DEBILIDAD



     Bajo la ducha recapacito sobre lo que acaba de suceder. Desde el primer momento he sabido que no era buena idea, pero a pesar de tenerlo claro, no he hecho nada para evitarlo. Aunque mañana me encontraré fatal y me arrepentiré, ha valido la pena solo por volver a notarla sobre mí.

     Cuando percibí su presencia entorné los ojos para disfrutar de ella con toda la intensidad posible. Hacía tiempo, mucho tiempo que no estábamos juntos, pero al momento de comenzar a gozar de su compañía fue como si los meses no hubieran pasado. Noté aumentar mi temperatura cuando sus caricias cubrieron mi cuerpo llenando con su fresco aroma cada poro de mi excitado ser. Erizó la piel de mi nuca con un dulce beso que hizo que mi respiración comenzara a agitarse. No era consciente de lo que la necesitaba hasta el momento en que me envolvió pegándose a mí y haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera con un escalofrío incontrolable. La noté como la recordaba, como siempre, como nunca, como ese rio desbocado que arrolla todo lo que encuentra a su paso y lleva a sus peces a nadar al ritmo que ella marca. Sentí cerca el final. Lo que en un principio era un vaivén cadencioso evolucionó a un galope frenético a medida que vi que llegaba. Noté su humedad. Mi cuerpo ardía y mi sudor se mezclaba con ella empapándome por completo hasta que todo terminó entre sonoros jadeos.

     Mañana me acordaré de esto. Sé que no tenía que haberlo hecho con los problemas de salud que arrastro, pero correr bajo la lluvia siempre ha sido una de mis debilidades.

domingo, 30 de abril de 2017

EL REGALO



     Daniel llegó cabizbajo al edificio de viviendas en el que se encontraba su pequeño ático. Recogió unos cuantos sobres del buzón de correos y comenzó el ascenso con la mente muy lejos de allí. No tenía ganas de nada. Se daría una buena ducha y dejaría pasar el tiempo mirando sin ver cualquier programa de televisión. A pesar de tener claro que la enfermedad acabaría ganando a su amigo, la espera se había hecho tan larga que algunos habían abrigado falsas esperanzas.

     Bajo el agua caliente recordó su profesor como era hace años. Él era un alumno desmotivado y la literatura nunca le había llamado la atención especialmente, pero aquel hombre la predicaba con una pasión tan inusitada que incluso hacía gracia. Justo antes de acabar cada clase, escribía una palabra en la pizarra y sin decir nada, salía por la puerta. Era una costumbre extraña que a veces provocó risas entre sus alumnos (siempre recordaría el día que escribió “prepucio” y abandonó la clase con toda naturalidad) pero otras veces les hacían ver la vida de otra manera (cuando después de leer “suspiro” en la pizarra Sandra miró sonrió mirando a Daniel sería un momento especial). Él despertó su vena periodística y le animó a seguir ese camino. Nunca perdieron el contacto. Mientras estaba en la universidad, Alberto le mandaba un e-mail cada viernes  regalándole una nueva palabra.
-Nunca se acaban -solía decir- Y cuando se acaben, tendremos que inventar otras nuevas.
     Luego llegó su enfermedad y los e-mails se convirtieron en una carta cada primer viernes del mes.


     Al entrar al despacho para comprobar su correo electrónico, un sobre llamó su atención entre el grupo de facturas que había recogido al llegar. Esa letra era inconfundible. Estuvo un rato sin decidirse a abrirlo, con la carta en la mano y los ojos repletos por unas lágrimas que peleaban por salir. Rasgó el borde y sacó la pequeña cuartilla que contenía con una sola palabra escrita: “resiliencia”. Tecleó en su ordenador en busca de un significado para él desconocido. Sonrió dejando marchar las lágrimas que tanto rato llevaba reteniendo.

-Gracias Alberto…

sábado, 22 de abril de 2017

UN ULTIMO ESFUERZO



     Sigo avanzando. Hace ya un rato que no escucho sus pasos detrás de mí pero no puedo relajarme. Me ha costado demasiado llegar hasta donde estoy como para dejarme ir ahora. Aunque no les oiga sé que siguen al acecho, esperando cualquier signo de flaqueza para abalanzarse y darme caza. Salgo del bosque y sin el cobijo de los árboles la lluvia vuelve a rociarme. Llueve sobre mojado. Tanto la camiseta como el pantalón están pegados a mi cuerpo como una segunda piel y con cada charco que piso, mis zapatillas se vuelven un poco más pesadas. El sol ya se ha escondido, lo que, unido al viento que azota mi cuerpo empapado provoca una enorme sensación de frío que eriza mi piel. Veo unas luces al fondo del valle. Un par de kilómetros más y podré abrazar a mi hijo. Todo este sufrimiento habrá valido la pena sólo por ver la sonrisa de mi niño.


     De repente noto una presencia y sin detenerme giro la cabeza con la esperanza de estar equivocada. No lo estoy. Dos sombras aparecen del interior del bosque y se lanzan a tumba abierta intentando darme alcance. Me pongo tensa y por unos momentos los nervios me atenazan. Dura apenas unos segundos. Fijo la vista en las luces del pueblo, cada vez más cercanas. No voy a bajar los brazos, no estando tan cerca. Acelero el ritmo sin pensar en lo que dejo atrás, sin hacer caso de mis pies doloridos ni a unas piernas que se contraen al límite de sus fuerzas. Aprieto el paso mientras entro en las primeras calles del pueblo y voces de ánimo retumban en mi cabeza intentando darme un último aliento. Unos focos enormes aparecen al fondo de la calle y noto como mis piernas flaquean aunque siguen aumentando la velocidad. Miro hacia atrás y parece que nadie me sigue. Vuelvo a mirar. Nadie. Me relajo y ahora sí, me dejo llevar. Cruzo la meta exhausta, pero sonriente.