sábado, 22 de abril de 2017

UN ULTIMO ESFUERZO



     Sigo avanzando. Hace ya un rato que no escucho sus pasos detrás de mí pero no puedo relajarme. Me ha costado demasiado llegar hasta donde estoy como para dejarme ir ahora. Aunque no les oiga sé que siguen al acecho, esperando cualquier signo de flaqueza para abalanzarse y darme caza. Salgo del bosque y sin el cobijo de los árboles la lluvia vuelve a rociarme. Llueve sobre mojado. Tanto la camiseta como el pantalón están pegados a mi cuerpo como una segunda piel y con cada charco que piso, mis zapatillas se vuelven un poco más pesadas. El sol ya se ha escondido, lo que, unido al viento que azota mi cuerpo empapado provoca una enorme sensación de frío que eriza mi piel. Veo unas luces al fondo del valle. Un par de kilómetros más y podré abrazar a mi hijo. Todo este sufrimiento habrá valido la pena sólo por ver la sonrisa de mi niño.


     De repente noto una presencia y sin detenerme giro la cabeza con la esperanza de estar equivocada. No lo estoy. Dos sombras aparecen del interior del bosque y se lanzan a tumba abierta intentando darme alcance. Me pongo tensa y por unos momentos los nervios me atenazan. Dura apenas unos segundos. Fijo la vista en las luces del pueblo, cada vez más cercanas. No voy a bajar los brazos, no estando tan cerca. Acelero el ritmo sin pensar en lo que dejo atrás, sin hacer caso de mis pies doloridos ni a unas piernas que se contraen al límite de sus fuerzas. Aprieto el paso mientras entro en las primeras calles del pueblo y voces de ánimo retumban en mi cabeza intentando darme un último aliento. Unos focos enormes aparecen al fondo de la calle y noto como mis piernas flaquean aunque siguen aumentando la velocidad. Miro hacia atrás y parece que nadie me sigue. Vuelvo a mirar. Nadie. Me relajo y ahora sí, me dejo llevar. Cruzo la meta exhausta, pero sonriente.

viernes, 21 de abril de 2017

MORO



     Ya era de noche cuando llegaron al pueblo. Manuel se despidió de sus compañeros de tajo y aceleró el ritmo rumbo a su hogar. El trabajo en el campo era duro, pero a pesar de que el cansancio engarrotaba su cuerpo, las ganas de ver a Isabel le proporcionaban una energía adicional. Llevaban tres años casados, los más felices de su vida, pero la última semana su salud se había complicado. Cuando se fue de casa por la mañana la dejó tiritando por la fiebre. Sólo se tenían el uno al otro y su escaso jornal para subsistir, así que muy a su pesar, cerró la puerta al salir y se marchó rogando a Dios que cuidase de ella.

     Tembló al doblar la esquina. Las noches de diciembre estaban siendo más frías que otros años y de todas las chimeneas brotaba humo procedente de las fogatas que calentaban el interior impregnando el ambiente ese olor tan peculiar. Sólo la luna iluminaba levemente las hileras de casas por lo que hasta que no estuvo cerca de la suya no pudo ver lo que realmente provocó que su cuerpo se estremeciese. Tumbado junto a la puerta, dormía un enorme perro negro.
 
     Nadie recordaba cuando había llegado al pueblo, pero su imagen siempre iba ligada a la de Juanillo “El Negro”. Solía pasear a su lado de un lado para otro durante el día y al llegar la noche, marchaba al monte meneando el rabo. Era un perro negro, grande y pacífico que siempre parecía feliz hasta que un día apareció sentado en la puerta de la casa de su amigo. Nadie le hizo caso hasta que tres días después un vecino preocupado encontró el cuerpo sin vida del viejo Juanillo junto a las cenizas de un fuego que hacía días que no ardía. Moro, que así se llamaba el perro, permaneció inmóvil durante todo ese tiempo y cuando se llevaron el cuerpo para darle sepultura, acompañó a la comitiva con el rabo entre las piernas y la cabeza gacha.

     A partir de aquel día la historia de Moro en el pueblo dio un giro inesperado. Volvía a ser un perro jovial, pero de vez en cuando, aparecía dormido en la puerta de una casa en la que algún habitante se encontraba enfermo. La muerte solía llegar en un par de días. Moro continuaba su ritual y acompañaba a los familiares durante el velatorio y hasta que el cuerpo de su ser querido era llevado al cementerio. La gente del pueblo le quería. Le alimentaba y agradecía al animal su compañía en los momentos duros.

     Pero esta vez la enferma era Isabel.

     Intentó espantarlo aun sabiendo que era inútil. Moro se separó un poco de la puerta pero no se marchó. La casa estaba fría cuando Manuel cruzó el umbral. Si dirigió directamente a la habitación donde Isabel, empapada en sudor, seguía tiritando. Encendió el fuego y puso sopa a calentar antes de entrar con un trapo húmedo para intentar refrescar su frente. Deliraba en sueños. Avivó el fuego e intentó tomar algo de sopa caliente para alejar el frio que se apoderaba de su cuerpo. Cuando se dio cuenta que no podría vencer el tipo de frío que helaba su alma, se metió con ella en la cama, la cogió de la mano y lloró desconsoladamente. Así, entre el llanto de él y las palabras ininteligibles de ella, se quedó dormido.

     Le despertó el canto de un gallo. Isabel dormía. Había dejado de hablar en sueños pero su piel ardía igual que durante los días anteriores. En su cara se apreciaba algo distinto, una serenidad que no era propia de ella. Manuel se levantó. Se vistió, echó más leña al fuego para mantener el calor el mayor tiempo posible y con la cuerda que usaba a modo de cinturón se ajustó los pantalones antes de salir y encontrarse con Moro. Le dio una palmadita con lágrimas en los ojos y decidido, siguió su camino.

     Isabel abrió los ojos a media mañana. Estaba muy cansada pero no sudaba y parecía que la fiebre había remitido. Se levantó torpemente y se alegró al ver que Manuel había alimentado el fuego antes de irse a trabajar. Salió al pequeño huerto de la parte de atrás a asearse y se puso ropa seca antes de dar cuenta de un buen plato de sopa. Pasó el resto del día descansando y limpiando la casa ya que con Manuel en el campo y ella en cama la tenían un poco dejada. Cogió algunas hortalizas del huerto y se dispuso a preparar la cena para cuando llegara su marido.
 
     Hacía mucho que había anochecido cuando se asomó a la puerta en busca de su amado, pero lo único que vio fue  un enorme perro negro sentado junto a la entrada.

     Encontraron a Manuel al día siguiente. Se había colgado con la soga que usaba de cinturón en el bosque que limitaba con la finca de olivos en la que trabajaban. Durante su camino hacia el camposanto, Moro no se despegó de Isabel.



Nota: mi pequeño homenaje a Moro, el perro de Fernan Núñez

jueves, 23 de marzo de 2017

El último baile

            Hacía semanas que el otoño había llegado al bosque. El sol del amanecer se filtraba entre los árboles y sus reflejos dorados hacían brillar las grandes hojas todavía bañadas por frías gotas de rocío. A esa hora apenas calentaba. El olor a tierra húmeda inundaba el ambiente y tan sólo el rumor provocado por el paso de un río crecido y el aleteo de algún pájaro en busca de su desayuno, rompían el silencio instalado entre árboles milenarios.


     Llevaba días intentado resistirme, pero en el momento en que noté su frío aliento supe que mi última batalla estaba a punto de dar comienzo. Tiró de mí. Primero fue una suave invitación que se tornó en un gesto brusco que me hizo salir a bailar. Sabía lo que eso significaba. Había visto infinidad de veces como lo hacía con otras.


     Comenzamos una danza frenética mientras me llevaba de un lado a otro acelerando el ritmo por momentos y susurrándome al oído dulces mentiras disfrazadas con la música que sólo él sabía hacer sonar. Me hacía sentir libre. Toda una vida de tranquilidad y sosiego perdía su sentido al elevarme de su mano y volar por encima de las copas, cada vez más despobladas, sin preocuparme por un futuro ya conocido que pronto se convertiría en presente. La música aflojo a la vez que comenzó a mecerme tiernamente entre sus brazos, acariciándome con dulzura, preparándome para lo que los dos sabíamos que era inevitable. Me indujo a un sueño eterno y yo me dejé hacer…


     Me abandonó en el suelo, al lado del sendero que cruzaba el bosque, junto a otro montón de hojas secas.


jueves, 9 de marzo de 2017

GRIPE CELENISA




     El fuego ardía en uno de los rincones de la única estancia del edificio. En un pequeño caldero de cobre, hervía agua que poco después se convertiría en una insulsa sopa de nabos, plato único de la cena de Peter para esa fría noche de Diciembre. El poco calor que brotaba de la fogata se escapaba entre las rendijas de unas ventanas desvencijadas y una pesada puerta de madera que nunca llegó a encajar bien en el marco.

     Sentado a la mesa, en uno de los dos únicos taburetes que la rodeaban, Peter miraba las llamas pensando que al día siguiente le tocaría ir al mercado a intentar cambiar algunos de los nabos que no utilizaría para la sopa por algo más consistente. Si el panadero accediera a darle un par de mendrugos por un par de manojos, tendría pan para una quincena y no tendría que preocuparse tanto de tener algo que llevarse a la boca. Con eso, el resto de los nabos y el poco queso que le quedaba, podría pasar un par de semanas perfectamente.

     Le dio un escalofrío y se acercó al fuego: en esta época del año coger frío podía significar la muerte.

-¿Cómo está mi hermano mayor?
     La puerta se abrió de golpe y un hombre algo más joven que Peter irrumpió en la casa.
-¡James! Que alegría de verte. Llegas a tiempo para la cena.

     Durante la cena se pusieron al día. James llevaba meses viajando por toda la isla y su hermano lo encontró bastante demacrado. Mucho más delgado que cuando se fue, con aspecto cansado y tiritaba de forma esporádica. El recién llegado le puso al tanto de sus aventuras y le explicó que en las dos últimas ciudades en las que había estado, la gripe celenisa estaba causando estragos. Era una enfermedad terriblemente contagiosa que comenzaba pareciendo una gripe normal pero viraba de forma repentina provocando altas fiebres, sangrados abundantes por la boca y terminaba con la vida del enfermo entre terribles sufrimientos.

     Peter se estremeció. Nunca había estado enfermo, aunque creía haber padecido todas las enfermedades habidas y por haber. Su hermano le explicó que para evitar contagios, las dos últimas noches había dormido en la calle, porque en los sitios cerrados compartidos con posibles enfermos, era mucho más fácil contraer la enfermedad.

     Se fueron a dormir a un viejo jergón de paja que aproximaron a los rescoldos de la fogata y abrigados por una raída manta, se dieron las buenas noches.

     Despertó bañado en sudor. En su mente todavía vislumbraba imágenes de personas tosiendo sangre y pidiéndole ayuda. Al mirar a su hermano el pánico le hizo ir más allá: seguía dormido, pero en su mano se podía apreciar un pañuelo teñido de color carmesí.


     Salió al exterior buscando aire, pero el resultado no fue el previsto. Su zona era de calles sucias y estrechas, como prácticamente todas las de la ciudad. Un denso olor a orín lo envolvía todo llegando a provocarle arcadas. Caminó hacia la plaza de forma inconsciente. Su hermano estaba contagiado, y seguramente, él también lo estaba. Podía notar como el frío se apoderaba de su cuerpo y las mejillas comenzaban a arderle a causa de la fiebre. Los excrementos de los animales que campaban a sus anchas por las callejas revolvían todavía más su estómago. Al llegar a la plaza, la cosa no mejoró: era día de mercado y aunque fuera el único lugar abierto de la ciudad amurallada, el bullicio de la multitud le hacía sentir todavía peor. Al otro lado de la plaza vio un edificio que le hizo caminar con mayor determinación. Pasó entre la gente sin mirar a nadie por miedo a que reconociesen su enfermedad. Sin hablar por si el virus que le estaba comiendo por dentro podía llevarse a alguien más con el altísimo. Subió la pequeña escalinata y entró en la iglesia.

     El silencio en el interior del templo era absoluto. Se arrodilló para rezar aunque ya notaba dolor en las articulaciones, sin duda el virus avanzaba con rapidez. En la oscuridad que tan solo rompían un par de cirios pudo apreciar los techos abovedados en todo su esplendor. Los gruesos muros de piedra le aislaban de la algarabía que inundaba la plaza y le permitía pensar con claridad. Entre temblores y tiritonas fue consciente de que le quedaban pocas horas de vida, las de mayor sufrimiento. Tomó una decisión, se santiguo y siguió rezando mientras subía los escalones que le llevaban a la única torre de la iglesia, la torre del campanario. Cada escalón era un suplicio. Le ardía el pecho, notaba palpitaciones en la sien y un inconfundible sabor metálico en su boca.

     Cuando unos minutos después llegó al final de su recorrido sus ropas estaban empapadas en sudor. A sus pies la vida seguía ajena a su drama. La cantidad de gente en la plaza había aumentado a medida que se acercaba el mediodía. Los tenderos seguían ofreciendo su mercancía a gritos, y cuando escuchó repicar las campanas a su espalda, se precipitó hacia el vacio.

     James despertó descansado. Miró a su alrededor buscando a su hermano, pero no lo vio. Había dicho algo del mercado, seguro que estaba allí. Rió recordando el golpe que se había dado en la nariz al caer al suelo durante la noche.

jueves, 2 de marzo de 2017

La sonrisa del payaso



Corrió las cortinas y la luz del día inundó la pequeña habitación de una pensión del casco antiguo de Barcelona. Una cama, un carcomido armario y una silla junto a una sencilla mesa era todo el mobiliario. Sobre las paredes, un cuadro de flores y un espejo sobre la mesa  completaban la austera decoración. Abrió la ventana y aspiró el aire de la mañana: ni puro, ni fresco. Nada que ver con el que años atrás respiraba en la terraza de su casa junto a la costa catalana. Se giró, cogió la mochila que descansaba a los pies de la cama, un pequeño taburete y salió con destino a la rambla.

Se colocó en el lugar habitual, junto a un quiosco de venta de flores y sentado en el taburete y ayudado por un pequeño espejo, comenzó a maquillarse. Un antifaz de pintura blanca sobre sus ojos, una peluca rizada de color amarillo y una nariz de goma roja se complementaban con una enorme sonrisa para convertirle en un payaso de circo, de esos que tienden a desaparecer.
 
Subido en el taburete permanecía inmóvil como si de una estatua se tratase hasta que alguien depositaba una moneda en su raído bombín. Entonces, tras agradecer la donación con una exclamación y un exagerado aspaviento, adoptaba otra posición en la que volvería a pasar un tiempo hasta que otro donante anónimo tuviera a bien contribuir con su causa.

El grupo que le rodeaba iba creciendo. Intentaba no mirar a nadie a la cara y para evitar distracciones, fijaba su vista en un punto al otro lado del grupo hasta que dos coletas rubias llamaron su atención. No tendría más de seis años y las coletas caían a los lados de una cara pálida desde la que dos ojos azules le miraban ilusionados poniendo una nota de alegre color. Vestía con uniforme escolar y agarrada a la mando de una preciosa mujer de pelo dorado (seguramente su madre) observaba con admiración aquel payaso que tan solo se movía tras el sonido de las monedas al caer en su sombrero.

Sacó unas monedas de su pequeño bolsillo y las introdujo en el bombín. Con un rápido movimiento, el payaso infló un globo que había aparecido de la nada y antes de que pudiera reaccionar, la niña tenía en sus manos un bonito perro de color verde. Sonrió mientras la gente aplaudía y al momento siguió su camino.

De vuelta en su cuarto de la pensión se quitó nariz y la peluca y los lanzó sobre la cama. Se miró en el espejo y vio la foto que había sujeta al marco. Una niña de unos seis años con falda a cuadros, calcetines altos y una camisa blanca parecía mirar al payaso. Las lágrimas rodaron por sus mejillas borrando poco a poco una enorme sonrisa blanca.