lunes, 12 de noviembre de 2018

Atardece en las montañas



                   Aprovecho la entrada de esta semana para presentaros un proyecto de cara a fin de año. En el enlace adjunto encontraréis información sobre el proceso de financiación de un libro de relatos que, sin duda alguna, sería un buen regalo de cada a la navidades que tenemos a la vuelta de la esquina.

https://es.ulule.com/relatos-compulsivos/

                   
                     





 
               Atardece en las montañas. Sentado en el porche inspiro profundamente el aroma de la taza de café que sostengo con una mano. Doy una calada a un cigarro y expulso con fuerza el humo que se diluye en el frío aire que me rodea. Es una bonita tarde de principios de noviembre en la que las laderas se pintan de mil colores. Entre los bosque de abetos aparecen, tiñendo de rojo el verde manto, árboles repletos de castañas. Pronto estarán cubiertos de blanco. En las zonas más elevadas, las primeras nieves ya brillan bajo los últimos rayos de un sol anaranjado que comienza a ocultarse tras los picos más altos. El cielo, despejado, anuncia una bonita y gélida noche. Hice bien en bajar el ganado un par de semanas atrás, ahora que comienzan las nevadas y el hielo empieza a hacerse dueño de parte del camino, el descenso habría sido más complicado.







     Me levanto y camino despacio hacia el establo. Hace tiempo que las flores desaparecieron y solo hierba húmeda rodea el camino que me lleva hasta él. Al otro lado del cercado de madera que protege la entrada del viejo edificio, un montón de paja seca junto al pequeño abrevadero espera la compañía de alguna de las reses que aguarda en el interior. La puerta chirría al abrirse pero los animales, acostumbrados a mi presencia, siguen con lo que hacían. Alguna vaca muge a modo de saludo. Rosita está en la parte más alejada. Le acaricio la cabeza mientras abro la portezuela metálica que la mantiene encerrada. Lleva años conmigo y su salud está muy deteriorada últimamente. Después del parto del año pasado le cuesta moverse y parece que no tenga ganas de seguir con el resto del rebaño. Atravieso la puerta caminando a su lado, hablándole como siempre hice, como a un amigo fiel, a pesar de ser consciente de mi traición. Le acompaño hasta el abrevadero y le dejo bebiendo antes de ver como se dirige a la pared para intentar guarecerse ante la llegada de la noche.





     Apenas queda luz solar.





     Vuelvo al porche con una enorme sensación de culpa. Desde la primera aparición del monstruo no he encontrado otro modo de tenerlo controlado. Recuerdo aquella vez. Aquella mañana de septiembre en la que descubrí la mitad de mi ganado malherido en el prado. La sensación de impotencia ante la crueldad mostrada por esa bestia.







     Empieza a aparecer la luna. Esta noche brillará con fuerza.  Debo irme; él está cerca.





     Se me empieza a erizar la piel, mi visión se desenfoca levemente y mi olfato se agudiza. Desde aquí noto el olor a miedo de la ternera que, tranquila hasta hace un momento, empieza a removerse inquieta sabedora de que la bestia no tardará en llegar. Puedo escuchar cómo se acelera su respiración, cómo late su corazón. Una lengua áspera relame mi hocico y unos colmillos que no dejan de crecer. Lentamente me acerco a Rosita que, paralizada por el terror, fija su mirada en mis ojos sanguinolientos pidiendo clemencia.




martes, 6 de noviembre de 2018

El descanso de la guerrera


            Estamos completamente solos en una pequeña cascada perdida en una zona montañosa de difícil acceso. El agua está helada, pero todo el frío que siento, desaparece al ver cómo me observa desde la orilla. Acaba de meter los pies en el río y me mira desafiante como una princesa guerrera preparada para la batalla. Camina con sus ojos verdes fijos en mí, el pelo revuelto y entre la excitación y el frío del agua, empieza a marcar esos dos botones que me vuelven loco y hacen que ella también lo haga.





            Se pega a mí, y cuando creo que va a susurrarme algo, mordisquea mi oreja, mi cuello… su lengua recorre mis labios sin llegar a besarlos y no puedo hacer otra cosa que dejarme llevar. Me mira a los ojos y se sumerge lentamente tomando aire. El agua cristalina me deja ver a la perfección como se apodera de parte de mí, saboreándome durante breves segundos antes de volver a salir para rodear mi cintura con sus piernas. Nos comemos a besos y se le escapa un suspiro cuando, lentamente, entro en ella. Le dejo hacer. Sube y baja lentamente, con los ojos cerrados, sintiendo cada roce de sus pechos contra el mío, de su piel con mi piel. Los peces que nadan a nuestro alrededor son los únicos que escuchan su gemido cuando mi boca juguetea con sus pezones, pero es solo un momento. Paso mis brazos bajo sus piernas y el movimiento se vuelve frenético. Galopamos en medio de la batalla como si no hubiera un mañana, como si nuestra vida dependiera de llegar pronto a ese lugar tan ansiado, hasta que nuestros cuerpos se tensan a la vez. Arquea la espalda y echa atrás la cabeza antes de soltar un grito callado y terminar de fundirse conmigo en un abrazo con la respiración entrecortada.





            Ahora estoy tumbado en una parte poco profunda. Mi cabeza reposa en una piedra fuera del agua y la suya yace sobre mi pecho. Exhausta, preciosa, como una princesa guerrera descansando antes de la siguiente batalla…

martes, 23 de octubre de 2018

La sonrisa de X


     X es la persona más risueña que jamás he conocido. Nos criamos juntos en un barrio a las afueras de Barcelona. Ya desde pequeñito sonreía continuamente derrochando esa felicidad que tanto apreciamos en la cara de los críos pero de la que, sin darnos cuenta, nos vamos desprendiendo con el paso de los años. Era travieso pero sin maldad. Hacía ese tipo de bromas de las que incluso los adultos reían, de manera que cuando intentaban soltarle alguna reprimenda les resultaba imposible permanecer serios. El los miraba risueño y les prometía que no volvería hacerlo con los dedos cruzados a su espalda.





     Crecimos y él apenas cambió en ese aspecto. Durante la adolescencia, en las tardes que pasábamos encerrados y cabizbajos por la lluvia, él nos contaba emocionado que ese año se podría dejar llevar por la corriente del río que pasaba por el pueblo de sus padres; que en la sierra las cascadas serían espectaculares y que pronto crecería hierba en el descampado de detrás de casa que utilizábamos como campo de fútbol. Siempre terminaba por liarnos y salíamos a coger caracoles para hacer carreras o simplemente salpicarnos unos a otros sobre los charcos que se formaban en las calles sin asfaltar.





     Con los años, no podría ser de otra manera, se convirtió en un chico encantador. Le encantaba abrazar a la gente, abrazos de distinta intensidad dependiendo del momento, abrazos que transmitían esa energía positiva que X compartía con todo aquel que lo necesitara. No sé cómo, pero consiguió seguir viendo la vida con la mirada de un niño. Ilusionado con cada nuevo día, cada nueva experiencia. En los momentos duros, le vi llorar hablando de gente que se había ido, pero sin dejar de reír.





-¡No puedo evitarlo! –repetía si le preguntábamos- Les recuerdo como eran cuando estábamos juntos y verlos felices me impide estar triste por mucho que los eche de menos.







     Y siguió sonriendo, y seguimos creciendo juntos hasta que una tarde de Mayo su rostro cambió. Fue un ínfimo instante, pero algo le asombró hasta un punto al que nunca había llegado.





     El entorno de M siempre le había tenido por una chica rarita. Era la mejor amiga de mi hermana; callada y tímida, parecía que algo le martirizaba. Sus padres le llevaron a psicólogos preocupados porque su niña no reía ni parecía divertirse con nada. Todo estaba bien. Le encantaba hacer deporte y era una buena estudiante, pero ni las mejores comedias ni las trastadas de sus amigas parecían suficiente para hacerle sonreír.





     “La triste”, como le apodaron en el colegio, se convirtió en una chica preciosa de largo cabello negro y unos melancólicos ojos verdes que no perdían detalle de todo lo que sucedía a su alrededor aunque parecía que nada fuese con ella.





     Una tarde, el quinto mes de un año que hace tiempo quedó atrás, a mi hermana se le escapó un “¡Hostia!” cuando paseando con M por el centro comercial vio brillar sus ojos y una preciosa sonrisa iluminando su cara. Siguió su mirada hasta un atónito X que, a escasos metros de ellas, parecía hipnotizado por magia que desprendía la expresión que se reflejaba en el rostro de aquella chica.




     Fue solo un instante.




     Desde aquella tarde de Mayo, X no ha dejado de sonreír; M también lo hace de vez en cuando.




miércoles, 17 de octubre de 2018

Nacida en la tormenta






La noche en que nació, las campanas de la iglesia resonaban por encima del fragor de la tormenta. No era lo  habitual. Nadie en el pueblo recordaba una tormenta con semejante descarga eléctrica desde antes de la guerra, sin embargo, aquella tarde de Marzo, las nubes comenzaron a rodear la pequeña aldea para cerrarse sobre ella lentamente. Parecía que un pequeño ojo de luz diurna se había centrado sobre el pueblo pero que poco a poco, el cansancio causaba mella haciendo que cerrase sus párpados debilitados para dar paso a una de las mayores oscuridades que el ser humano era capaz de imaginar. Las sombras se cernieron sobre el valle antes de que la noche llegara y, al poco rato, infinidad de relámpagos rasgaron el cielo mientras Amelia se retorcía de dolor por las contracciones previas al parto. Una titilante vela iluminaba la pequeña habitación ajena al temporal que azotaba las paredes exteriores. Tan solo Azrael le hacía compañía observándola desde la esquina más cercana.



     Cuando las campanas redoblaron, muchos vieron en eso un mal presagio. Que la llegada de la tormenta solo podía ser una señal del cielo de que nada bueno podía suceder aquella noche.




     Sin embargo una niña sana llegó al mundo trayendo de nuevo la alegría a aquella humilde casa. No tenía que haber sido así, en eso estaba de acuerdo con el resto del mundo,
pero eso era lo de menos. El padre era el elegido, el que la luna le indicó durante la noche de San Juan en la que su esplendor estaba en lo más alto y su circunferencia era perfecta. El embarazo había sido complicado, pero a pesar de llevarlo sola adelante, había cumplido con todos los pasos necesarios. Todas y cada una de las instrucciones se habían llevado a rajatabla, por eso en el momento que aquella niña de piel blanca y pelo rojo llegó al mundo, Amelia y el gato negro que le acompañaba sonrieron ampliamente sabedores de lo que acababa de suceder.




     Acababa de nacer la que estaba llamada a ser la bruja más poderosa del mundo. Por fin había llegado la enviada de Lucifer.


martes, 9 de octubre de 2018

LA ELEGIDA



     Creo que te he estado buscando desde que tengo uso de razón y, a pesar de equivocarme una y otra vez, no pienso rendirme. Eres mi destino y tarde o temprano te encontraré.








     Últimamente tengo la sensación de que no te tengo tan cerca, pero no por eso bajo la guardia, aunque cuando estoy lejos de casa y me parece reconocerte, una ilusión especial ilumina mi cara. Siempre creí que en cuanto te viese sabría que eras tú, pero con el paso de los años las decepciones han ido minando mi moral. Te necesito. Me resulta imposible soñar con esa casita en las montañas o en conducir un descapotable por las carreteras de la Toscana sin haberte sentido junto a mí antes.









     Sé que la providencia te pondrá en mi camino, solo es cuestión de tiempo, y cuando llegues estaré preparado para sujetarte dulcemente con una sonrisa bobalicona en mi cara de corderito degollado.






Puede que sea complicado, que seas una entre mil millones, pero cada semana estoy más convencido de que, esta vez sí, la chica de la administración ha acertado con la combinación ganadora. Siento que por fin descansas en mi  cartera, doblada junto a mi abono de transporte.