martes, 19 de abril de 2022

Tomando los mandos


 

 

 

Por la ventanilla del avión tan solo se apreciaba azul, un inmenso océano azul que alguna pequeña nube intentaba esconder de forma infructuosa. No se distinguían olas, ni barcos, ni pequeñas islas que tal vez, una vez en ellas, no fueran tan pequeñas. Tan solo una inmensidad azul que le hacía sentir minúsculo, insignificante. Giró la cabeza hacia el interior. El avión estaba vacío, pero no se sorprendió. En el asiento de al lado, una pequeña mochila con una libreta, un par de bolígrafos y un ejemplar de “Cantinela” (poesía urbana, rap, lo llamasen como lo llamasen a él le resultaba inspirador) y un silencio que lo inundaba todo. Ni conversaciones, ni música ambiental, ni motores… Nada.

 

El sonido de unos tacones rompió ese silencio a medida que avanzaba por el pasillo con paso firme y decidido, el semblante serio y la mirada clavada en sus ojos. Se sentó junto a él (¿dónde ha ido a parar mi mochila?)

-¿Cómo va?

Le hablaba con la naturalidad que otorga la confianza, a pesar de que apenas se conocían y llevaban años sin verse.

-Bien, creo. ¿No deberías estar pilotando?

-Piloto automático –sonrió- Tan solo hay que marcar el rumbo estipulado y él nos lleva. ¿Tú adónde quieres ir?

La miró confundida. Seguía siendo ella, pero la notaba diferente, más decidida si cabe, a comerse el mundo a bocados.

-Adonde tu piloto automático me lleve.

Soltó una carcajada llena de vida, una risa sincera y contagiosa que le hizo dudar si se reía de él o con él hasta que le sorprendió con un beso en los labios.

-Puedes ir adonde te dé la gana. Solo tienes que coger los mandos.

 

Abrió los ojos apenas unos segundos antes de que sonase el despertador. Entró en la ducha sin prisa (sabía que iba bien de tiempo) todavía contrariado por el sueño. Nunca la había visto con esos ojos. La conoció hace tiempo, no recordaba cuando ni donde, pero nunca pasaron de ser meros conocidos. Ahora llevaban años sin coincidir fuera de las redes sociales, donde apenas tenían contacto directo. Parecía mantener en los labios el sabor de los suyos mientras el agua resbalaba por su cuerpo en un inútil intento de traerlo de vuelta a la realidad.

Bajó al bufete del hotel a desayunar con el libro bajo el brazo. Abrió al azar y comenzó a leer mientras daba buena cuenta de dos tostadas con mermelada y un café con leche. Una frase le quedó grabada antes de subir a por la maleta: “Si siempre dices nunca, nunca, será siempre.”

 

Caminó por el aeropuerto pensando en la vuelta. Después de cuatro años muy productivos trabajando fuera, el último acenso le había dejado apenas a cincuenta minutos, los que separaban la capital del aeropuerto de Barcelona, de regresar a casa. Se puso los auriculares, conectó la música y avanzó por la terminal del Adolfo Suarez intentando alejar esa cara que, sin saber por qué, volvía a su cabeza una y otra vez. Pasó controles y se dirigió directamente a la puerta de embarque, siguiendo un río de gente que se iba quedando por el camino. Mientras pensaba que parecía llevar puesto el piloto automático, una mano en su hombro le sobresaltó.

 

-¡Joder con la musiquita! Llevo un rato llamándote y ni puto caso, ya dudaba si eras tú, ¡aunque estás igual!

 

Respiraba de forma agitada y las mejillas, pálidas en su estado habitual, sonrojadas, sin duda por el sofoco de seguirlo por media terminal. Ella sí que no había cambiado nada. La mirada decidida y risueña, la sonrisa alegre, contagiosa y esos labios, que hacía solo unas horas había besado en sueños, perfectamente retocados.

-Qué quieres, ¡me relaja! Qué casualidad, cuánto tiempo. No te voy a preguntar si viajas por trabajo o por placer.

 

El uniforme de la aerolínea para la que trabajaba era delatador. Giró sobre sí misma para que apreciase el modelito mientras reía.

-Viaje de trabajo. Aunque para mí el trabajo es un placer. ¿Dónde vas?  

-Donde tú me lleves.

Respondió sin pensar. Dos días atrás, un simple “a Barcelona” habría salido de su boca, pero no se notaba la misma persona que hace dos días. No tenía claro en qué momento, pero había decidido quitar el piloto automático y ponerse a los mandos.

-Pues si coges mi vuelo, quiere decir que vuelves a casa… ¿definitivamente?

Se volvió a sonrojar. Sus mejillas, que por un momento había recuperado la palidez tradicional, retomaron ese tono rosado que tanto le favorecía. Bajó la mirada, tímida y huidiza, esperando una confirmación que era evidente.

-No te entretengo más, que seguro que vas justa de tiempo. ¿Nos tomamos un café cuándo aterricemos?

 

 

 

jueves, 31 de marzo de 2022

PACTOS

 

 

 

 

      

                Los que visitáis este rincón de vez en cuando sabéis que no suelo escribir sobre libros, pero de vez en cuando aparece alguno, de esos que no llega al gran público, del que creo que merece la pena hablar.

 

                “Pactos” es mucho más que una novela negra al uso. En él se mezclan el misterio y hechos históricos para hacernos ver que no hay tanta diferencia entre los problemas de la sociedad actual y la de hace más de media década dejándonos claro, que los demonios que nos abducen en el pasado son capaces de acompañarnos durante el resto de nuestra vida, arruinándola sin que nos demos cuenta. Todo esto lo consigue casi de pasada, centrando la atención en una trama policial absorbente que, de forma paradójica, comienza con un final, el final de la vida de la madre del inspector Pruna.

 

                En su segunda novela, Albert Villanueva repite la fórmula que tan bien le funcionó en “Por hacer a tu muerte compañía”. Incluso en sus obras de ficción, este profesor sigue dándonos lecciones de historia, nos muestra como esos hechos influyeron en que su pueblo se convirtiera en ciudad y lo envuelve todo con una historia trepidante (de la que no os pienso contar nada) que te obliga a seguir leyendo hasta el final.

 

                Si buscas algo distinto para leer, algo que te enganche y te mantenga con el culo pegado al sillón y con la mente y los ojos abiertos, te aseguro que estas 230 páginas son una buena elección.

 

domingo, 13 de marzo de 2022

¡HAPPY HALLOWEEN!

 

 

 

 

 

     Siempre sentí animadversión hacia las costumbres importadas de Estados Unidos, por eso nunca lo disfruté como Ferrán. El vecino del sexto, llevaba toda la semana avisándome de que tenía preparada una sorpresa que nos dejaría a todos con la boca abierta. A pesar de estar avisado, al abrirse el ascensor pasé del susto a la sonrisa.

 

     Ferrán yacía en el suelo del ascensor, disfrazado de vampiro, con una estaca de madera rodeada de una gran mancha roja clavada en el pecho.

 

-¡Joder que susto!-no contestó- Como te vea la Sra. Milagros le va a dar un parraque… ¡Disfruta el día y pásalo de muerte!

 

     Marché a trabajar admirando lo metido que estaba en su papel.

 

     De regreso a casa, el tumulto que había ante la portería me hizo acelerar el paso. Dos ambulancias y varios coches de policía cerraban el paso al portal. En el suelo, la Sra. Milagros parecía reaccionar al masaje cardíaco al que los chicos del Samur la estaban sometiendo. Del interior surgió una camilla en la que alguien, completamente tapado, no había tenido tanta suerte como la anciana.

 

     La peluquera de la esquina estaba informando a varios curiosos. Al parecer, Ferrán llevaba todo el día muerto en el ascensor y aunque algunos vecinos le habían visto, pensaban que era una de sus bromas. Los sanitarios que acudieron a socorrer a la Sra. Milagros, a la que le dio un síncope al verlo, fueron los que se dieron cuenta de que aquella había sido su última broma.

martes, 15 de febrero de 2022

Nuestro bosque...

 

     El sol apenas se ha despertado cuando cojo el pequeño desvío que se adentra en la montaña. Ha sido una noche fría, no sé cómo estará el sendero, pero no es una ruta ni larga ni complicada así que dudo que suponga un problema. Aparcó en la cuneta, en el lugar en el que se ensancha ligeramente junto al cartel que informa sobre la fauna de la zona. Siempre te parabas a leerlos, aunque pasases mil veces por delante del cartel, siempre te parabas…

 

     Me adentro sin prisa en ese mar de árboles de colores. El otoño mezcla el verde de las especies perennes con los marrones rojizos de las que dejan escapar las hojas que crujen bajo mis pies con cada nuevo paso. Hojas muertas y húmedas que cubren el camino sin llegar a ocultarlo y rompen el silencio acrecentando la sensación de soledad que buscaba al salir de casa tan temprano. No me cruzaré con ningún humano, es lo último que me apetece esta mañana.

 


 

 

     Un pequeño cartel con el dibujo de un duende me advierte de lo que puedo encontrar si sigo adelante. Era una de tus fotos innegociables. La niña pequeña que habitaba en tu interior aparecía justo en ese momento, hacías la foto y corrías sobre los troncos que a modo de puente descansan un palmo por encima del cauce del riachuelo riendo a carcajada limpia. Unos metros río arriba, un cervatillo que intenta saciar su sed matutina levanta la cabeza y me observa. No se asusta, tan solo se sorprende de ese animal que camina erguido y parece completamente fuera de lugar caminando entre los árboles. Se gira y se pierde en la frondosidad trotando, sin que los arbustos que parecen inundarlo todo supongan un problema.

 

     El camino comienza a despejarse y picar hacia arriba. Esta zona rocosa, que siempre me resulta la más incómoda del trayecto, me hace poner toda la atención a cada paso que doy. El musgo que crece en la zona norte de las piedras unido a la humedad de la noche, provoca que no pueda disfrutar del paisaje que me rodea; de los caballos que sé que pastan unos pocos metros a mi derecha a los pies de una montaña con la cima nevada; de la pared cortada que me vigila desde la izquierda y que siempre quisimos escalar sin llegar hacerlo nunca; de la entrada ascendente a un nuevo bosque que tengo justo delante y representa la última etapa de mi camino.

 

     Al adentrarme comienzo a escuchar el sonido del agua, es un salto grande y en esta época del año el deshielo se encarga de hacerlo todavía más espectacular. Subo hasta el mirador desde el que casi se puede tocar el agua y recuerdo la primera vez que estuvimos allí. Comenzó a llover cuando estábamos llegando pero no quisiste dar la vuelta, incluso corriste el último tramo para llegar antes que yo y mirarme, triunfal, desde arriba. El agua mojaba tu pelo a pesar de la capucha roja que intentaba evitarlo, y te besé; temblando más por los nervios que por el frío, te besé. Fue el primero de muchos, pero fue el primero y fue justo aquí, al abrigo de las ramas bajas de este pino. Escarbo junto al tronco y me quito la cadena que sujeta los dos anillos que cuelgan de mi cuello. Siempre fuimos muy sencillos para estas cosas así que nos decidimos por dos anillos completamente lisos con una letra en su interior, el mío la de tu nombre, el tuyo la del mío.

 

     Deposito un pequeño saquito de piel en el agujero y el anillo con la “D” que te acompañó durante los últimos cuarenta años antes cubrirlo con tierra, sentarme en silencio y volver a colocarme la cadena con el otro anillo alrededor del cuello. Me parece escuchar tu voz, tu risa mezclándose con el sonido de la cascada. Ya tengo el rostro húmedo cuando comienza a llover.