viernes, 12 de agosto de 2016

ENTRE REJAS


            Agarraba los fríos barrotes que me rodeaban llorando de impotencia. Era injusto. Yo tenía que estar fuera, no había hecho nada malo. Hace tan sólo un par de semanas mi vida era completamente distinta. Era feliz con mis coches y mi perro. Disfrutaba del verano al aire libre, bañándome en la piscina de casa cada vez que quería apaciguar el sofocante calor del mes de Agosto. Sin problemas, sin preocupaciones, sin nada que presagiara que toda aquella dicha podía terminar en cualquier momento.
            Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras gritaba una y otra vez que era inocente, que aquello era un error, pero cuanto más alto gritaba, más indiferencia veía en sus caras. En sus miradas, frías como el acero, se leía que no pensaban dar su brazo a torcer. Habían dictado sentencia y ya no había vuelta atrás. Yo sabía la verdad, sabía que el verdadero culpable estaba fuera disfrutando de su libertad mientras que yo notaba como la vida se me escapaba dentro de mi celda.


            Era injusto. Era mi hermana la que había roto la pantalla de la Tablet de mi madre antes de echarme a mí la culpa. Yo no tendría que estar encerrado en mi parque….

4 comentarios:

  1. Jajaja vaya sorpresa final David.
    Era injusto.

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  2. Jajajajajaja ¡¡¡me ha sorprendido muchísimo!!! Ya me imaginaba que alguien había asesinado a alguien o algo así. Me ha encantado como todo lo que escribes

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  3. ¿Para qué están los hermanos, sobre todos los menores, si no es para echarles la culpa de lo que hacemos (y para los mandados)? jaja

    Saludos salados.

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