jueves, 23 de marzo de 2017

El último baile

            Hacía semanas que el otoño había llegado al bosque. El sol del amanecer se filtraba entre los árboles y sus reflejos dorados hacían brillar las grandes hojas todavía bañadas por frías gotas de rocío. A esa hora apenas calentaba. El olor a tierra húmeda inundaba el ambiente y tan sólo el rumor provocado por el paso de un río crecido y el aleteo de algún pájaro en busca de su desayuno, rompían el silencio instalado entre árboles milenarios.


     Llevaba días intentado resistirme, pero en el momento en que noté su frío aliento supe que mi última batalla estaba a punto de dar comienzo. Tiró de mí. Primero fue una suave invitación que se tornó en un gesto brusco que me hizo salir a bailar. Sabía lo que eso significaba. Había visto infinidad de veces como lo hacía con otras.


     Comenzamos una danza frenética mientras me llevaba de un lado a otro acelerando el ritmo por momentos y susurrándome al oído dulces mentiras disfrazadas con la música que sólo él sabía hacer sonar. Me hacía sentir libre. Toda una vida de tranquilidad y sosiego perdía su sentido al elevarme de su mano y volar por encima de las copas, cada vez más despobladas, sin preocuparme por un futuro ya conocido que pronto se convertiría en presente. La música aflojo a la vez que comenzó a mecerme tiernamente entre sus brazos, acariciándome con dulzura, preparándome para lo que los dos sabíamos que era inevitable. Me indujo a un sueño eterno y yo me dejé hacer…


     Me abandonó en el suelo, al lado del sendero que cruzaba el bosque, junto a otro montón de hojas secas.


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