miércoles, 10 de mayo de 2017

Campeón del mundo



     El tiempo llegaba a su fin cuando David controló un balón muerto lejos de la portería rival. Arrancó con una resolución inusitada. Daba la sensación que flotaba sobre el césped cuando, tras dos regates y un nuevo cambio de ritmo portentoso, entró en el área. En un desesperado intento por detenerle uno de los defensores golpeó su pierna haciéndole caer al suelo. Nadie protestó el penalti.

     Cogió el esférico con determinación, buscando la válvula de inflado para colocar el cuero en el suelo tal y como a él le gustaba. Algunos compañeros, agradecidos de no ser los elegidos para lanzarlo, le daban palmadas de ánimo. Un jugador contrario se cruzó en su camino y le dijo algo para intentar ponerlo nervioso, pero a pesar de su juventud llevaba muchos años compitiendo al máximo nivel y tenía claro lo que ese lanzamiento significaba. Al día siguiente, su foto coparía las portadas de los diarios de todo el mundo indiferentemente de si salía victorioso o fracasaba. En los próximos segundos se convertiría en héroe o villano y mientras se encaminaba al punto fatídico, notó miles de millones de ojos clavados en él.

     Recordó los partidos en el patio del colegio con sus compañeros de clase y las broncas de su padre cada vez que llegaba a casa con las zapatillas rotas y lleno de barro hasta las orejas. Los consejos de su primer entrenador cuando a los siete años comenzó a jugar en el equipo de su barrio, en aquel campo de albero que había junto a las vías del tren. Respiró hondo y creyó sentir el olor a tierra mojada y escuchar el jaleo de la gente que les solía animar desde el bar.

     Tomó aire, lo soltó de golpe e inició la carrera. El guardameta parecía cada vez más grande pero no cambió su disparo habitual. Golpeó suave, a la derecha de un portero que ya se vencía hacia el otro lado. Todo había terminado bien, España ganaba su segundo mundial. Se quitó la camiseta ebrio de emoción y corrió hacia un córner en el que sus compañeros se unieron a él.

-¡David! ¡Ponte ahora mismo esa camiseta y sube a casa o bajo a por ti!
-¡Mamá, que acabo de ganar la Copa del Mundo!
-Ni copa ni copo. Sube y te lavas que nos tenemos que ir a casa de tu abuela.

2 comentarios:

  1. Ah los sueños, que sería de nosotros sin ellos... Me ha parecido esplendido el relato, David, le has dado un suspense como si de un partido real se tratara, para girar al final y transformarlo en un encantador sueño infantil.
    Un abrazo.

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  2. Gracias Ziortza!! El enano que llevo dentro se niega a irse. Aunque pensándolo bien, tal vez sea culpa mía, que no le dejo. :)

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