martes, 12 de octubre de 2021

NELY

 

 

                Era un jueves primaveral cuando entró en un bar de la zona de oficinas, esos “afterworks” que tan de moda se han puesto en las grandes ciudades. La gente suele parar después del trabajo, sobre todo los jueves, para tomar una cerveza y desconectar haciéndose a la idea de que el fin de semana ya está cerca. Ya había estado otras veces en el local, con ambiente pero sin llegar a ser ruidoso, era ideal para crear personajes, absorber ideas y tomar cuatro notas en papel de lo que después se podría convertir en un buen relato.

 

     Se sentó en la barra y cuando le sirvieron la copa de vino blanco que había pedido, dejó su bloc de notas junto a él y miró a su alrededor. No parecía haber nada interesante, así que tomó un sorbo y se dispuso a abrir sus oídos intentando que ellos le mostrasen lo que sus ojos no eran capaces de ver: una conversación sobre el partido de anoche en una mesa cercana, dos compañeros retándose a ligar con la camarera a su izquierda y una taburete que se movió junto a él provocándole un sobresalto y rompiendo su concentración.

 

-Perdona, no quería asustarte. Procuraré no molestar- dijo al ver el bloc abierto y lleno de anotaciones tachadas.

 

     Marco no sabría decir su edad. Morena, ojos verdes rasgados, piel oscura que contrastaba con una blusa blanca. La falda negra, como la americana que llevaba al brazo, le cubría unas piernas trabajadas en gimnasio justo por encima de la rodilla.

 

 


 

-No molestas. La verdad es que llevo una semana tonta y prefiero algo de conversación que perderme entre mis propias palabras. ¿Puedo invitarte a un vino?

 

     Se presentó como Nely. Trabajaba en un bufete de abogados en Madrid y llevaba toda la semana preparando un juicio con un cliente en Barcelona. Solía ir de las reuniones al hotel y del hotel a las reuniones pero la, según sus propias palabras, “semana de mierda que llevo” le había convencido de hacer una parada y tomarse una copa de vino antes de volver a la habitación.

 

-Tienes rasgos que no consigo ubicar. ¿De dónde proviene tu familia?

 

     Sonrió. Resultó una sonrisa extraña, entre melancólica, pícara y enigmática, una sonrisa que parecía esconder grandes secretos y a la vez resultaba terriblemente sensual.

 

-Egipto. Los primeros antepasados de los que tengo constancia vivieron hace muchos años, en el antiguo Egipto.

 

-¿Constructores de pirámides? –Soltó una carcajada que reprimió en cuanto percibió la seriedad de su rostro- Perdona, a veces no tengo mucho tacto, las pirámides las levantaron con esclavos…

 

-No te preocupes. Si es cierta la historia que me contaron, mi gente colaboró en su construcción sin llegar a ser esclavizados. De hecho me temo que estaban al otro lado del látigo…

 

     Continuaron hablando aunque cambió el tema hacia su cuaderno, era evidente que no le apetecía hablar de ella. Le explicó que le gustaba escribir. Exageró diciendo que estaba a punto de publicar una novela y que estaba buscando ideas para la segunda cuando lo más que había logrado era colaborar, con algún relato breve, en modestas antologías. No sabía si el vino tenía algo que ver, pero cada momento que pasaba a su lado notaba mayor atracción, sus ojos parecían de un verde más intenso, sus piernas más largas y el escote que mostraba su blusa, más pronunciado.

 

     Seguía divagando sobre sus planes a corto plazo cuando ella se acercó y le calló con un beso. Fue un beso breve, se podría decir que tímido, como el primero que das en una cita que va bien pero que temes estropear. Acercó los labios a su oreja y tras susurrar unas palabras, salieron de allí cogidos de la mano.

 

     Desde la ventana de su habitación se podía ver la fuente de Montjuic y el espectáculo pirotécnico comenzó a medida que la ropa iba cayendo al suelo. Marco jamás había acariciado una piel tan suave. El reflejo de los fuegos artificiales y los neones cercanos hacían que cambiase de color con cada roce. Los pechos de Nely parecían agrandarse entre sus manos mientras las de ella arañaban el cristal con sus gemidos rompiendo el silencio.

 

     Le pareció verla entre niebla cuando comenzó a cabalgar sobre él, parecía otra… ¿persona? La cabeza, sin apenas pelo y unas orejas puntiagudas, casi felinas acompañaban a esos ojos verdes que habrían conseguido que hiciese cualquier cosa. Se movía a un ritmo frenético, encadenando orgasmo tras orgasmo mientras Marco, extasiado observaba la danza desde su posición de privilegio. Arqueó su cuerpo con un gemido y se dejó caer sobre el pecho del aprendiz de escritor, que seguía extasiado sin ser consciente de lo que pasaba.

 

-Duerme y olvídalo todo- le susurró al oído.

 

     Despertó en una cama extraña. La luz entraba a raudales por la ventana y a sus pies, Barcelona hervía en su actividad matutina.

 

-Te pasaste con el vino, Neruda.

 

     Sorprendido, la vio salir del baño con un vestido veraniego. La recordaba de la noche anterior, pero su mente tenía muchos vacíos que no se veía capaz de llenar.

 

-¿Qué no te acuerdas? Pues es una pena –dijo justo antes de obsequiarle con un tórrido beso – ¡Si no tuviera que subir a un avión dentro de una hora te refrescaría la memoria! Puedes quedarte hasta las doce, a mí me espera el taxi. Ha sido un auténtico placer, bueno, uno no, muchos.

 

 

 

domingo, 26 de septiembre de 2021

EL NOMBRE DE LA ROSA

 

 

     Dicen que el nombre que nos ponen al nacer marca el resto de nuestra vida. La vida de Jacinto es un claro ejemplo.

 

 

     En primaria solía ir detrás de Margarita, una niña rubia y risueña que le hacía caso según soplase el viento, pero todo comenzó a tomar forma en su adolescencia, durante unas vacaciones estivales en el pueblo de sus padres. Su prima Hortensia le empujó al interior de un granero cuando volvían de la feria. Hortensia era tres años mayor que él y rezumaba sensualidad adolescente. Sus curvas hicieron que olvidará su parentesco y el mundo exterior y disfrutara del cuerpo de una mujer por primera vez en su vida.

 

 

     Violeta fue su primera novia. La conoció en el instituto y, al contrario que Hortensia, era pequeña y delicada. Lo iluminaba todo con su fresca sonrisa, pero le faltaba intensidad, la intensidad que encontró en Rosa. Rosa fue una relación a espaldas de Violeta. Nunca le pidió que la dejara, al contrario, marcó distancias desde el principio, pero cuando se dejaban llevar terminaba con el cuerpo impregnado en su aroma y la marca de sus “puas” decorándole la espalda.

 

 

     Con Azucena logró la estabilidad que necesitaba, una mezcla entre Violeta y Hortensia que consiguió llevarle al altar y cinco años después, ya le había hecho padre de dos preciosos hijos.

 

 

     Parecía que por fin había encontrado la flor que tanto había buscado, pero la vida de Jacinto cambió por completo una tarde de Abril, cuando conoció a Narciso. 

 

 


 

 

viernes, 10 de septiembre de 2021

TRABUBULANDIA (IV)


 

 

    Despertó de nuevo junto al río, pero sólo escuchaba el cantar de los pájaros y el sonido del agua al pasar junto a ella.

 

-             -¿Dónde se habrán metido? – se preguntó Andrea - ¿Qué raro que no estén por aquí?

 

    Un graznido sonó en el cielo, y sin pensárselo dos veces, la pequeña se adentró en el bosque y se escondió bajo el tronco de un árbol caído. Se hizo el silencio. Cuando Andrea pensó que ya había esperado lo suficiente, salió de su escondite y siguió con su búsqueda. Escuchó las voces de sus amigos y los vio jugando a fútbol en el otro lado de un gran claro del bosque.

 

-            -¡Hola! – gritó. Y comenzó a caminar hacia donde ellos se encontraban. De repente, algo la cogió de la espalda y la elevó del suelo. Andrea se sorprendió, pero pensó que se trataba de otra broma de Monty y Pucha hasta que los oyó gritar y vio su cara de terror. Andrea se giró para comprobar horrorizada que lo que la llevaba volando y la alejaba cada vez más de sus amigos era uno de los grandes pájaros que venían del Bosque Negro. Luchó, peleó y pataleó durante un rato, pero era inútil, no había forma de soltarse. A sus pies, sus amigos corrían intentando evitar que el pájaro llegase al precipicio, pero su desesperación les impedía avanzar más deprisa y cada vez los veía más pequeños. Cada vez, más lejos

 

    En tierra todos corrían. Los trabubus, David y Pablo lo hacían unos metros delante de las niñas y Mario reía detrás de todos pensando que era una carrera. Al darse cuenta de que el pájaro que había raptado a su hermana se dirigía al precipicio, comenzó a correr cada vez más rápido ayudado por los calcetines de Monty. Adelantó a Nuria y Ariadna, y no tardó en dar alcance a los niños y a los trabubus, sin embargo, el pájaro comenzaba a cruzar el abismo y parecía que nadie lo podría detener.

 

    -¡Suéltala! ¡E mi tata! – gritaba sin parar el pequeño. Ante el asombro de todos, Mario siguió corriendo y al llegar al borde, saltó. Todos miraban con la boca abierta como el chiquitín se elevaba y se elevaba en el aire hasta llegar a coger una pierna de su hermana y provocar que la bestia perdiese la estabilidad y el sobrepeso le hiciese bajar hasta estrellarse en algún lugar del bosque, al otro lado del precipicio.     

 

    Natalia y Ariadna lloraban. David y Adrián intentaban no hacerlo, pero las lágrimas afloraban en sus ojos. Los trabubus se miraban perplejos, sin saber muy bien que hacer.

 

    -¡¡Mirad!! ¡¡Una mariposa!! – gritó Pucha

 

    Todos levantaron la cabeza y vieron una mariposa saliendo del Bosque Negro. No era muy grande, pero era la única muestra de color al otro lado del abismo. No se sabe cómo, el Bosque Negro comenzó a cambiar de color. Sus árboles comenzaron a vestirse con llamativos colores y todas sus plantas se llenaron de bonitas flores verdes. Se escuchaban pájaros cantando y el precipicio que los separaba era cada vez más pequeño hasta que no fue más que una raya en el suelo que todos saltaron para cruzar al otro lado.

 

    Los encontraron abrazados bajo un manzano rosa. Pucha les explicó que aunque Andrea había cruzado asustada, ni ella ni Mario habían entrado al Bosque Negro con miedo, los dos sabían que si permanecían juntos ni la peor de las pesadillas les podría hacer daño: se querían demasiado. Ahora Trabubulandia volvía a ser un lugar feliz, un gran bosque en el que todo era posible si alguien realmente creía que era posible.

 

    Despertaron en sus camas todavía cansados. Estaban un poco tristes porque sabían que ese día volverían a casa, pero los papis tenían que trabajar al día siguiente, así que no podían esperar más. Cargaron las maletas y se despidieron de todos hasta el año siguiente. Al pasar junto al campo de fútbol, su madre les llamó la atención.

 

    -¡Mirad que dibujo más chulo!

 

    En la pared del campo, habían dibujado dos duendes de colores. Eran unos seres pequeños y regordetes que tenían una gran nariz y dos ojos muy chiquititos, a los lados de su cabeza surgían dos especies de trompetillas a modo de orejas y un largo rabo y dos pequeños cuernecillos completaban su curiosa apariencia. Entre ellos había un bocadillo como los de los cómics en los que se podía leer “GRACIAS POR TODO, NO NOS OLVIDEIS”.

 

    -No pienso hacerlo nunca –dijo Andrea

 

 

    Al ver el dibujo, Mario dio un salto en su sillita y comenzó a cantar, como siempre que salían de viaje. Pero esta vez Andrea le acompañó con una canción que sus padres no conocían:

 

 

    “los trabubus somos duendes de colores…

 

 

 

 

TRABUBULANDIA (III)

 


 

    Al despertar, Andrea escuchó trompetas y tambores, y el sonido de cohetes explotando le recordó que era el primer día de feria. Tras desayunar, salió a la calle dispuesta a ir al río, pero un grito de su madre la devolvió a la realidad: esa mañana tenían que ir de compras al pueblo de al lado y a visitar a unos parientes que hacía mucho que no veía. “No pasa nada –pensó- ya iré esta tarde”. Les gustaba el primer día de fiestas porque al río traían piraguas y dejaban que todos los niños e montasen y remasen por el embalse.

 

    Por la tarde, después de comer, los cinco mayores se fueron al río. Mario se había quedado dormido en el suelo, y su padre lo había llevado a la cama para que echase una buena siesta. Al llegan no había mucha cola y pudieron montarse en poco tiempo. Andrea y Nuria se subieron en la misma, mientras que David, Ariadna y Pablo, se montaban cada uno en una piragua distinta, más pequeñas que las de las dos niñas. La verdad es que sólo a Pablo se le daba un poco bien el remo. Ariadna solamente aguantaba el equilibrio para no acabar mojada; David, en su intento de seguir el ritmo de Pablo, no paraba de volcar y pasaba más tiempo en el agua que sobre la piragua. Nuria y Andrea reían sin parar cada vez que David caía al agua, pero después de llevar un rato sobre las barcas, comenzaron a remar y avanzar bastante rápido hasta que David, cansado de caerse, decidió que sería más divertido hacer que los demás también cayesen. Dejó su barca con los monitores y se dedicó a nadar, agarrarse a las piraguas de los demás y balancearlas hasta que todos cayesen al agua. Aparecía cuando menos se lo esperaban, casi siempre buceando, y todos acababan en el agua entre risas y gritos.

 

    Cuando se dieron cuenta estaba atardeciendo, recogieron sus toallas y pusieron rumbo a casa.

 

-          Esta noche me pienso montar en las colchonetas por lo menos cinco veces- comentó Pablo mientras se llenaba la boca de moras.

 

    Los colchones inflables eran la atracción favorita del grupo de amigos. Allí podían saltar y tirarse de cabeza sin miedo a que les pasara nada, aunque todos sabían que no les dejarían montarse nada más que un par de veces. Ellos se quejarían y refunfuñarían, pero como cada año, les recordarían que era el primer día de feria, que si son muy largas, que si mañana más…. Y ellos acabarían conformándose. ¡Qué remedio!

 

    Tras la cena, todos se arreglaron para la fiesta. Andrea no quiso ponerse vestido: sabía que cuando se montase en las colchonetas pasaría más tiempo cabeza abajo que en pie, y si llevaba vestido se le vería….. Bueno, que estaba más cómoda con pantalones. La noche era bastante fresca y llegaron a la feria casi a las doce, justo cuando empezaban los fuegos artificiales. En el pueblo, los fuegos artificiales eran una tradición que nadie podía perderse. No eran ninguna maravilla, pero en un lugar pequeño en el que durante el año no hay muchas distracciones, la novedad de las fiestas se recibe cono gran alegría. De todas formas hay que reconocer que todos esos chetes explotando a la vez y dando forma a multitud de figuras de colores, eran un espectáculo digno de ver.

 

    En cuanto acabaron, se escuchó a todos los niños a la vez:

 

-            ¡Colchonetas! ¡Vamos a las colchonetas! – así que dieron un corto paseo hasta la parte de la feria donde ese año las habían ubicado.

 

    Un gran dragón verde que abría la boca fue la primera parada. Los pequeños podían subir por su cola y entrar por la parte de atrás de su cabeza para después dejarse caer por su boca y rodar barriga abajo. En la base había animales más pequeños en los que subirse, parecidos a los que hay en los parques del pueblo de Andrea, ranas, caballos, vacas… que cuando tenían a alguien encima no paraban de moverse en todas direcciones hasta que lo hacían caer.

 

    Entraron nada más llegar, se quitaron los zapatos y antes de que sus padres pagaran la entrada ya se habían metido y saltaban de un lado para otro. Andrea se subió a una vaca y se intentó agarrar a los cuernos, pero el impulso fue demasiado grande y cayó por el otro lado. David y Pablo fueron directos al dragón, escalaron la cola rápidamente y desaparecieron en el interior de la cabeza. Ariadna y Nuria saltaban y se empujaban intentando tirarse al colchón. Andrea se levantó y más despacio que antes volvió a subir a la vaca. Esta vez sí que lo consiguió. Agarró los cuernos con fuerza, pero cuando llevaba un rato moviéndose se soltó de una mano para saludar a su tío David que la observaba desde fuera. Agitó la mano en el aire.

 

-         ¡Mira tete, soy un cowboy! – después de decir eso, ¡pumba! La vaca se inclinó hacia delante y la pequeña voló por encima de los cuernos para caer de cabeza al colchón. Al levantarse escuchó y grito y vio a los dos niños saltando desde la boca del dragón y rodando hacia donde ella se encontraba. Mario no paraba de reírse. Al ser el más pequeño, cada vez que alguien pisaba cerca suyo lo desequilibraba y hacía que cayera. Ahora ni si quiera intentaba levantarse, sólo reía y reía feliz viendo como sus amigos caían a su alrededor.

 

    Al salir de la colchoneta todos suplicaron a los padres que les dejaran una vez más, sólo una vez más. La respuesta fue la que esperaban: que si es el primer día, que si las ferias son muy largas, que si mañana más…. Total, que no. Dieron un paseo para ver el resto de atracciones, tomaron un helado y pusieron rumbo a casa. Por el camino Mario se quedó dormido en el carrito. Andrea lo miró, habían tenido un día tan ajetreado que no habían hablado de la noche anterior, y ahora, al ver a su hermano durmiendo, se preguntaba si realmente estaba con ellos o si ya habría viajado a Trabubulandia.

 

    Así fueron pasando las vacaciones: de día los niños jugaban en el pueblo (si la lluvia lo permitía) y las noches las pasaban explorando y jugando en la tierra de los sueños. Y así fue como llegó la última noche, al día siguiente volvían a la ciudad.