martes, 18 de octubre de 2016

LA DESPEDIDA



                Silvia estaba en la orilla de la playa pisando la arena mojada con sus pies desnudos. Nunca le habían gustado las despedidas en el muelle. Cuando conoció a Sergio y se dio cuenta que querían pasar juntos el resto de su días, pensó que se acostumbraría, pero por mucho que lo había intentado le resultaba imposible. Prefería un beso tierno después de desayunar, escucharle susurrar “te llevo conmigo” y decirle adiós desde la playa cuando su pequeño barco de pesca salía por la bocana del puerto. Cada vez que se adentraba a faenar en el océano su corazón se encogía y durante las noches que estaba sola, cerraba los ojos y sentía sus cálidos abrazos. A veces, cuando el abrazo era real, no abría los ojos por miedo a que fuese un sueño y él no estuviese a su lado. Había salido de casa hacía apenas una hora, pero mientras agitaba la mano hacia el barco que se alejaba, notaba lágrimas saladas resbalando por sus mejillas: ya lo echaba de menos.

            Desde su posición, escondida entre las afiladas rocas cercanas a los arrecifes de coral, Leucosia observaba la despedida con una sensación que viajaba de los celos a la tristeza. Había visto crecer a Sergio jugando en esa playa y desde muy pronta edad, los sentimientos que le hizo albergar le hacían diferente al resto de los mortales. Con los años el duro trabajo había  ido moldeando su hermoso cuerpo, pero sobretodo una eterna sonrisa y el cariño que mostraba hacia todo ser vivo hicieron una necesidad el verle día tras días. Le dolía que estuviese con ella, pero al mismo tiempo, se alegraba de verlo feliz. Precisamente por eso su decisión resultó tan complicada….

            Sergio dirigió su mirada a la playa en la que todavía podía vislumbrar a Silvia despidiéndole con la mirada. La echaba de menos. Acababa de salir de puerto y ya estaba echándola de menos. Su mente le decía que sólo serían cuatro días, pero una sensación de desasosiego inundaba todo su ser cada vez que la dejaba atrás. Desde que se conocieron siendo dos adolescentes supo que sería ella. Su amiga, su amante, su vida… Se concentró en mirar hacia delante. Comenzaba a soplar el viento y las gotas de lluvia que caían del cielo hacían presagiar tormenta mar adentro. Sabiendo que los arrecifes estaban cercanos, no quería sorpresas. Al acercarse le extrañó ver una melena rubia entre las rocas, y cuando quiso darse cuenta supo que era demasiado tarde: la sirena ya había comenzado a cantar…


            Leucosia entonó su canto con lágrimas en los ojos. La noche anterior había tenido una visión: una violenta tormenta acababa con la embarcación y todos sus tripulantes en la profundidad del océano. Aunque no tenía permitido alterar los tiempos de la muerte, tampoco podía permitir que su cuerpo se alejase tanto de su playa, así que decidió atraer el barco hacía las rocas antes de que el temporal los hiciese naufragar lejos de la costa. Lo mantendría entre sus brazos como tantas veces había soñado mientras las últimas burbujas de aire surgiesen de esos labios que tanto anhelaba. Al acabar la tormenta, dejaría su cuerpo cerca de la playa para que Silvia pudiera volver a despedirse de él.

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