miércoles, 10 de enero de 2018

HIPNOTIZADO



     Agradecí el aire frío envolviendo mi rostro al salir del bar. Eran poco más de las dos y media de la mañana, pero ya había sido suficiente por esa noche de sábado después de un largo día de trabajo. Abroché mi parca, me puse el gorro y encendí un cigarro justo cuando una chica con chaqueta de piel y pantalones ajustados pasaba por delante de mí. Notaba un ligero mareo provocado por la cerveza y el tequila, pero la sensación era buena y los cinco minutos de paseo hasta el hotel me vendrían bien. Llevaba tres meses trabajando en la ciudad. Era duro estar lejos de la gente querida, sobre todo de Andrea, pero económicamente compensaba y el paso adelante que había dado en el organigrama de la empresa me hacía presagiar un brillante futuro. 




     La chica de la chaqueta de cuero giró por la calle que yo tenía que tomar y al doblar la esquina mi mirada se clavó en esos pantalones ajustados.




     La verdad es que la acogida de los compañeros fue mejor de lo que esperaba. Al poco tiempo de estar allí cogimos por costumbre tomar una caña al salir de trabajar y, al llegar el sábado, cenita, tequila y dardos en ese bar que dejaba atrás entre las estrechas calles del casco antiguo. No busqué piso. El céntrico hotel cercano a la catedral en el que me hospedaba resultó más que acogedor. Buena ubicación y buen trato, de momento suficiente para pasar unos meses antes de volver a casa o decidirme a instalarme si todo funcionaba como esperaba.




Unos botines de tacón realzaban sus curvas y el paso ligero, sin duda para combatir el frío de la noche, provocaba un sensual contoneo casi hipnótico. Me recordaba a Andrea. Hacía prácticamente dos años que estábamos juntos aunque en los últimos meses apenas nos habíamos visto. Su trabajo en el restaurante le mantenía ocupada todos los domingos, por lo que no podía venir a visitarme muy a menudo. Sin embargo, la semana siguiente tendría unos días de vacaciones y el miércoles llegaría para pasarlos conmigo.



     Al llegar a una calle todavía más oscura, la chica miró hacia atrás y salió corriendo a refugiarse en un portal como si le fuese la vida en ello. Miré a mi espalda asustado. No había nadie. Observé mi entorno y comprendí que no tenía ni idea de donde me encontraba pero según mi teléfono, hacía más de veinte minutos que había salido del bar. Entre los edificios pude ver la imagen de la catedral recortándose en la noche a unas cuantas manzanas de mi ubicación. Encendí un cigarro y volví sobre mis pasos pensando en el pánico que esa mujer estaría sintiendo por culpa de mis divagaciones.

5 comentarios:

  1. Tremendo susto se ha de haber llevado, eso es seguro. Es lo que pasa cuando nos abandonamos en nuestros pensamientos. Por eso es que yo recomiendo mejor tomar un taxi a casa.

    Muy buen relato David. Saludos.

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  2. Ensimismado en sus pensamientos, lo de meter el miedo en el cuerpo no fue intencionado, menos mal, ojalá fuera siempre así... aunque en realidad si ocurriera siempre así esa chica no saldría corriendo a refugiarse en el portal. Da para reflexionar, David, enhorabuena.

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  3. Desde luego, está la cosa como para preguntar primero y escapar después. Las calles oscuras, la noche, son situaciones en las que nuestra sola presencia puede provocar un gran pánico como a esta chica. Yo tampoco le perdería el ojo al hipnotizado. Buen y agudo relato, David. Un abrazo!

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  4. Ensimismado en sus pensamientos,... y en los pantalones ajustados,... esa una forma muy común de perderse ;)

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  5. El miedo puede ser tremendo. Y ya ves, tu en tus cosas pero describe a la perfección cómo se puede sentir una mujer en ese tipo de situaciones que, por otro lado, no tiene porqué ser o acabar en algo malo. Y como Frank, es mejor un taxi, pero para los dos. En serio, me ha gustado mucho.

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