Salgo
al exterior y respiro profundamente una enorme bocanada de libertad. Necesito
esto de vez en cuando, estas breves excursiones a la montaña para escapar de la
rutina, del estrés, de esas cuatro pareces que parecen aplastarme por momentos
en el día a día.
Nunca
me gustaron ni la ciudad, ni los bloques de pisos, pero desde el momento en el
que me trasladé a su apartamento acaté las normas. Últimamente no salimos
mucho. Sí que es verdad que a pesar de ser escasos, los paseos con ella son especiales.
Después de no vernos en todo el día, el ratito que pasamos jugueteando por la
noche antes de acurrucarnos en el sofá víctimas del cansancio, me recuerda por qué
merece la pena seguir a su lado. Lo nuestro fue un flechazo (para mí, una
auténtica tabla de salvación) que nos unió desde aquel lluvioso día en el que decidió que le acompañase a su casa y que, con el
paso de los años, ha ido a más.
Escucho
la puerta detrás de mí y me giro para ver cómo se acerca. Lleva una bata sobre
el pijama y esas enormes zapatillas de invierno que utiliza para estar por
casa; el pelo revuelto, como siempre, y una humeante taza de chocolate en la
mano. Se sienta junto a mí en el escalón de la entrada y me acaricia mientras
su mirada se pierde en el valle. Me acerco a olerle el cuello y surgen esas
adorables arruguitas que adornan sus ojos cuando se le escapa una carcajada. Me
da un beso en el hocico. Definitivamente, esto es el paraíso.