miércoles, 12 de diciembre de 2018

SCAPE ROOM



     Un fin de semana en aquella casa de montaña era lo que necesitábamos para huir de la monotonía y el cuarenta cumpleaños de Jaime resultó la excusa perfecta. Empezaríamos con un Scape Room y a partir de ahí, tendríamos dos días para disfrutar de la piscina y la barbacoa, ver los partidos por televisión, beber cerveza y hablar y hablar… en fin, ponernos al día después de tanto tiempo sin coincidir.


     El hombre que nos recibió parecía ir vestido de carnicero. Nos condujo hacia una portezuela lateral y cobró a Sebas el importe acordado antes de hacernos entrar y cerrar tras nosotros.


     La pequeña habitación apenas tenía mobiliario: un armario, una mesa con dos cajones y un par de cuadros. Sobre la puerta de salida, un reloj luminoso descontaba minutos. Empezamos a buscar pistas pero no avanzábamos. A Jaime parecía no convencerle el juego, vino todo el camino pensando en la piscina y no veía el momento de salir de allí y tumbarse al sol con una botella helada en la mano.




Faltando dos minutos se escuchó una voz: “Si no conseguís salir tendréis que dejar atrás a un compañero.” Jaime no dudó en ofrecerse voluntario. Se quedó en la habitación mientras entrabamos en una estancia parecida a un matadero. Sobre otra puerta, un reloj igual al anterior comenzaba la cuenta atrás.


     Buscamos pistas entre piezas de carne colgadas, mesas de acero y congeladores industriales. Faltando cinco minutos, a través de un panel oculto en la pared, entró una figura con máscara. Vestía un delantal manchado de sangre y blandía una motosierra apagada. Una cadena limitaba su movilidad, pero a medida que pasaban los minutos, la cadena se hacía más larga. Justo cuando el tiempo llegaba a su fin encontramos lo que podía ser la combinación para abrir la puerta marcada a fuego en un costillar. Escuchamos rugir un motor mientras tecleábamos y justo en el momento en que Daniel y yo cruzábamos el umbral, alguien tiró de Sebas hacia atrás y cerró de un portazo. Oímos gritos y un líquido rojo y viscoso se coló por debajo de la puerta.


     La nueva sala era un pasillo con una de las paredes de cristal y un teclado con el enunciado “Una cifra del uno al nueve y seréis libres” junto a la que tenía que ser la salida. El juego dejó de tener gracia cuando al pulsar el cinco se encendió una luz tras el cristal. Vimos a Jaime, con la camisa rota y la cabeza cubierta con una bolsa de tela, sentado en una silla eléctrica. Elegimos el siete. Una descarga hizo estremecer el cuerpo de nuestro amigo. Tras dos errores más, un nauseabundo olor a carne quemada lo inundaba todo.


     Pulsamos el ocho y la puerta se abrió. La cruzamos sudorosos, rezando para que todo fuera parte de un juego macabro y demasiado real.

martes, 4 de diciembre de 2018

Cuando suena la campana




     El olor a linimento inundaba el modesto vestuario del pequeño gimnasio en el que terminaba mi calentamiento. Acostumbrado como estaba a las importantes veladas llenando los mayores recintos y a los entrenos en la comodidad de mi casa, parecía haber viajado unos años atrás en el tiempo hasta le época en que empezaba a hacerme un nombre en este deporte. Apenas faltaba un mes para que pusiera en juego mi cinturón de campeón mundial de los pesos pesados cuando subí a aquel ring. Era un combate amistoso, por lo menos todo lo amistoso que puede ser un combate de boxeo, contra un joven del pueblo de mi manager que llevaba poco tiempo en la ciudad.



-   Me han dicho que es rápido y muy ágil- me había comentado mi entrenador en el vestuario- Será un rival ideal para mantener el tono muscular de cara al mes que viene. Alguien que no te exigirá demasiado pero que no caerá en el primer asalto.



     Lo primero que llamó mi atención fue su rostro. Ninguna marca, ninguna señal de golpes ni tabique deformado. No destacaba por nada, ni era alto, ni se le veía especialmente musculado, pero por lo menos me permitiría cruzar guantes con un poquito de intensidad.



     El árbitro nos llamó al centro del ring. Mientras repetía la charleta de siempre, le observé desde más cerca. No levantó los ojos del suelo. No me miró a la cara. Solo un balanceo cada vez más intenso llevando su peso de una pierna a otra y un choque de guantes antes de darme la espalda y volver a su rincón. Estaba solo. Ni entrenador, ni médico, tan solo un chico del club que le acercó una botella de agua, un taburete y una toalla. Dio unos saltitos con los pies juntos soltando brazos y, en el momento en el que sonaba la campana, armó su guardia y caminó hacia mí con paso dubitativo.



     Quizás me equivocaba y al primer golpe daría con sus huesos en la lona.



     Durante el primer asalto apenas pude tocarle. Sus movimientos de piernas y cintura eran rápidos, pero sus ataques demasiado previsibles. Estudié su defensa y me pareció que por momentos tenía tendencia a bajar la guardia un poco cuando se disponía a atacar. Esperaría al segundo asalto para cansarlo un poco más antes de aprovechar ese resquicio.




     Al volver al rincón, mi entrenador me dijo justo lo que yo tenía en mente pero me instó a que el golpe no fuera demasiado contundente con la intención de alargar el entrenamiento y así lo hice. Terminando el segundo asalto, mi puño aprovechó el error e impactó en su mentón haciéndole tambalearse.

  


     Los dos siguientes asaltos fueron de transición. Se seguía moviendo más o menos rápido pero seguía cometiendo el mismo error aunque no quise volver a castigarle por ahí. En el quinto terminaría el combate, volvería a casa y retomaría la rutina previa a la gran velada.




     Sonó la campana y me coloqué en el centro del ring. Él se acercó decidido y en el momento en el que bajo la guardia para lanzar su derecha, busqué el hueco por el que mi puño tendría que asestar el golpe definitivo a su mandíbula para terminar con su resistencia. 



     Algo cambió.



     Rectificó bloqueando mi mano y contraatacó tocándome el mentón. No me golpeó, tan solo me tocó. La cara de indiferencia que había mantenido hasta entonces había desaparecido. La extraña sonrisa que adornaba su rostro me hizo comprender que había terminado el entreno: ahora comenzaba el combate.

martes, 20 de noviembre de 2018

RENACER



     Solo escucho un pitido que se repite secuencialmente. No veo nada, mis párpados no obedecen mis órdenes, el resto del cuerpo apenas lo siento. Noto una ligera tela cubriéndome desde los pies hasta mitad del pecho y algo que entra lentamente en mí a través del brazo izquierdo. No tengo ni idea de donde estoy ni de quien soy, solo recuerdo las luces de un camión abalanzándose sobre mi pequeño utilitario, desde entonces, oscuridad, dolor de cabeza y ese pitido. Estoy cansado, me dejaré ir otro rato…




     Huele a desinfectante. Es un olor inconfundible, de esos fáciles de identificar y que tan poco me gustan: huele a hospital. El pitido sigue marcando el mismo ritmo. Imagino la máquina que lo produce y espero que el pitido no se convierta en un sonido continuo, he visto muchas series de médicos y se lo que eso significaría. Empiezo a recordar partes de mi vida pero tengo enormes lagunas. Eso es lo que menos me preocupa, aquí pocas cosas puedo hacer aparte de luchar por mantener ese pitido y hacer que mi mente trabaje y descanse.




     Escucho la puerta abrirse y cerrarse. Me noto observado durante un instante, justo lo que tardan en sonar unos pasos que se acercan lentamente hacia mí. Los reconozco. Imagino a mi padre caminando cansado, con la preocupación en su rostro recién afeitado. El olor a aftersave invade mi nariz cuando sus labios se posan en mi frente antes de darme los buenos días. Arrastra algo, supongo que alguna silla para estar más cerca de mí. No sé cada cuanto me visita, la noción del tiempo sí que está completamente perdida, pero tiene que realizar un largo trayecto si después del accidente me trasladaron al hospital más cercano. Me habla de mi madre. Dice que el fin de semana intentará dejar a mi hermano pequeño con los vecinos para escaparse un rato a verme. Me cuenta como el pequeño hace los deberes cada día y lo contento que está su profesor de guitarra con su evolución. Que mi prima ya ha fijado fecha para la boda… en Diciembre!!! ¿Cómo se le puede ocurrir casarse en diciembre? Sin saber que a mí me lo contaron hace más de un mes. Supongo que entre visita y visita no pasa mucho tiempo porque no me cuenta nada nuevo, pero el contacto de su mano con la mía me da energía para seguir luchando. Dice que los médicos son optimistas y que están seguros que despertaré pronto. Yo no estoy tan seguro; mi memoria mejora pero cada vez me noto más cansado...






     Me duele la cabeza. Pediría un calmante si me pudiera comunicar con el exterior pero, ¿realmente me puede doler la cabeza estando sedado? He revivido el accidente una y otra vez. Bajé la mirada para cambiar la emisora de radio y al volver a levantarla, los focos del camión que se abalanzaba sobre mí me deslumbraron. Después del impacto, rodé por la ladera y oscuridad. ¿Qué habrá sido del conductor del camión? Parece que me han inyectado algo, me vuelvo a hundir en la oscuridad.






     Se llama Silvia. Aparece por aquí de vez en cuando llenándolo todo de alegría con su sola presencia. No es como el resto de enfermeras. No para de hablarme y canturrear mientras hace su trabajo. ¡Cómo si yo pudiera contestarle! La verdad es que sus visitas alegran, dentro de lo posible, mi triste existencia. Cuando tiene algo de tiempo libre, o eso supongo, pasa un ratito contándome historias de sus hijos, dos gotas de agua de siete añitos que arrasan todo a su paso. Siempre termina sus visitas arropándome hasta el cuello mientras me desea que acabe de pasar un buen día.






     Noto unos labios en mi cara y una gota cae sobre mi rostro. Los sollozos de mi madre sacan del pozo a mi mente. Me acaricia la mejilla mientras los dedos de su otra mano se entrelazan con los mios. Siento su calor, su olor. Me transporto a una tarde de otoño, tumbado en el sofá de casa y con la manta hasta el cuello. Fiebre, tiritones, todo quedaba en nada cuando ella me acariciaba. Todo está bien cuando es su cariño el que me abriga.



     El pitido cambia de ritmo. Abro los ojos y le sonrío.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Atardece en las montañas



                   Aprovecho la entrada de esta semana para presentaros un proyecto de cara a fin de año. En el enlace adjunto encontraréis información sobre el proceso de financiación de un libro de relatos que, sin duda alguna, sería un buen regalo de cada a la navidades que tenemos a la vuelta de la esquina.

https://es.ulule.com/relatos-compulsivos/

                   
                     





 
               Atardece en las montañas. Sentado en el porche inspiro profundamente el aroma de la taza de café que sostengo con una mano. Doy una calada a un cigarro y expulso con fuerza el humo que se diluye en el frío aire que me rodea. Es una bonita tarde de principios de noviembre en la que las laderas se pintan de mil colores. Entre los bosque de abetos aparecen, tiñendo de rojo el verde manto, árboles repletos de castañas. Pronto estarán cubiertos de blanco. En las zonas más elevadas, las primeras nieves ya brillan bajo los últimos rayos de un sol anaranjado que comienza a ocultarse tras los picos más altos. El cielo, despejado, anuncia una bonita y gélida noche. Hice bien en bajar el ganado un par de semanas atrás, ahora que comienzan las nevadas y el hielo empieza a hacerse dueño de parte del camino, el descenso habría sido más complicado.







     Me levanto y camino despacio hacia el establo. Hace tiempo que las flores desaparecieron y solo hierba húmeda rodea el camino que me lleva hasta él. Al otro lado del cercado de madera que protege la entrada del viejo edificio, un montón de paja seca junto al pequeño abrevadero espera la compañía de alguna de las reses que aguarda en el interior. La puerta chirría al abrirse pero los animales, acostumbrados a mi presencia, siguen con lo que hacían. Alguna vaca muge a modo de saludo. Rosita está en la parte más alejada. Le acaricio la cabeza mientras abro la portezuela metálica que la mantiene encerrada. Lleva años conmigo y su salud está muy deteriorada últimamente. Después del parto del año pasado le cuesta moverse y parece que no tenga ganas de seguir con el resto del rebaño. Atravieso la puerta caminando a su lado, hablándole como siempre hice, como a un amigo fiel, a pesar de ser consciente de mi traición. Le acompaño hasta el abrevadero y le dejo bebiendo antes de ver como se dirige a la pared para intentar guarecerse ante la llegada de la noche.





     Apenas queda luz solar.





     Vuelvo al porche con una enorme sensación de culpa. Desde la primera aparición del monstruo no he encontrado otro modo de tenerlo controlado. Recuerdo aquella vez. Aquella mañana de septiembre en la que descubrí la mitad de mi ganado malherido en el prado. La sensación de impotencia ante la crueldad mostrada por esa bestia.







     Empieza a aparecer la luna. Esta noche brillará con fuerza.  Debo irme; él está cerca.





     Se me empieza a erizar la piel, mi visión se desenfoca levemente y mi olfato se agudiza. Desde aquí noto el olor a miedo de la ternera que, tranquila hasta hace un momento, empieza a removerse inquieta sabedora de que la bestia no tardará en llegar. Puedo escuchar cómo se acelera su respiración, cómo late su corazón. Una lengua áspera relame mi hocico y unos colmillos que no dejan de crecer. Lentamente me acerco a Rosita que, paralizada por el terror, fija su mirada en mis ojos sanguinolientos pidiendo clemencia.