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Me han dicho que es rápido y muy ágil- me había
comentado mi entrenador en el vestuario- Será un rival ideal para mantener el tono
muscular de cara al mes que viene. Alguien que no te exigirá demasiado pero que
no caerá en el primer asalto.
Lo primero que llamó mi atención fue su rostro. Ninguna marca, ninguna señal
de golpes ni tabique deformado. No destacaba por nada, ni era alto, ni se le
veía especialmente musculado, pero por lo menos me permitiría cruzar guantes con
un poquito de intensidad.
El
árbitro nos llamó al centro del ring. Mientras repetía la charleta de siempre,
le observé desde más cerca. No levantó los ojos del suelo. No me miró a la
cara. Solo un balanceo cada vez más intenso llevando su peso de una pierna a
otra y un choque de guantes antes de darme la espalda y volver a su rincón.
Estaba solo. Ni entrenador, ni médico, tan solo un chico del club que le acercó
una botella de agua, un taburete y una toalla. Dio unos saltitos con los pies
juntos soltando brazos y, en el momento en el que sonaba la campana, armó su
guardia y caminó hacia mí con paso dubitativo.
Quizás
me equivocaba y al primer golpe daría con sus huesos en la lona.
Durante
el primer asalto apenas pude tocarle. Sus movimientos de piernas y cintura eran
rápidos, pero sus ataques demasiado previsibles. Estudié su defensa y me pareció
que por momentos tenía tendencia a bajar la guardia un poco cuando se disponía
a atacar. Esperaría al segundo asalto para cansarlo un poco más antes de
aprovechar ese resquicio.
Al
volver al rincón, mi entrenador me dijo justo lo que yo tenía en mente pero me
instó a que el golpe no fuera demasiado contundente con la intención de alargar
el entrenamiento y así lo hice. Terminando el segundo asalto, mi puño aprovechó
el error e impactó en su mentón haciéndole tambalearse.
Los
dos siguientes asaltos fueron de transición. Se seguía moviendo más o menos
rápido pero seguía cometiendo el mismo error aunque no quise volver a
castigarle por ahí. En el quinto terminaría el combate, volvería a casa y
retomaría la rutina previa a la gran velada.

Algo
cambió.
Rectificó
bloqueando mi mano y contraatacó tocándome el mentón. No me golpeó, tan solo me
tocó. La cara de indiferencia que había mantenido hasta entonces había
desaparecido. La extraña sonrisa que adornaba su rostro me hizo comprender que
había terminado el entreno: ahora comenzaba el combate.
Suena la campana y la moneda gira, te colocas justo sobre la cuerda y las decisiones que tomes y la manera en que enfrentes cada golpe definirán el final... el presente sucediendo.
ResponderEliminarBuen relato David, lo disfruté.
Abrazos :)
Esas situaciones que te encuentras a diario y que a veces son incontrolables!
EliminarGracias Diana
Lo ha engañado muy bien, relajando sus defensas y haciendo que se confíe y eso también se puede extrapolar a muchas situaciones en las que uno se confía y acaba siendo sorprendido.
ResponderEliminarNo me gusta el boxeo pero me ha parecido que recreabas bien el ambiente del ring y de los combates.
Un beso
Tampoco es de mis deportes favoritos, pero es algo que puede sucedernos en cualquier otro campo. No se debe subestimar a nadie ni dar las cosas por hechas.
EliminarPetonets!
Ese final es la luz que extrae todo un catálogo de tonalidades al relato.
ResponderEliminarGracias!! ;)
EliminarMuy bueno el relato y el giro final. "Se acabó revolotear como una mariposa, ahora toca aguijonear como una abeja", como decía Muhammad Alí. Curioso, no me gusta el boxeo pero sí leer sus relatos o ver películas como "Fat City", mi preferida.
ResponderEliminarSaludos!
Tampoco soy un fan del boxeo, pero según a que nivel, tiene un grado de superación que llama mi atención.
EliminarUn abrazo y bienvenido a mi embarcadero.
Creo que los campeones tienden a infravalorar a sus contrincantes,... y este joven parece que lo hizo. Estupendo relato David!
ResponderEliminarYo creo que el momento en el que infravaloras al rival es justo en el que empiezas a perder.
EliminarGracias por la visita!