Habíamos salido demasiado tarde de casa como para poder hacer
la cima con calma. No es que nos hubiéramos dormido, el problema (bendito
problema) fue que el beso de buenos días y la ducha para activarnos, nos
activaron más de lo estrictamente necesario, provocando que todo se retrasase y
termináramos el ascenso después de lo esperado. Tras unos minutos recuperando
el aliento y admirando el paisaje, en los que apenas conseguí separar mi vista
de ti, comenzamos el descenso.
La parte superior de la montaña carecía de vegetación. No era
una zona especialmente escarpada, se podía subir caminando siempre que el
estado de forma en el estuvieras fuera medio aceptable, pero los árboles del
Pirineo decidieron no crecer a partir de cierta altitud. Nosotros estábamos por
encima de esa altitud, sin nada que nos protegiera del Sol o del viento hasta
que comenzamos el descenso. Apretamos el paso entre rocas y piedra suelta hasta
que, poco a poco, fueron dejando paso a los pequeños arbustos que precedían al
bosque de pinos. Un pequeño sendero nacía a nuestra izquierda adentrándose en
la primera arboleda que alcanzamos.
-¿Vamos a ver que hay por ahí?
-Árboles, que va a haber en un bosque –dije consciente de que
la decisión ya estaba tomada- ¿No vamos justos de tiempo?
O no me escuchaste o directamente me ignoraste (apuesto por
la segunda opción). Así que no tuve más remedio que acompañarte. El camino era
agradable, mucho más agradecido que la bajada entre piedras que tanto estaba
castigando mis rodillas. Se escuchó un ruido en la ladera, algo más abajo, y
nos giramos con el tiempo justo de ver un rebeco perderse entre la maleza.
-¡Joder que susto!
-Que fácilmente os asustáis los de ciudad –te reíste mientras
me dabas un suave beso en los labios.
Al mirar por encima de tus hombros, algo en mitad del camino
llamó mi atención unos metros más allá de nuestra posición.
-¿Qué es eso?
Nos acercamos al lugar en el que el cuerpo de una vaca, o lo
que quedaba de él, yacía inerte. Allí, uno de los lados del sendero era una
pared rocosa, de unos cuatro metros de altura. Parecía que el animal se había
precipitado para tener un mal aterrizaje, pero no era eso lo que llamó nuestra
atención. Faltaba una parte importante de su cuerpo. El esqueleto estaba
completo, pero parecía que unas potentes mandíbulas, de distintos tamaños se
habían ensañado con ella.
-¿Lobos?
-¿En el Pirineo? Aquí no hay de eso. No sé lo que habrá sido,
pero parece grande. Tal vez un oso, aunque no suelen aventurarse tan al este ni
cazar en equipo. Mira, tiene una pata
rota. La acorralarían arriba y una vez cayó vivieron a darse el festín. Vamos a
seguir un poco más.
No era algo que me apeteciera, pero sabía qué llegados a ese
punto, llevarte la contraria era un absurdo. El camino se fue estrechando a
medida que avanzábamos y las ramas de los árboles, más altos que los que
rodeaban la cumbre, se entrelazaban sobre nosotros negando la entrada a los
rayos de Sol. No soplaba viento, no cantaban pájaros, no se escuchaba nada
excepto el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies. Por un momento, me
sentí observado.
-Deberíamos regresar si no queremos que se nos haga de noche
antes de llegar al coche…
-Solo un poco más, giramos esta curva y…
No hizo falta que dijeras nada más. Al sobrepasar la curva,
el bosque se cerraba sobre el sendero haciéndolo impracticable incluso para
alguien tan testarudo como tú.
-Ves. Tenemos que darnos la vuelta.
Clavaste tus ojos en mí y comprendí tu mirada. Era esa mirada
que me nublaba la mente. La misma que nos había hecho salir tarde esa mañana
cuando me la lanzaste justo antes de quitarte la camiseta con la que dormías
para entrar en la ducha conmigo. Seguía sintiéndome observado, pero ahora tenía
la sensación de que en aquel bosque había más de un depredador, aunque yo fuese
la única presa. Te acercaste hasta pegarte a mi cuerpo. Tus labios olieron mi
oreja mientras tu lengua rozaba mi cuello.
-Estás saladito, Serrano.
-Será mejor que volvamos o la noche nos pillará bajando –dije
pensando en que la noche era lo mejor que nos podía pillar.
-Sí, mejor, que esta loba no quiere compartir a su presa- lo
soltaste tal cual, riendo y dándome un cachete en el culo.
Me temblaban las piernas al reanudar el descenso, pero
todavía no sé si por el cansancio, por lo que dejábamos atrás o por lo que
sabía que me esperaba al llegar a casa.






