miércoles, 3 de febrero de 2021

El mensaje del asesino

 

    "Dígale, agente, que no tuve más remedio que matarle”. La última frase que me dijo retumba en mi cabeza mientras recorro el largo pasillo. Había sido un caso extraño desde el principio y el final no podía ser diferente.

             

    Cruzo la puerta que da al enorme jardín, un auténtico paraíso, seguro que aquí no resulta difícil olvidarse de los problemas pasados. En una zona de frutales  destaca su melena rubia. Se le ve tranquila, serena, casi feliz…

 

    Camino hacia ella inseguro. Dudo que esto tenga algún sentido, pero siento la necesidad de trasmitirle su mensaje, las últimas palabras que escuché antes de que aquel disparo acabase con mi vida.

 


 

martes, 19 de enero de 2021

¿Dónde estás?

 

     Se me hace raro no saber dónde está. Lo he intentado, pero no concibo mi vida sin él. Lo peor es no saber por qué me ha abandonado, ni si piensa volver. Pensar que le haya podido pasar algo malo y esté solo y perdido a saber dónde me hace sufrir, pero pensar que pueda haberme cambiado por otra pareja es algo que no puedo soportar.

 

 

     Mi primer recuerdo es del viaje desde China. Un trayecto largo… ¡menos mal que enseguida congeniamos! Y desde aquel momento, inseparables, para lo bueno y para lo malo. Disfrutamos y sufrimos juntos aquel largo viaje a pie por el norte de España, pasando por albergues de los que salíamos casi peor de lo que entrábamos, pero no había tiempo para quejarse ni pensarlo. Teníamos claro que merecía la pena el sufrimiento, que pisábamos lugares preciosos y que la recompensa, tarde o temprano, sería un baño de espuma y agua caliente que nos haría disfrutar aún más si cabe de aquel esfuerzo.

 

 

     La carreras juntos bajo la lluvia, las noches de invierno enredados en la oscuridad… tal vez durante esas confesiones comenzó a surgir alguna duda. Sé que le molestaba que yo prefiriese la izquierda, aunque jamás me lo reprochó, igual que yo no le eché en cara que el fuese más de derechas. Al fin y al cabo, lo que nos unía era mucho más profundo, era algo que no se podía romper por una tontería como esa, aunque ahora tengo mis dudas…

 

 

     Desapareció hace dos semanas y sé que es cuestión de tiempo que otro aparezca por aquí y se convierta en mi nueva pareja. No será como él, ni como yo, simplemente será como otro de los calcetines de los que parece alimentarse la maldita lavadora.

martes, 15 de diciembre de 2020

LA REINA NEGRA

 

 

     El cansancio comenzaba a vencerme cuando encendí mi enésima pipa del día. Había escuchado hablar de sus robos en Italia primero y en Francia después, siempre en grandes museos, siempre piezas famosas sobre las que había vigilancia especial, siempre haciendo que se esfumasen durante la noche y dejando en su lugar una pieza de ajedrez. La Reina Negra, así era como firmaba sus fechorías y como los tabloides londinenses bautizaron a mi nuevo adversario.

 

             



 

     Miré todo aquello desde la distancia, con cierta curiosidad profesional, hasta que Scotland Yard se puso en contacto conmigo. Había desaparecido una figura de cristal de Buckingham Palace. No era una pieza de gran valor, un regalo de un duque bávaro a nuestra reina. En otras circunstancias no habrían necesitado de mis servicios, habrían investigado a los empleados de palacio hasta encontrar al culpable, pero el hecho de encontrar esa maldita pieza de ajedrez en su lugar hizo encender todas las alarmas.

 

     El palacio de la reina no era de los lugares más inaccesibles de Inglaterra. Los guardias de las puertas y los que patrullaban cada cierto tiempo el interior, eran suficientemente disuasorios para los ladrones habituales. La investigación se prolongó durante todo día. Hablé con el servicio, con los guardias, incluso con algún miembro de la familia real y no fui capaz de encontrar ni una sola pista. Al salir, me pareció ver una figura oculta observándome entre las sombras del anochecer que se alargaban antes de que la niebla hiciera acto de presencia engullendo todo con su húmeda capa.

 

     Di otra calada a mi pipa, repasé todas las declaraciones en busca de una pista, releí los informes recibidos de la policía del resto de Europa y me quedé dormido sobre un montón de recortes de periódico.

 

     Apareció en mis sueños como una sombra oscura en la que solo destacaba una corona dorada. Estaba apenas a una decena de metros de nosotros, dándonos la espalda y caminando hacia la niebla mientras reía. El doctor y yo comenzamos a correr en su dirección pero por más que corríamos no lográbamos acercarnos a ella. Me quedé solo, intentando darle alcance mientras seguía riendo. Desaparecieron el doctor, la niebla y Londres, dejándonos a los dos solos sobre un inmenso tablero de ajedrez. Cada vez que parecía que la tenía acorralada, levitaba y se colocaba a mi espalda con una sonora carcajada. No sé cuánto duró, pero justo en el momento en que comenzaba a girarse, unos golpes en la puerta me trajeron de nuevo a la realidad.

 

     Durante el trayecto Watson no paraba de repetir que era una locura, que tenía que haber algún error en la notificación, que seguro que el mensajero se había confundido. No entró en detalles, tan solo me condujo hasta el British Museum, inusualmente acordonado por los cuerpos policiales.

 

     El inspector Johnson nos esperaba a los pies de la escalera y nos acompañó por las galerías mientras nos explicaba lo sucedido: museo cerrado, ronda de vigilante cada media hora, a las seis de la mañana todo correcto pero a las seis y media… Conocía bien el museo. Sabía que en el centro de la gran sala en la que acabábamos de entrar se encontraba la Piedra Rosetta, pero no estaba allí. El lugar que solía ocupar la pesada roca rosada que contiene los secretos del antiguo Egipto se podían observar dos objetos mucho más pequeños. No me sorprendió ver una reina negra, me sorprendió apreciar la corona dorada que adornaba su cabeza y que a su lado descansara una pipa, la misma que había utilizado antes de irme a dormir y que creía haber olvidado sobre la mesa de mi despacho tras mi precipitado despertar.

 

lunes, 7 de diciembre de 2020

Donde la luna no llega II

 Si quieres conocer el inicio de este relato solo tienes que pinchar Aquí


 

 

     La linterna rodó por el suelo al tiempo que mis rodillas se doblaban hasta contactar con la tierra. Ahora no había silencio. De cada rincón de aquel maldito bosque (o bosque maldito, para ser más exacto) parecían surgir ruidos de pisadas, ramas crujiendo o risas rasgando el aire. Me sentía observado, señalado, como si mi entorno cobrara vida y yo fuese el objetivo de un escarnio merecido por el mero hecho de adentrarme sin permiso y romper la tranquilidad que minutos antes reinaba.

 

 

     Gateé, buscando la linterna al principio, pero a media que notaba como me intentaban sujetar, lo hice más rápido con intención de huir. Tuve la sensación de que unas garras sujetaban mis tobillos y la certeza de que algo tiraba de la mochila que llevaba a la espalda. Me deshice de ella y, levantándome a la mayor velocidad que pude, intenté huir hacia lo que intuía como el sendero de vuelta a pesar de estar completamente desorientado. La mano que apresaba mi tobillo no cedió y volví a caer mientras un golpe en la cabeza abortaba mi intento de escapada. El bosque entero parecía continuar riendo mientras me desplomaba sobre el suelo húmedo y perdía el conocimiento.

 


 

 

      Despierto con el canto de los pájaros que anidan sobre mí. No sé cuánto tiempo ha pasado pero el Sol de la mañana, a pesar de llenar de luz el bosque, no ha avanzado demasiado en su paseo diario. Mi cabeza, que parece haber pasado un tiempo sobre una roca manchada de rojo, me recuerda mediante fuertes palpitaciones el tremendo golpe que ha provocado que parte de mi rostro esté decorado con sangre seca. Al intentar volver a ponerme en pie, parte de una hiedra cercana enredada en mi tobillo me vuelve a jugar una mala pasada y punto estoy de volver a caer. Mi mochila, con su enorme concha de peregrino enganchada en la parte superior, me observa burlona desde el otro lado del camino.

 

      Todavía aturdido, recupero mi equipaje, me lavo la cara con agua de la cantimplora y me decido a proseguir mi peregrinaje dubitativo, convencido de que las risas que había escuchado hace unas horas no habían sido una alucinación.

 

      Tardé tres días en darme cuenta que la cruz de Santiago que suele ir pintada en las conchas de peregrino aparecía invertida en la que adornaba mi mochila.

 

 

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

Donde la Luna no llega

 

     No entiendo por qué sigo haciendo esto. Vale que me gusta caminar solo; vale que el Camino de Santiago es un buen lugar para perderse y meditar pero ¿por qué comienzo las etapas tan temprano? Todavía es noche cerrada y a pesar de que falta más de una hora para que empiece a clarear, hace rato que camino. Por la ciudad no me preocupa, pero estoy parado a la entrada de un bosque en el que la luz que estaba enviando la Luna hasta hace un momento no se atreve a entrar.

 


 

 

     Saco mi pequeña linterna y la enciendo.

 

−Linterna pequeña –me aconsejaron mis amigos.− Si es muy grande pesará demasiado y la mochila tiene que ser ligera. Además, seguro que no la utilizas.

 

     ¡Por qué les haría caso! Con la linterna encendida apenas ilumino tres o cuatro metros mientras me adentro, balanceando el haz de luz de un lado a otro, intentando localizar la ansiada flecha amarilla que me indique que camino en la dirección adecuada. La veo pintada en una roca medio cubierta de musgo, parece que voy bien. Lo que fuera del bosque parecía una suave brisa provoca mil sonidos. Las ramas crujen en los árboles, las hojas secas bajo mis pies y las sombras bailan entorno a mí al son que marca la luz que me guía.

 

     De repente todo cambia: un silencio sepulcral me rodea hasta que, justo cuando mi linterna se apaga, una risa estridente retumba en el bosque helándome la sangre.

 

    Continuará.