martes, 20 de agosto de 2019

AL OTRO LADO DE LA PUERTA



     Antes de abrir la puerta respiré profundamente y recordé sus últimas palabras.





-¿Qué te vas? Por mí como si te pudres en la puta calle, pero no tardarás ni una semana en volver suplicando que te perdone. Tu vida es una mierda. Sin mí no eres nadie, no eres nada, solo otra zorra que no tiene derecho ni a consumir el aire que respira. Recuérdalo. En menos de siete días estarás ante esa puerta implorando volver a mi lado, a tu lugar, ocupándote de que tu hombre, yo, sea feliz y cuidando de que todo sea de mi agrado. Porque al fin y al cabo, es para lo único que sirves.





     Habían pasado seis días y me encontraba ante la misma puerta. Me lo imaginé al otro lado, con la casa hecha una pocilga y apestando a cerveza. La sonrisa de autosuficiencia que se debía dibujar en su rostro al escuchar la llave en la cerradura, me hizo comprender que parte de aquel discurso era cierto.





     Mi vida era una mierda.





     Dejé las llaves colgando y giré en busca de mi nueva vida mientras la sonrisa cambiaba de cara con el repicar de mis tacones alejándose de aquel infierno.


lunes, 15 de julio de 2019

Tercer aniversario (y parece que fue ayer...)




     Me cuesta creer que siga aquí. Hace tres años me lancé a este mundillo sin tener ni idea de cómo funcionaba pero con dos objetivos en mente. Uno (cumplido, todo hay que decirlo) me lo guardo para mí, el otro era retomar una afición que había abandonado durante demasiados años, incluso terminar algún proyecto literario que tenía a medias. El proyecto sigue a medias, pero el gusanillo de las letras todavía me acompaña.






     He “conocido” a gente muy especial gracias a retomar la escritura. Gente que desde el otro lado de la red aconseja, anima, critica y contagia una pasión por lo que hace de la que es imposible escapar. No nos engañemos, no sé si es imposible, no lo he intentado y no pienso hacerlo. Gracias a vosotros alguna de mis historias saltó al papel durante este año y otras lo harán en un futuro próximo.







     Tres años, 150 publicaciones, más de 41000 lecturas, son las cifras que podrían resumir la vida de “Bajo mi embarcadero”. Para algunos pueden ser minucias pero a mí me parecen una barbaridad y aunque sé que no corren buenos tiempos para los blogs (por desgracia la gente cada día lee menos y las redes sociales se centran cada vez más en audiovisuales) seguiré apareciendo con fuerzas renovadas de aquí a dos meses.






     Solo me queda daros las gracias. A los que estáis desde el principio y a los que llegasteis después; a los que me conocéis en persona y a los que solo conocéis mis letras; a los que me visitáis cada semana y a los que lo hacéis esporádicamente. A cada demente, fantasma, músico, astronauta o unicornio que consigue darme la chispa necesaria para coger un bolígrafo y garabatear sobre el papel frases que con el tiempo acaban teniendo sentido.







     Antes de irme de vacaciones, os quiero dejar los dos primeros relatos que compartí en la red. No son las primeras publicaciones (tengo por ahí una larga historia inacabada) pero sí son especiales por lo que significan.












     Gracias por estar aquí (ahí). Nos leemos en septiembre.







martes, 9 de julio de 2019

Diminuto planeta azul



     No paraba de sudar. Esperaba que el tranquilizante que le habían pinchado no tardara en hacer efecto pero, mientras tanto, temblaba en una esquina del vestuario con el traje a medio poner. El estómago no paraba de jugársela y corrió hacia el lavabo para vomitar por quinta vez.




 

     Intentó controlar su respiración mientras las náuseas parecían remitir. Nunca llegó a pensar que el miedo podría atenazarle en un momento como este. Pasó toda su infancia escuchando a su abuelo historias sobre sus viajes espaciales y la idea de ver la Tierra desde fuera de la atmósfera era lo que le había empujado a superar todas las pruebas hasta llegar al día D.






     Terminó de vestirse lentamente, parecía que la medicación surgía efecto y por fin podía controlar sus nervios. Atrás quedaban los entrenamientos en gravedad cero y los simulacros que incluso le hacían disfrutar al tener la certeza de que lo único parecido a un despegue eran las sensaciones. La seguridad de saber que la maqueta en la que hacían las pruebas no se elevaría nunca aceleró sus pulsaciones más de lo normal.




Hoy todo era distinto.




     Por primera vez, una “explosión controlada” a escasos metros de su espada lanzaría al transbordador hacia el espacio exterior (esa expresión siempre le había hecho gracia). Los expertos decían que no era peligroso, que todo estaba controlado, pero el culo que descansaba sobre los reactores que impulsarían la nave no era el de ninguno de esos valientes.






     Ocupó su lugar sin hablar con nadie. Sus dos compañeros tenían cosas que hacer durante el despegue, pero su trabajo comenzaría cuando la nave comenzase a orbitar entorno a nuestro planeta.






-Es una imagen imposible de olvidar- le repetía su abuelo una y otra vez- Una preciosa esfera verde, azul y blanca. Nadie que no lo supiera podría imaginar la vida que guarda en su interior.






     Se repetía esas conversaciones una y otra vez a medida que el ruido iba creciendo. Fueron esas historias y el brillo en los ojos del viejo al contarlas, las que le animaron a forjar su camino. Volvió a sudar, incluso se le empañaron los ojos al pensar lo orgulloso que su abuelo estaría de él. Se aferró a su asiento y al terminar la cuenta atrás, la fuerza centrífuga hizo que agarrarse no fuera necesario. Intentó aislarse concentrándose en el recuerdo de aquellas charlas mientras se elevaba cada vez a mayor velocidad.






     Todo fue más rápido de lo que esperaba y antes de darse cuenta, la nave se movía suavemente, completamente estabilizada. Notó como su cuerpo seguía pegado al asiento tan solo porque los cinturones le sujetaban. Se soltó y, ansioso, flotó hacía una de las ventanas. Una bola gris y marrón ocupaba el lugar donde debería estar nuestro diminuto planeta azul.
 





     Bajó la mirada y rompió a llorar.

 




viernes, 5 de julio de 2019

Every breath you take




     Enciendo un cigarrillo y le doy un par de largas caladas tras detener el motor. Suena “The Police”. Me encanta esa canción. No sé qué tiene, pero desde la primera vez que te vi me imagino bailando contigo  mientras suena. El reloj marca las 22.45 así que, si sigues con tus rutinas, no tardarás en subir. Se extingue la única luz que había encendida en la planta baja y al momento tu cuarto se ilumina.





     Estás ahí, apenas a veinte metros de donde me encuentro. Me pregunto una y otra vez por qué no me atrevo a decirte nada, por qué no reúno el valor suficiente para plantarme ante ti y decirte: “Hola, estoy aquí. Quiero hacerte feliz durante toda tu vida.” Pero dudo que alguna vez sea capaz de hacerlo.



     Puedo apreciar tu silueta tras la cortina. Hoy el sueño te atrapará antes, los martes y los jueves haces pilates y el cansancio te impide leer antes de dormir como sueles hacer el resto de días. Estabas preciosa cuando me crucé contigo en el gimnasio, con la licra marcando tus curvas y sonrojada por el esfuerzo del trabajo bien hecho. Apenas te he mirado un momento. Ahora me imagino a tu lado, comentando como te ha ido el día y acariciando la cabeza que reposa sobre mi hombro mientras nos quedamos dormidos.



     Sigue sonando la misma canción cuando apagas la luz. Tengo la impresión de que te acercas a la ventana amparada en la oscuridad, como si quisieras despedirte de mí. Me parece ver tu dulce mirada tras el cristal a pesar de que sé que ya debes estar en la cama.


-¡Que descanses mi amor! – arranco, enciendo las luces y me pierdo en la noche.




*********


     Temblando tras la cortina observo como ese coche desconocido que había aparcado frente a mi casa se aleja, como cada noche, al apagar la luz de mi dormitorio…







jueves, 30 de mayo de 2019

Lo que la piedra esconde




Había conseguido llevar la enorme roca a su taller con la ayuda de dos amigos y un gran esfuerzo. La miraba embelesado desde todos los ángulos posibles, sabedor de que escondía algo en su interior, pero sin estar seguro de lo que era. Hacía años que le pasaba lo mismo. Desde entonces intentaba luchar contra lo que parecía un absurdo ritual, pero una y otra vez terminaba sucumbiendo. Rodeó el enorme bloque de piedra respirando profundamente y levantando la cabeza. No tenía marcas ni fisuras, no tenía ninguna forma que le insinuase por donde comenzar ni ningún color o marca que le inspirase. Se acercó a olerla. Nada. Decidió coger el martillo y la escarpa para intentar que las herramientas que debían darle la forma definitiva le mostrasen el camino a seguir, pero después de un rato parado, comprendió que lo más sensato sería esperar dos días y que la visita de su musa le llevase a esa situación en la que de forma automática comenzaba a picar piedra sin pensar por donde iba ni lo que hacía. Solo su breve presencia le inducía a aquel estado de éxtasis que le hacía trabajar hasta que la obra quedaba casi terminada. Después, pulía cada centímetro cuadrado como si fuese el que la gente más iba a admirar, pero la idea, la escultura en si, surgía cuando su hija correteaba alrededor de la piedra.





Lo dejó todo preparado para comenzar en cuanto Clara se marchase. No la pasarían por el taller hasta el último momento. Alguna vez había cometido el error de entrar allí con ella al poco de llegar y había comenzado a esculpir de forma compulsiva hasta perder el fin de semana sin disfrutar de su compañía. No se lo podía permitir. Las visitas desde que se trasladó a la montaña eran cada vez más cortas y quería vivirlas con toda la intensidad que aquel pequeño ángel se merecía.





Se escuchó el motor de un automóvil aproximándose y los ladridos de Choclo le hicieron salir a recibirla. Tenía los rizos rubios de su madre. La verdad es que, por suerte para ella, tenía toda la cara de su madre, pero era inquieta y risueña como él. Corrió y saltó a su cuello rompiendo a reír cuando la empezó a hacer girar en el aire para disgusto del abuelo materno, que esperaba con la pequeña maleta junto al coche.





Pasaron así toda la semana. Entre risas, películas de dibujos y paseos por la montaña que solían acabar con un baño en el río al que Choclo siempre se sumaba. Al caer la noche, rendida por todo lo vivido, se dormía en el sofá mientras Dori seguía buscando a Nemo en la pantalla. La llevaba en brazos a su cuarto y, tras arroparla, se sentaba a observar su cara iluminada por la escasa luz que la Luna hacía llegar a través de la ventana entreabierta.





La tarde que su abuelo venía a buscarla, dejaron la maleta en el porche y, poco antes de la hora acordada, entraron en el taller. Clara correteó de un lado a otro admirando las figuras terminadas que adornaban las cuatro esquinas. Cuando sonó el claxon, dio un enorme abrazo a su padre a modo de despedida y antes de salir, tocó el bloque de piedra deforme que esperaba en el centro de la sala.




Ese simple gesto fue suficiente para él.



Cincel y martillo en mano, comenzó a golpear y a liberar la escultura de los trozos que la mantenían oculta. Cascotes grandes al principio pero cada vez más pequeños después fueron cubriendo el suelo. No sabía cuánto tiempo llevaba picando sin descanso cuando le pareció adivinar la cara de un niño, pero siguió sin pararse a pensar. Exhausto, se sorprendió dando forma a un ángel con la cara del suyo. Sus piernas colgaban, pero no volaba, reposaba sobre algo parecido a una rama.





     Y siguió picando, y cambió de cincel y descubrió que no era una rama, sino el travesero de una cruz. Pocas veces había hecho figuras religiosas, pero siguió sin pensar en ello y se dedicó a perfilar los detalles. Se centró en los tirabuzones, las arrugas de su sonrisa, las plumas de unas alas que parecían dispuestas a batir en cualquier momento. Bajó a los pies descalzos y, sin darse cuenta, se sorprendió grabando su propio nombre en la base. No solía firmar así sus obras. ¿Por qué seguía grabando la piedra? Su rostro se torció al ver la fecha de su nacimiento bajo su nombre y justo al lado, otra demasiado cercana.