miércoles, 13 de noviembre de 2019

UNA DIGESTIÓN PESADA









     − ¿Te pasa algo? No tienes buena cara…




    − No me encuentro muy bien. He elegido mal la comida de hoy y me siento pesado. La verdad es que tenía buena pinta y estaba a la temperatura que me gusta, pero cuando he empezado a saborear la he notado demasiado grasienta. Toda esa apariencia saludable se ha ido al traste con el primer sorbo.



    − Ostia, que mala suerte. ¿Mucha cantidad?




    − ¡Qué va! Si no era muy grande, ya te digo que parecía del tamaño adecuado, pero me ha caído en el estómago a plomo. No pinta bien, no le auguro un futuro muy halagüeño.




    − Pues  yo lo he clavado. Tal vez no aparentaba ser muy apetecible, pero era de la mejor calidad. Además, tenía ese puntito de dulzor que aunque esté por encima de lo recomendable, te da el subidón necesario para cargar pilas y salir volando.




    − ¡Bicho malo afortunado! En este país de frituras y carne roja lo normal es encontrar alguien con colesterol no un 0+… ¡y encima con hipergleucemia!




    − Lo sé, hoy he tenido muuuuucha suerte. Voy a completar el buen día haciendo la digestión durante una siestecita a la sombra, junto al estanque del jardín. ¡Me voy zumbando!




domingo, 3 de noviembre de 2019

FELIZ NAVIDAD, OLGA



   «Esta noche es Nochebuena», suena en la radio en una sucesión de villancicos.

    «Ya lo sé», piensa Olga, un ama de casa ya entrada en años. «Por algo estoy trabajando a destajo», continúa con esos pensamientos mientras monda, pica, ralla, empana y echa a la olla el pulpo. «Navidades eran las de antes; familia, alegrías, sorpresas y sueños, pero ahora... Tres hijos, ocho nietos y yo aquí, sola. Aparecerán esta noche para arrasar con lo que llevo todo el día cocinando y volverán a marcharse dejando la casa vacía. ¡Feliz Navidad!». Cierra la olla a presión y la coloca sobre los fogones encendidos. «Menos mal que este trasto sirve para algo. ¡Otro romántico regalito de David! Debí mandarle a paseo aquel día del carrusel».
 
    Bajo el grifo, llena un recipiente hondo. Reduce el fuego y rezonga agotada hasta la sala. Sobre la mesita del centro le aguardan un neceser y una caja de comprimidos. Se toma dos y se dispone a relajarse; es el momento de ahuyentar los problemas.
 
   De repente, percibe unos sollozos lejanos. Se queda quieta e intenta escuchar mejor; no son sollozos, sino el agua de la olla llegando al punto de ebullición. «Debe de haber sido mi imaginación», piensa, y continúa a lo suyo: relax, nada de preocupaciones y agua tibia, aunque en esa ocasión el agua parece un poco más caliente de lo habitual. No le da importancia, piensa que es complicado desconectar del todo y más con ese extraño sonido que parece volver a sonar de fondo, así que intenta aguantar hasta que su cuerpo se habitúe a la temperatura del recipiente. Le cuesta. Algo no va como tiene que ir y el ruido empieza a ser muy molesto. Tiene la sensación de que el agua cada vez quema más: los pies empiezan a escocerle, un dolor que sube por sus piernas y se traslada a todo el cuerpo…
 
     Abre los ojos sobresaltada y no identifica la estancia. Ni siquiera las paredes blancas, que adivina tras el denso vapor, le son familiares. Olga pugna por salir del hervidero en que se halla sumergida, a pesar de sus músculos aturdidos por la alta temperatura. Pero las ventosas de unos enormes tentáculos se adhieren a ella y la arrastran hacia el fondo una y otra vez, mientras el nivel del agua caliente no deja de ascender. A ese ritmo pronto se ahogará.
 
     Asustada, intenta librarse de su captor, pero a cada nuevo intento comprueba horrorizada como su piel se separa de su cuerpo dejando su carne desprotegida ante nuevos ataques que no dejan de sucederse. Trata de pedir auxilio, pero de su garganta no emana otra cosa que no sean lamentos sordos.
 
   Respira con dificultad. Tras cada nueva inmersión apenas le da tiempo a recuperar el aliento. Solloza impotente.
 
    Piensa que nada tiene sentido, que no aguantará consciente mucho más, hasta que una risotada le saca de su estupor. Un instante después, unos pasos se acercan a la pared que tiene delante. Allí una mano putrefacta escribe con pintalabios rojo: «¡Feliz navidad, Olga!»
 
     No entiende nada.

  —¿Quién eres? —grita a la aparición.

  —¿No me reconoces? —Una joven de no más de veinte años le dedica una mirada burlona consciente de que la reconocerá.

    «No puede ser», piensa Olga.

   Ha vuelto. Creía que se había librado de ella de una vez por todas, pero ahí está de nuevo: la inconfundible letra de Sonia ensuciando una pared que vira hacia un gris sucio a medida que el mensaje se transforma en sangre que resbala. Con el ruido de fondo siente como los tentáculos dejan paso a cientos de algas verdes que empiezan a subirle por las piernas, y a enredársele por el cuerpo, arrastrándola hacia un fondo cada vez más oscuro. El agua está helada. «Sonia...», piensa bajo el agua, «Todas las confidencias, todas las tardes de pipas y bancos, las notas que nos pasábamos en clase… Todo mentira. Solo me querías por interés, para acercarte a David. ¡Y todavía tuviste la desfachatez de negarlo a pesar de haberos descubierto en aquel maldito carrusel del muelle…! ¡Malditos seáis, tú y el malnacido de mi exmarido!».

   La música del viejo carrusel comienza a retumbar en su cabeza y las algas llegan a su cuello presionando sin piedad.

   Olga se recuerda cabalgando un enorme caballo de madera mientras sus padres, orgullosos, la observan felices saludándola a cada vuelta.

    El carrusel gira cada vez más rápido y la niebla comienza a disiparse. Las algas se transforman en un verde prado de hierba que su caballo mordisquea entre las carcajadas de la pequeña Olga que ríe feliz.

   Despierta sobresaltada al escuchar el pitido de la olla que suena en la cocina por encima de los villancicos. Vuelve a estar sola en casa. Sus ropas están empapadas y alrededor de sus pies, que reposan en un barreño de agua fría, unas extrañas marcas que suben por sus piernas comienzan a desaparecer. Mira las pastillas que descansan sobre la mesa.

   —Esta mierda no ha funcionado... —dice con la caja en la mano. Se levanta, regresa a la cocina y mira la olla—. Este año ha sido a través de este cacharro. No hay manera. Ella siempre encuentra la forma de volver para felicitarme las navidades a su modo.


FIN.


FIN

 
      Este relato no es solo mío. Nace de una colaboración a cuatro con Beba Pihen, José Espí y Rebeca Gonzalo, gracias al MICRORRETO ESPECIAL: RELATOS COLECTIVOS que organiza David  Rubio en su blog, El tintero de oro.


      Ha sido un placer trabajar con mis tres compañeros y, para el que los quiera conocer mejor, os dejo los enlace a sus blogs para leer todos sus relatos:


       BEBA PIHENAHORA YO DIGO
         
       JOSÉ ESPÍ: ENTRE UNAS CUATRO ESQUINAS

       REBECA GONZALO: CRÓNICAS DE LA LOCA QUE CAZABA NUBES

martes, 29 de octubre de 2019

SI LLUEVE, QUE LLUEVA




     Siempre que en nuestro clan teníamos que tomar alguna decisión importante y no sabíamos de qué forma afrontarla, acudíamos a Abuelo. Es evidente que no era el abuelo de todos, pero era a la vez el ser más longevo e inteligente que conocíamos. Recuerdo el primer día que lo vi. Paseaba con mi madre y pasamos cerca de él por casualidad. Paramos a saludarle, casi de forma reverencial. Él apenas se movió cuando fui presentado por mi madre, pero aquel gesto casi imperceptible fue suficiente para transmitirnos su alegría por conocer al recién llegado.




     La calma que le había dado el paso de los años le hacía el juez perfecto: escuchaba, analizaba y daba consejos. No eran sentencias, tan solo eran consejos que dejaban contentos a todos los solicitantes.




     Todo cambió cuando ellos llegaron. No supimos cómo reaccionar y acudimos a él esperando una solución a lo que se nos antojaba una catástrofe. Reflexionó durante largo tiempo y la resignación y el cansancio tiñeron las palabras que, como en un susurro, nos llegaron arrastradas por la brisa.




     Si llueve, que llueva…



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     Me alejo de él volando mientras veo como aquellos seres que caminan erguidos lo derriban con sus máquinas infernales mientras su frase resuena en mi cabeza. La última que nos dijo. La única con la que nunca estaré de acuerdo.