Ana
no se quejaba. Vivía en un lugar idílico, colgado en las montañas más altas de
su país. Aunque cuando era pequeña se aburría un poco ya que no tenía amigas
con las que jugar, desde que bajaba a la escuela del pueblo su vida era mucho
más amena. El camino era un poco largo, pero le gustaba aprender cosas nuevas
que sus padres no le podían enseñar. En la montaña aprendió a sumar y escribir,
aprovechando las cuentas de sus padres de lo vendido en los mercados, leche y
queso principalmente, pero fue la lectura la que le cautivó.
La
biblioteca de libros de aventuras que tenía su padre era limitada, pero muy
entretenida. Por eso, cuando llegó a la escuela, la geografía se convirtió en
una de sus asignaturas favoritas. Su profesora le demostró lo grande que era el
mundo. Le habló de lugares lejanos que jamás había escuchado y de ese mar del
que hablaban en los libros de piratas con los que había aprendido a leer.
−¿Es cómo el lago?− preguntó
inocente provocando las carcajadas de sus compañeros.
−Es mucho más. Difícil de explicar
e imposible de imaginar si nunca lo has visto. Las olas traen su rumor hasta la
orilla y es tan relajante, que quedarse allí, mirando embobada, en normal por
muchas veces que lo hayas visto.
Su
interés fue creciendo y aumentó todavía más cuando a la vuelta de las
vacaciones de verano, su profesora le pidió que se quedase después de clase. Le
había traído un regado de su viaje al sur de Italia. Le dijo que no era nada
habitual encontrar cosas así en el Mediterráneo, que era más propio de otros
mares, pero que en cuanto la vio tuvo claro que tenía que llevársela.
Era
una enorme caracola.
−Acércatela al oído. ¿Escuchas ese
murmullo? Así es como suena el mar.
La
niña se fue a casa emocionada, feliz por saber cómo sonaba aquel lugar mágico e
imaginando como sería pasear por su orilla.
Se
fue haciendo mayor. Cuando nevaba caminaba sobre la nieve pensando que
sensación de pisar la arena sería muy parecida. Se casó con un chico del
pueblo, se hicieron cargo de la granja de sus padres y enseguida comenzaron a
llegar hijos. Ella les contaba historias sobre el mar y a veces les dejaba
escuchar el murmullo de aquella caracola que reposaba sobre la cómoda de su
cuarto y que escuchaba cada noche antes de irse a dormir. Viajar les resultaba
imposible, pero seguía soñando con el día en que vería las olas movidas por el
viento acercarse a la orilla y mojarle los pies. Imaginaba que todo lo inundaba
un olor a salitre similar al que desprendían los arenques que vendían en el
mercado de los jueves.
Los
años volaban en su paraíso. Disfrutaba el día a día primero con sus hijos y
años después con sus nietos. Algunos de ellos sí salieron del pueblo y
volvieron para mostrarle fotos paseando por la orilla de la playa. Ella no podía
evitar que una lágrima se le escapara mezclada con los años que se iban sin
cumplir su sueño.
********************************
El
pequeño barco se balancea suavemente mecido por el Mediterráneo. Es un claro
día de septiembre. Solo las gaviotas gritan intentando llamar la atención, pero
todas las miradas están fijadas en el menor de los nietos de Ana que con los
ojos enrojecidos, deja caer las cenizas de su abuela para que se fundan con el
agua salada.




