miércoles, 16 de enero de 2019

Huellas en el barro





Tus pies se hunden en el barro mientras caminas. Tras de ti, un reguero de huellas debe estar marcando ese sendero que hace tiempo tenías que haber tomado. No piensas verlas, no vas a mirar atrás.









El río ha vuelto a su cauce habitual después de las tormentas que anegaron las orillas. Hace un tiempo, esta zona era preciosa pero los restos de la riada permanecen latentes por todas partes. A veces pasa. Al principio todo es idílico y de manera inconsciente, te dejas llevar. No aprecias los detalles del cambio. No ves que los patos ya no nadan ni que los pájaros que cantaban en los árboles cercanos permanecen en silencio. El contacto del agua al acariciar los márgenes no es como antes, su carácter cambia. Un día el caudal baja con más fuerza y la tarde se vuelve oscura. Las mariposas no revolotean sobre los helechos de la orilla, la tormenta se acerca y no te has dado ni cuenta. Los relámpagos preceden a los truenos. Sonidos roncos, contundentes, que hacen temblar la tierra que pisas y el cuerpo que habitas. La lluvia cae  mojándolo todo y el rio crece. Intentas autoconvencerte de que no es nada, de que pronto parará, pero cada vez tiene más fuerza. Termina por arrastrarte como si fueras una cometa rota en medio de un huracán sin que apenas te des cuenta que ese no era el camino por el que querías ir. Golpeando rocas y árboles, pierdes la noción del mundo sin entender lo que pasa.








Hasta que amaina la tormenta. Los truenos suenan más lejanos aunque siguen retumbando en tu cabeza mientras vislumbras un pequeño rayo de Sol. A pesar de que su luz al principio parece cegar y caminas desorientado, sabes que tienes que hacerlo. Y no olvidas, no perdonas, pero miras al frente. Encuentras algunos apoyos firmes que te ayudan a salir del barro. Despacio, pero sales. Lleno de cicatrices y magulladuras, con fuerzas renovadas avanzas hasta llegar a la vereda que se aleja del río. Cada vez más liviano sigues la nueva senda sin mirar atrás.


lunes, 7 de enero de 2019

El aleteo de una mariposa




     Alba no era más que una cría que jugaba en el jardín de sus abuelos. Apenas tenía cuatro años y disfrutaba moviéndose entre las flores, canturreando y descubriendo insectos aquí y allá. Aquel día una bonita mariposa había llamado su atención desde el inicio. Tenía las alas más coloridas que jamás había visto y una predilección especial por las margaritas que su madre había plantado semanas atrás. Su abuelo Antonio, que la observaba sentado en el porche, vigilaba sonriente los movimientos de aquella pequeña que se había convertido en su razón de ser. De repente, la mariposa elevó su vuelo y danzando liviana en el aire, se dirigió al otro lado de la calle en el que otro bonito jardín adornaba la entrada de una enorme casa blanca. Alba no lo dudó y salió saltando tras ella.
 
  




     Agustín conducía el autobús escolar que recorría las zonas más alejadas del pueblo para que los niños no tuvieran problemas a la hora de acudir a sus clases. No era un trabajo que le gustase, pero era lo único que había podido conseguir desde que el traslado de su mujer le hizo viajar a aquella horrible ciudad. Horrible para él. Todo el mundo parecía feliz, sobre todo cuando circulaba por barrios como aquel. Preciosas hileras de casitas unifamiliares a ambos lados de la calle, con sus jardines y sus porches, como las que tantas veces había soñado y que nunca podría tener. Miró por el retrovisor y vio un niño rubio que, levantado en mitad del pasillo, parecía mofarse de un compañero que se encogía en su asiento. Al volver la vista a la carretera una niña que apareció de la nada hizo que detuviera el vehículo de golpe.




     Javi se había levantado para meterse con Daniel. No le había hecho nada, pero era divertido ver como alguien tan grande se hacía tan pequeño cuando lo veía venir. Normalmente solo eran insultos y amenazas, como mucho algún golpe o escupitajo cuando le quitaba el dinero del almuerzo y el otro intentaba resistirse. En un momento se formaba un círculo de niños a su alrededor alentándole mientras su víctima se encogía en el suelo. En el autobús no podía hacer según qué cosas, así que se acercó dispuesto a amenazarle con lo que le haría después cuando un frenazo le hizo perder el equilibrio. El golpe de su cabeza al caer se escuchó en todo el vehículo.




     Los apuntes de Silvia volaron con el frenazo. La profesora estaba sentada en la parte delantera del autocar repasando la clase que tendría que dar al llegar al colegio cuando el vehículo se detuvo. No fueron los papeles lo que más le preocupó: un golpe en la parte trasera le hizo girarse y correr hacia un chaval que, tumbado inmóvil en mitad del pasillo, fijaba las miradas de todos sus compañeros. Sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de emergencias.




     María, sentada frente a la centralita, daba cuenta del almuerzo que ese día había llevado al trabajo. Un sándwich de pechuga de pavo y un zumo de melocotón tendrían que bastar para mantener el hambre a raya hasta mediodía. La mañana había empezado movida. Casi todas las ambulancias estaban circulando por distintos motivos, pero parecía que podría disfrutar de su momento de paz, por lo menos hasta que volvió a sonar el teléfono. Un chico había sufrido un traumatismo en un autobús. Miró la situación de sus compañeros en la pantalla y decidió que lo mejor sería cambiar el planing de alguno de los vehículos de recogida de pacientes, así que llamó a José.



     José conducía por una zona tranquila. Hoy no tenía mucho trabajo, tan solo recoger a Andrés, un jubilado operado de rodilla y trasladarlo al centro médico en el que llevaba a cabo su trabajo de rehabilitación. Sonó la radio y María le informó de un cambio de planes. Un accidente a tres minutos de allí, unido a una sobrecarga de urgencias hacía que él tuviera que recoger al herido y llevarlo al hospital más cercano. No era el procedimiento habitual pero era la mejor solución. Desde la central se habían encargado de cambiar el día de visita de Andrés pero no tenían su número, así que José puso el manos libres y contactó con él.




     Andrés esperaba sentado en el banco que había junto al centro comercial que inauguraron un par de años atrás frente a su casa. Poco a poco recuperaba la movilidad después de su implante de rodilla. La rehabilitación a la que se dirigiría en cuanto le recogieran le estaba ayudando a mejorar a pasos agigantados. Sonó el teléfono y escuchó al conductor de la ambulancia. “Vaya, espero que no sea nada lo de ese chico”. Miró el centro comercial y tras levantarse caminó hacia el interior.




     Maribel atendía la administración de lotería del centro comercial desde que abrió sus puertas al público. El horario no era bueno, pero los ratos de poco trabajo le permitían prepararse sus oposiciones a policía municipal. Además le encantaba ver la ilusión en la cara de la gente cada vez que repartía un premio por pequeño que fuera. Un señor mayor que caminaba con muletas le sacó de su sopor. Era del barrio y solía pasarse cada sábado para probar suerte con la lotería primitiva. Esta vez, al ser viernes, probó con un Euromillón.






     Antonio, sentado frente al televisor, leía el periódico mientras Alba hacía un puzle en el suelo. Comprobó su número del Euromillón aunque sabía que él no había sido el afortunado ganador de los quince millones. El boleto premiado se lo había llevado alguien que había comprado el suyo en la administración número ocho, la del centro comercial que había en un barrio cercano.

viernes, 14 de diciembre de 2018

EL CHUPITO MAS AMARGO


    Lo de hoy no es un relato, es tan solo un recuerdo. El recuerdo de un día que visto desde la distancia tenía que haber sido feliz para un madridista como yo (sí, por si alguien todavía no lo sabe, soy merengón). El recuerdo de un chupito amargo como pocos.




     La tarde del veintiocho de Mayo del 2016 caminé hacia bar con una extraña sensación. Era la final de la Champions contra uno de los grandes rivales, tu Atleti, pero no sentía la emoción de otras veces. Estaba convencido de que una victoria rojiblanca era el homenaje que te merecías… ¡y sabes tan bien como yo que habría celebrado la derrota de mi equipo! Mil sentimientos cruzaban mi mente: sin mensajes la semana antes del partido, las felicitaciones llegaban siempre unos días después si era el Real el que ganaba “Felicidades niño”, casi siempre era el tuyo. Cuando nos pintabais la cara un “Enhorabuena indio” solía ser el mío, pero este año no habría mensajes.




     El bar estaba lleno. Solo madridistas y culés, encontrar colchoneros en Barcelona no es fácil. Comenzó el partido y sobre el minuto diez, a la camarera le extrañó que pidiese un tequila antes de cenar. Lo había hablado con algunos amigos: en el minuto catorce, brindaría contigo con un chupito, uno de esos que parecían agua durante las noches de fiesta en nuestro querido Sur. Hubo una falta lejana favorable al Real y con la vista fija en el reloj sujeté el pequeño vaso. Lo levanté al cielo mientras el balón volaba y lo apuré de un trago en el minuto catorce, ese adorado y maldito número que te marcó tanto tiempo. El minuto en el que se paró el tiempo mientras Ramos remataba al fondo de la red…





     Los madridistas gritaban alegres, los culés maldecían. Nadie se fijó en un chico que apoyado en la barra lloraba incrédulo con un chupito vacío en la mano.





     Lo he hecho muchas veces desde aquel día y tu recuerdo, al igual que tu presencia cuando la pude disfrutar, tiene un extraño efecto en mí. Me provoca  sonrisas. Hasta en mis peores momentos me resulta imposible pensar en ti y no sonreír. Gracias por seguir haciéndolo.



      Hasta siempre, niño.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

SCAPE ROOM



     Un fin de semana en aquella casa de montaña era lo que necesitábamos para huir de la monotonía y el cuarenta cumpleaños de Jaime resultó la excusa perfecta. Empezaríamos con un Scape Room y a partir de ahí, tendríamos dos días para disfrutar de la piscina y la barbacoa, ver los partidos por televisión, beber cerveza y hablar y hablar… en fin, ponernos al día después de tanto tiempo sin coincidir.


     El hombre que nos recibió parecía ir vestido de carnicero. Nos condujo hacia una portezuela lateral y cobró a Sebas el importe acordado antes de hacernos entrar y cerrar tras nosotros.


     La pequeña habitación apenas tenía mobiliario: un armario, una mesa con dos cajones y un par de cuadros. Sobre la puerta de salida, un reloj luminoso descontaba minutos. Empezamos a buscar pistas pero no avanzábamos. A Jaime parecía no convencerle el juego, vino todo el camino pensando en la piscina y no veía el momento de salir de allí y tumbarse al sol con una botella helada en la mano.




Faltando dos minutos se escuchó una voz: “Si no conseguís salir tendréis que dejar atrás a un compañero.” Jaime no dudó en ofrecerse voluntario. Se quedó en la habitación mientras entrabamos en una estancia parecida a un matadero. Sobre otra puerta, un reloj igual al anterior comenzaba la cuenta atrás.


     Buscamos pistas entre piezas de carne colgadas, mesas de acero y congeladores industriales. Faltando cinco minutos, a través de un panel oculto en la pared, entró una figura con máscara. Vestía un delantal manchado de sangre y blandía una motosierra apagada. Una cadena limitaba su movilidad, pero a medida que pasaban los minutos, la cadena se hacía más larga. Justo cuando el tiempo llegaba a su fin encontramos lo que podía ser la combinación para abrir la puerta marcada a fuego en un costillar. Escuchamos rugir un motor mientras tecleábamos y justo en el momento en que Daniel y yo cruzábamos el umbral, alguien tiró de Sebas hacia atrás y cerró de un portazo. Oímos gritos y un líquido rojo y viscoso se coló por debajo de la puerta.


     La nueva sala era un pasillo con una de las paredes de cristal y un teclado con el enunciado “Una cifra del uno al nueve y seréis libres” junto a la que tenía que ser la salida. El juego dejó de tener gracia cuando al pulsar el cinco se encendió una luz tras el cristal. Vimos a Jaime, con la camisa rota y la cabeza cubierta con una bolsa de tela, sentado en una silla eléctrica. Elegimos el siete. Una descarga hizo estremecer el cuerpo de nuestro amigo. Tras dos errores más, un nauseabundo olor a carne quemada lo inundaba todo.


     Pulsamos el ocho y la puerta se abrió. La cruzamos sudorosos, rezando para que todo fuera parte de un juego macabro y demasiado real.