domingo, 2 de agosto de 2026

CUANDO TODO VAYA MAL

 

Empezaré por presentarme. Me llamo Ona, aunque eso poco tiene que ver con lo que me sucedió o mejor dicho, con lo que creo que me sucedió aquella noche de sábado en la que decidí cambiar mi forma de ver la vida.

 

Mi existencia había sido normal, incluso algo aburrida diría yo, hasta que una noche de sábado mi mirada se cruzó con la de Beca. Nunca me habían llamado la atención las chicas, pero había algo en esos ojos, en esa sonrisa, que me hizo estremecer desde el primer momento. Para sorpresa de mi entorno, no hubo dudas, quería pasar mi vida junto a ese torbellino que iluminaba mis mañanas con un simple "Buenos días". Pasaban los días, los meses, los años y a cada minuto me hacía sentir más feliz... Hasta que se fue.

 

"Ha sido rápido", "Por lo menos no ha sufrido" , "Ya descansa en paz y tú también puedes descansar"... Para mí no fue rápido. Cada minuto en aquel puto hospital me pareció un siglo. ¡Y sufrió! Lo vi en sus ojos cada vez que me miraba intentando decir algo que me robara una sonrisa, tal vez la última que vería. Y no sé si ella descansó, pero yo no. Noches sin dormir en una enorme cama aún más grande ahora que no estaba junto a mí.

 

Pasaron los meses más lentos que han podido existir hasta que una llamada me sacó del letargo. Un año atrás, Beca se gastó medio sueldo para darnos una sorpresa y sacó entradas para un Festival de música a todo el grupo de amigos. Realmente solo le gustaba la banda que echaba el cierre, pero cualquier excusa le parecía buena para reunirnos a todos.

 

-              -Tienes que venir Ona. Sabes que ella querría que lo hicieras

 

Era cierto, Beca no me habría perdonado si me hubiera quedado en casa, así que el día del concierto me desperté temprano, ducha fría, ropa cómoda y al bajar a la calle ya me estaban esperando. El día fue largo y la noche llegó sin apenas darnos cuenta. Tampoco me di cuenta de la cantidad de cerveza y chupitos que entraron en mi cuerpo, pero de repente me encontré sola delante del escenario en el que estaba a punto de arrancar el último concierto. Comenzaba a caer una fina lluvia que incluso se agradecía. Miré a mí alrededor buscando a mis amigas sin éxito, y justo cuando comenzaban a sonar los primeros acordes de "Lapsus" me fijé en él. No sé qué edad podría tener, apenas recuerdo sus rasgos (ni siquiera tengo claro que fuese real) recuerdo un rostro serio con barba, una sudadera gris con capucha que le cubría la cabeza y la mirada fija en el escenario. Sus labios se movían al ritmo de la canción.

 



 



     -¿Estás solo? -me sorprendí preguntándole- Yo he perdido a mis amigas… ¡pero me da igual.

 

      -A estas alturas, todos hemos perdido algo, pero a veces resulta agradable estar solos entre tanta gente.

 

Parecía triste y esa respuesta no sé hacia dónde iba. Intuí que estaba solo y que me lo dijo porque quería seguir estándolo. La verdad es que no tenía la cabeza para pensar demasiado, pero la lluvia arreciaba, la música me envolvía y, poco a poco, me llevaba a un punto hasta el que hacía tiempo que no llegaba.


Hasta que sonó la guitarra.


Reconocí la canción de inmediato a pesar de llevar meses sin escucharla. De hecho, hasta que comenzó a sonar, dormía en un rincón de mi memoria con la voz de Beca tarareándola mientras preparaba la cena con dos copas de vino blanco sobre la mesa de la cocina. Miré al chico de la capucha, que cantaba con la cabeza alta y los ojos enrojecidos (¿está llorando?) me pregunté mientras mis propias lágrimas se mezclaban con la lluvia. Estábamos prácticamente pegados y en un momento de la canción, me abrazó. Noté el calor de su cuerpo, pero no era un abrazo que buscase algo más. Era intenso, limpio, reconfortante y cargado de energía.


-         -No te vengas abajo cuando todo vaya mal, sabes que ella te cuida desde arriba. Haz lo que quieras, de verdad, que siempre está contigo.


       Mi corazón empezó a acelerarse como solo Beca había conseguido acelerarlo.


-              -Ona!!!!!


       Me giré al escuchar mi nombre. Mis amigas se aproximaban a mí desde la parte exterior del tumulto y justo después de girarme a mirarlas, noté que el abrazo había terminado. Me pareció ver al chico de la capucha gris caminando bajo la lluvia y perdiéndose en la multitud.


-            - ¿Dónde te habías metido? Y lo más importante... ¿Quién era ese tío? Por qué era un tío, ¿no?

 

-           -No sé... No sé dónde me había metido, llevo aquí todo el concierto. Y sí, era un chico, o eso creo...

 

Lo estuvimos buscando sin éxito hasta que terminó el concierto. No había rastro de esa sombra que no sé si pretendiéndolo o por pura casualidad, presionó el botón de mi mente que me hizo salir del pozo y volver mirar hacia arriba, cuando todo iba mal.






miércoles, 6 de mayo de 2026

ANA Y EL MAR

 




 


     Ana no se quejaba. Vivía en un lugar idílico, colgado en las montañas más altas de su país. Aunque cuando era pequeña se aburría un poco ya que no tenía amigas con las que jugar, desde que bajaba a la escuela del pueblo su vida era mucho más amena. El camino era un poco largo, pero le gustaba aprender cosas nuevas que sus padres no le podían enseñar. En la montaña aprendió a sumar y escribir, aprovechando las cuentas de sus padres de lo vendido en los mercados, leche y queso principalmente, pero fue la lectura la que le cautivó.

 

     La biblioteca de libros de aventuras que tenía su padre era limitada, pero muy entretenida. Por eso, cuando llegó a la escuela, la geografía se convirtió en una de sus asignaturas favoritas. Su profesora le demostró lo grande que era el mundo. Le habló de lugares lejanos que jamás había escuchado y de ese mar del que hablaban en los libros de piratas con los que había aprendido a leer.

 

−¿Es cómo el lago?− preguntó inocente provocando las carcajadas de sus compañeros.

−Es mucho más. Difícil de explicar e imposible de imaginar si nunca lo has visto. Las olas traen su rumor hasta la orilla y es tan relajante, que quedarse allí, mirando embobada, es normal por muchas veces que lo hayas visto.

 

     Su interés fue creciendo y aumentó todavía más cuando a la vuelta de las vacaciones de verano, su profesora le pidió que se quedase después de clase. Le había traído un regalo de su viaje al sur de Italia. Le dijo que no era nada habitual encontrar cosas así en el Mediterráneo, que era más propio de otros mares, pero que en cuanto la vio tuvo claro que tenía que llevársela.

 

     Era una enorme caracola.

 

−Acércatela al oído. ¿Escuchas ese murmullo? Así es como suena el mar.

 

     La niña se fue a casa emocionada, feliz por saber cómo sonaba aquel lugar mágico e imaginando como sería pasear por su orilla.

 

     Se fue haciendo mayor. Cuando nevaba caminaba sobre la nieve pensando que sensación de pisar la arena sería muy parecida. Se casó con un chico del pueblo, se hicieron cargo de la granja de sus padres y enseguida comenzaron a llegar hijos. Ella les contaba historias sobre el mar y a veces les dejaba escuchar el murmullo de aquella caracola que reposaba sobre la cómoda de su cuarto y que escuchaba cada noche antes de irse a dormir. Viajar les resultaba imposible, pero seguía soñando con el día en que vería las olas movidas por el viento acercarse a la orilla y mojarle los pies. Imaginaba que todo lo inundaba un olor a salitre similar al que desprendían los arenques que vendían en el mercado de los jueves.

 

     Los años volaban en su paraíso. Disfrutaba el día a día primero con sus hijos y años después con sus nietos. Algunos de ellos sí salieron del pueblo y volvieron para mostrarle fotos paseando por la orilla de la playa. Ella no podía evitar que una lágrima se le escapara mezclada con los años que se iban sin cumplir su sueño.

 

            ********************************

 

     El pequeño barco se balancea suavemente mecido por el Mediterráneo. Es un claro día de septiembre. Solo las gaviotas gritan intentando llamar la atención, pero todas las miradas están fijadas en el menor de los nietos de Ana que con los ojos enrojecidos, deja caer las cenizas de su abuela para que se fundan con el agua salada.


martes, 10 de marzo de 2026

¡HOLA BICHITO!

 


Me quedo helado al oír su voz.

 

- ¡Hola bichito! Cada día estás más grande y más bonita, pero...  ¿Qué haces despierta todavía? Tienes que dormirte ya.

 

Mi hija soltó una carcajada, pero enseguida guardó silencio para escuchar la dulce melodía que su voz entonó. La había escuchado cientos de veces, era la que cantaba a Alba, nuestra hija mayor, cada vez que esta se negaba a coger el sueño. Era escucharla y la pequeña soltaba un par de risitas, se abrazaba a su peluche de la patrulla canina y se quedaba dormida. Su cara destilaba felicidad, esa felicidad que solo los niños, inocentes todavía, son capaces de reflejar.

 

Nuestra vida era un sueño en aquella época: laboralmente las cosas nos funcionaban bien, tanto como para poder permitirnos aquella casita en la falda de la montaña y con vistas al mar. Alba no había sido buscada, pero cuando me dijo que esperábamos una visita que se quedaría con nosotros durante unos años, el brillo de sus ojos me contagió una ilusión con la que no contaba. Alba llenó todo con su llegada, los pocos silencios, las tardes de domingo, incluso las noches de insomnio que me provocaba el trabajo, se llevaban mejor si me sentaba junto a su cama a observarla mientras dormía.

 

Cuatro años después, volví a notar esa mirada. No hizo falta que me dijera nada, sabía que alguien volvía a crecer en su interior. Alba tendría una hermanita. Esta vez no fue casualidad, no queríamos que nuestra hija creciera sola, pero la inmensa alegría fue exactamente igual que la primera vez.

 

Nació una noche de tormenta. Recuerdo conducir bajo una lluvia torrencial hacia el hospital escuchando su respiración en el asiento del copiloto. Intentaba mantener la calma, respirar como le habían enseñado, pero las contracciones eran cada vez más intensas y sin apenas intervalos entre ellas.  La entraron directamente a quirófano. Entré con ella, pero a los pocos minutos me obligaron a salir. Algo no iba bien.

 

-Tranquilo mi vida, nos vemos enseguida-me dijo intentando sonreír.

 

Mi mundo se paró aquella noche. No voy a decir que se acabó, pero sí que hubo una parte que desapareció con ella. Por mucho que la familia intentó tirar de mí, no encontré motivo hasta que vi a la pequeña Ona agarrando el dedito de Alba. Tenía que seguir, mis niñas me necesitaban. Sabía que no la olvidaría nunca, ni podía ni quería, pero escuchar su voz cantando al otro lado del walkie que utilizaba para controlar el sueño de Ona, me provocó sentimientos encontrados.

 

-Descansa mi niña, yo te seguiré cuidando siempre. Y tú sueña bonito David. Mil gracias por todo...

 

Desperté en el sofá, desorientado, y caminé hacia las habitaciones. Alba dormía, como siempre, con una pierna por fuera de las sábanas. La arropé y abrí la puerta de la habitación de Ona. Si cuerpecillo se movía al ritmo de su respiración mientras abrazaba el peluche que años atrás ayudaba a dormir a su hermana.

 

Me senté junto a su cama a observarla en la oscuridad mientras esperaba que el amanecer iluminará el cuarto.


martes, 10 de febrero de 2026

El sendero de la vaca muerta

 

Habíamos salido demasiado tarde de casa como para poder hacer la cima con calma. No es que nos hubiéramos dormido, el problema (bendito problema) fue que el beso de buenos días y la ducha para activarnos, nos activaron más de lo estrictamente necesario, provocando que todo se retrasase y termináramos el ascenso después de lo esperado. Tras unos minutos recuperando el aliento y admirando el paisaje, en los que apenas conseguí separar mi vista de ti, comenzamos el descenso.

 

La parte superior de la montaña carecía de vegetación. No era una zona especialmente escarpada, se podía subir caminando siempre que el estado de forma en el estuvieras fuera medio aceptable, pero los árboles del Pirineo decidieron no crecer a partir de cierta altitud. Nosotros estábamos por encima de esa altitud, sin nada que nos protegiera del Sol o del viento hasta que comenzamos el descenso. Apretamos el paso entre rocas y piedra suelta hasta que, poco a poco, fueron dejando paso a los pequeños arbustos que precedían al bosque de pinos. Un pequeño sendero nacía a nuestra izquierda adentrándose en la primera arboleda que alcanzamos.

 

-¿Vamos a ver que hay por ahí?

 

-Árboles, que va a haber en un bosque –dije consciente de que la decisión ya estaba tomada- ¿No vamos justos de tiempo?

 

O no me escuchaste o directamente me ignoraste (apuesto por la segunda opción). Así que no tuve más remedio que acompañarte. El camino era agradable, mucho más agradecido que la bajada entre piedras que tanto estaba castigando mis rodillas. Se escuchó un ruido en la ladera, algo más abajo, y nos giramos con el tiempo justo de ver un rebeco perderse entre la maleza.

 

-¡Joder que susto!

-Que fácilmente os asustáis los de ciudad –te reíste mientras me dabas un suave beso en los labios.

 

Al mirar por encima de tus hombros, algo en mitad del camino llamó mi atención unos metros más allá de nuestra posición.

 

-¿Qué es eso?

 

Nos acercamos al lugar en el que el cuerpo de una vaca, o lo que quedaba de él, yacía inerte. Allí, uno de los lados del sendero era una pared rocosa, de unos cuatro metros de altura. Parecía que el animal se había precipitado para tener un mal aterrizaje, pero no era eso lo que llamó nuestra atención. Faltaba una parte importante de su cuerpo. El esqueleto estaba completo, pero parecía que unas potentes mandíbulas, de distintos tamaños se habían ensañado con ella.

-¿Lobos?

-¿En el Pirineo? Aquí no hay de eso. No sé lo que habrá sido, pero parece grande. Tal vez un oso, aunque no suelen aventurarse tan al este ni cazar en equipo.   Mira, tiene una pata rota. La acorralarían arriba y una vez cayó vinieron a darse el festín. Vamos a seguir un poco más.

 

No era algo que me apeteciera, pero sabía qué llegados a ese punto, llevarte la contraria era un absurdo. El camino se fue estrechando a medida que avanzábamos y las ramas de los árboles, más altos que los que rodeaban la cumbre, se entrelazaban sobre nosotros negando la entrada a los rayos de Sol. No soplaba viento, no cantaban pájaros, no se escuchaba nada excepto el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies. Por un momento, me sentí observado.

 

-Deberíamos regresar si no queremos que se nos haga de noche antes de llegar al coche…

-Solo un poco más, giramos esta curva y…

 

No hizo falta que dijeras nada más. Al sobrepasar la curva, el bosque se cerraba sobre el sendero haciéndolo impracticable incluso para alguien tan testarudo como tú.

 

-Ves. Tenemos que darnos la vuelta.

 

Clavaste tus ojos en mí y comprendí tu mirada. Era esa mirada que me nublaba la mente. La misma que nos había hecho salir tarde esa mañana cuando me la lanzaste justo antes de quitarte la camiseta con la que dormías para entrar en la ducha conmigo. Seguía sintiéndome observado, pero ahora tenía la sensación de que en aquel bosque había más de un depredador, aunque yo fuese la única presa. Te acercaste hasta pegarte a mi cuerpo. Tus labios olieron mi oreja mientras tu lengua rozaba mi cuello.

-Estás saladito, Serrano.

 

Un ruido procedente del bosque, a pocos metros del sendero, nos sobresaltó.

 

-Será mejor que volvamos o la noche nos pillará bajando –dije pensando en que la noche era lo mejor que nos podía pillar.

 

-Sí, mejor, que esta loba no quiere compartir a su presa- lo soltaste tal cual, riendo y dándome un cachete en el culo.

 

Me temblaban las piernas al reanudar el descenso, pero todavía no sé si por el cansancio, por lo que dejábamos atrás o por lo que sabía que me esperaba al llegar a casa.



 


lunes, 19 de enero de 2026

Mi tabla de salvación

 


     Salgo al exterior y respiro profundamente una enorme bocanada de libertad. Necesito esto de vez en cuando, estas breves excursiones a la montaña para escapar de la rutina, del estrés, de esas cuatro pareces que parecen aplastarme por momentos en el día a día.

 


     Nunca me gustaron ni la ciudad, ni los bloques de pisos, pero desde el momento en el que me trasladé a su apartamento acaté las normas. Últimamente no salimos mucho. Sí que es verdad que a pesar de ser escasos, los paseos con ella son especiales. Después de no vernos en todo el día, el ratito que pasamos jugueteando por la noche antes de acurrucarnos en el sofá víctimas del cansancio, me recuerda por qué merece la pena seguir a su lado. Lo nuestro fue un flechazo (para mí, una auténtica tabla de salvación) que nos unió desde aquel lluvioso día en el que decidió que le acompañase a su casa y que, con el paso de los años, ha ido a más.

 


     Escucho la puerta detrás de mí y me giro para ver cómo se acerca. Lleva una bata sobre el pijama y esas enormes zapatillas de invierno que utiliza para estar por casa; el pelo revuelto, como siempre, y una humeante taza de chocolate en la mano. Se sienta junto a mí en el escalón de la entrada y me acaricia mientras su mirada se pierde en el valle. Me acerco a olerle el cuello y surgen esas adorables arruguitas que adornan sus ojos cuando se le escapa una carcajada. Me da un beso en el hocico. Definitivamente, esto es el paraíso.


miércoles, 14 de mayo de 2025

¿El principio de algo?


 


No había pasado ni un verano sin que alguien me hablara de ella con una sonrisa... ¡cómo si yo necesitara que me la recordasen!

 

-Es que es la única vez que te he visto tan interesado en alguien.

 

Tal vez la afirmación no era cierta, pero si es verdad que aquel verano decidí no disimular. Ella me gustaba, me gustaba mucho, pero como casi siempre me suele pasar, llegué tarde. Aunque en algún momento creí que dudaba, ella tenía pareja y no iba a arriesgarse a perder algo así por alguien que en un par de semanas pondría mil kilómetros entre nosotros. Y después de ese agosto nada... Hasta hoy.

 

- ¿Esa es quien yo creo es?

 

               Me lo preguntó sonriendo, consciente de que era ella. No diré que no había cambiado nada, pero de lejos parecía la misma adolescente que me aceleraba el corazón muchos años atrás. Morena, con el pelo recogido, ojos azules como ellos solos y una sonrisa que competía con los rayos del sol por iluminar el pueblo. En el momento que comprobé que mi corazón seguía acelerándose cuando se acercaba, tuve claro quien ganaba ese concurso. Se paró con sus primos, a la entrada del bar. Era un lugar estrecho, con una larga barra y nosotros solíamos ocupar el fondo. Intenté disimular, pero no pude evitar que las piernas me temblaran un poco. "No seas tonto David, que ya no eres un adolescente, cojones", intenté autoconvencerme, y para mí sorpresa, todos esos nervios se calmaron cuando me miró. Al ver que me sonreía terminé de tranquilizarme "por lo menos parece que me ha reconocido".

 

Todavía tardó un rato en acercarse. No sé si fue casualidad, pero lo hizo en el momento en que el resto de mi grupo había salido a fumar.

- Que agradable sorpresa! - dijo mientras nos dábamos dos besos y un abrazo- Me alegro de verte.

Noté el aroma de su pelo, hay cosas que no cambian con el paso de los años. No era el champú, ni el perfume, eso puede cambiar. Era su olor...

- Y supongo que ahora tengo que soltarte...- lo dije sin pensar, alargando el abrazo más de lo habitual… ¡y quien conoce mis abrazos sabe que eso es mucho decir!

               Soltó una carcajada mientras nos dejamos ir medio metro, sin dejar que se perdiera el contacto del todo. Tengo que reconocer que seguía siendo preciosa...

 

Vi como mis amigos, que ya volvían, se detenían en la otra esquina de la barra sin quitarnos ojo de encima. Luego tendría interrogatorio, pero por lo menos me dejaban este "ratito de intimidad"

 

- Cuántos años… Joder, cabrona, ¿estás todavía mejor que con 19! ¿Cómo coño lo haces?

- No has cambiado nada -me espetó riendo.

- Si no te das cuenta de que estoy más viejo, más gordo y más calvo, es que de vista estás jodida.

- ¡No seas burro! Estás genial, y me refiero a que sigues siendo tú. No hay duda.

 

Hablamos de sus primos y hermanos. Vi movimiento al otro lado de la barra y supe que no tardarían en acercarse.

 

-¿Hasta cuándo te quedas?

-Hasta el lunes.

-¿Tres días?

-Te parece poco...

-Depende. Si te vienes a cenar conmigo está noche, en cuatro días estarás echándome de menos...

 

No llegó a contestar. Los gritos y abrazos se multiplicaron a medida que el grupo crecía y poco después volvió con sus primos. Vi que salía fuera con uno de ellos

 

-¿Cómo ha ido el reencuentro con tu amor platónico?

 

Sabía que ella sería la primera en preguntar, le encantaba el salseo y me disponía a contestar cuando note una vibración en mi bolsillo. Un nuevo mensaje de número que no conocía:

"Reservas tú en algún sitio fuera de la marabunta"

Levanté la mirada y volvía a estar allí, sonriéndome desde la otra punta del bar.





miércoles, 30 de abril de 2025

CONFLICTOS LABORALES

 

Tuve que excusarme y salir de la habitación en el mismo momento en que le reconocí en aquella fotografía. Despeinado, con barba de cuatro días y esa mirada intensa que había conseguido conquistarme. Sin duda, era él.




 

Lo había conocido hacía más de medio año. La primera vez que lo vi íbamos trotando en la playa de Riazor y mis ojos se tropezaron con los suyos antes de seguir mi ruta, deseando cumplir con ese refrán que tan bien describe al ser humano. Y lo cumplí pocas horas después, con un vino en la mano y una ración de zamburiñas apoyadas en un barril, en la puerta de uno de los bares del casco antiguo. Volví a tropezar con él.

 

- ¿Has hecho muchos kilómetros?- su voz trataba de sonar alegre, pero denotaba cansancio- Llevabas un buen ritmo...

- ¡Que va! Unos 8 en algo menos de una hora. A más de 6 minutos, pero con el día que llevo tenía que salir o me ahogaba en el hotel.

 

No solía hablar con desconocidos, pero estaba fuera de mi zona de confort, así que, ¿por qué no conversar un rato con alguien interesante? Cuando me preguntó qué hacía en A Coruña le contesté la verdad: “trabajo, pero prefiero no hablar de ello.” No puso muchos reparos en eso.

 

- ¿Te parece bien si compartimos barril? Sin hablar de trabajo, ni del tuyo ni del mío. Yo soy gallego, pero también estoy fuera de lugar y necesito una copa de vino y una conversación interesante.

-Con el barril y la copa de vino te puedo ayudar. Lo de la conversación interesante ya es otra cosa. Eso no te lo garantizo…

 

Y comenzamos a hablar. La primera copa de vino nos llevó a la segunda, la segunda, entre risas, a la tercera. La tercera a una cuarta antes de salir de allí y caminar con destino a mi hotel "que mañana el avión sale temprano y nos estamos liando más de la cuenta". Y nos liamos más de la cuenta.

 

Cinco horas después, y sin haber pegado ojo, nos estábamos duchando juntos utilizando nuestros cuerpos como esponjas. Intercambiamos los teléfonos antes de que me subiera al taxi. Yo tendría que volver a Galicia, él también viajaba a Madrid y, aunque nos habíamos dejado claro que entre nosotros solo podía pasar lo que había pasado, coincidíamos en que sería genial que pasara alguna vez más.

 

Y así sucedió.

 

Pocas semanas después me llegó un mensaje. Estaba hospedado en un hotel del centro en el que volvimos a amarnos como locos. Fue la primera vez de muchas a lo largo de los últimos meses, a veces en Madrid, otras en A Coruña, incluso llegamos a pasar un fin de semana juntos en Sevilla. “Terreno neutral” dijo él, y no supe (ni quise) decirle que no. Era fácil estar a su lado. Hablábamos de todo: historia, deporte, literatura, cine… pero como habíamos pactado desde el principio, el trabajo era tabú. Se había criado en un pequeño pueblo de la Costa da Morte y estudiado unos años en Santiago. No acabó la carrera, pero allí fijó su residencia… o eso me había explicado. La última vez que lo vi, hacía apenas unas horas, estaba desnudo en la cama de un hotel de las afueras.

 

-Creo que voy a cambiar de trabajo, pequeña –dijo mientras me apretaba contra su cuerpo- Los horarios, los viajes, el… estoy cansado. Tengo dinero ahorrado, tal vez lo deje todo y me traslade a Madrid. ¿Qué te parecería?

 

          Se me aceleró el corazón en el mismo momento en que mi teléfono vibro sobre la mesilla de noche.

 

-Tengo que irme, pero no huyo de ti –le besé levemente los labios- Cuando acabe te llamo y seguimos con esta conversación.

 

          Conduje a toda velocidad, excitada y nerviosa por lo que pensaba podía ser un cambio radical en mi vida. Tendríamos que aclarar muchas cosas, pero estaba convencida de que podríamos ser muy felices juntos. Noté que me faltaba la respiración en el momento que entré en la sala de reuniones. Había llegado el momento. La Unidad Antidroga llevaba tiempo detrás de un grupo de traficantes y hoy era el día elegido para detener a todos los miembros de la organización.