miércoles, 6 de mayo de 2026

ANA Y EL MAR

 




 


     Ana no se quejaba. Vivía en un lugar idílico, colgado en las montañas más altas de su país. Aunque cuando era pequeña se aburría un poco ya que no tenía amigas con las que jugar, desde que bajaba a la escuela del pueblo su vida era mucho más amena. El camino era un poco largo, pero le gustaba aprender cosas nuevas que sus padres no le podían enseñar. En la montaña aprendió a sumar y escribir, aprovechando las cuentas de sus padres de lo vendido en los mercados, leche y queso principalmente, pero fue la lectura la que le cautivó.

 

     La biblioteca de libros de aventuras que tenía su padre era limitada, pero muy entretenida. Por eso, cuando llegó a la escuela, la geografía se convirtió en una de sus asignaturas favoritas. Su profesora le demostró lo grande que era el mundo. Le habló de lugares lejanos que jamás había escuchado y de ese mar del que hablaban en los libros de piratas con los que había aprendido a leer.

 

−¿Es cómo el lago?− preguntó inocente provocando las carcajadas de sus compañeros.

−Es mucho más. Difícil de explicar e imposible de imaginar si nunca lo has visto. Las olas traen su rumor hasta la orilla y es tan relajante, que quedarse allí, mirando embobada, en normal por muchas veces que lo hayas visto.

 

     Su interés fue creciendo y aumentó todavía más cuando a la vuelta de las vacaciones de verano, su profesora le pidió que se quedase después de clase. Le había traído un regado de su viaje al sur de Italia. Le dijo que no era nada habitual encontrar cosas así en el Mediterráneo, que era más propio de otros mares, pero que en cuanto la vio tuvo claro que tenía que llevársela.

 

     Era una enorme caracola.

 

−Acércatela al oído. ¿Escuchas ese murmullo? Así es como suena el mar.

 

     La niña se fue a casa emocionada, feliz por saber cómo sonaba aquel lugar mágico e imaginando como sería pasear por su orilla.

 

     Se fue haciendo mayor. Cuando nevaba caminaba sobre la nieve pensando que sensación de pisar la arena sería muy parecida. Se casó con un chico del pueblo, se hicieron cargo de la granja de sus padres y enseguida comenzaron a llegar hijos. Ella les contaba historias sobre el mar y a veces les dejaba escuchar el murmullo de aquella caracola que reposaba sobre la cómoda de su cuarto y que escuchaba cada noche antes de irse a dormir. Viajar les resultaba imposible, pero seguía soñando con el día en que vería las olas movidas por el viento acercarse a la orilla y mojarle los pies. Imaginaba que todo lo inundaba un olor a salitre similar al que desprendían los arenques que vendían en el mercado de los jueves.

 

     Los años volaban en su paraíso. Disfrutaba el día a día primero con sus hijos y años después con sus nietos. Algunos de ellos sí salieron del pueblo y volvieron para mostrarle fotos paseando por la orilla de la playa. Ella no podía evitar que una lágrima se le escapara mezclada con los años que se iban sin cumplir su sueño.

 

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     El pequeño barco se balancea suavemente mecido por el Mediterráneo. Es un claro día de septiembre. Solo las gaviotas gritan intentando llamar la atención, pero todas las miradas están fijadas en el menor de los nietos de Ana que con los ojos enrojecidos, deja caer las cenizas de su abuela para que se fundan con el agua salada.