lunes, 19 de enero de 2026

Mi tabla de salvación

 


     Salgo al exterior y respiro profundamente una enorme bocanada de libertad. Necesito esto de vez en cuando, estas breves excursiones a la montaña para escapar de la rutina, del estrés, de esas cuatro pareces que parecen aplastarme por momentos en el día a día.

 


     Nunca me gustaron ni la ciudad, ni los bloques de pisos, pero desde el momento en el que me trasladé a su apartamento acaté las normas. Últimamente no salimos mucho. Sí que es verdad que a pesar de ser escasos, los paseos con ella son especiales. Después de no vernos en todo el día, el ratito que pasamos jugueteando por la noche antes de acurrucarnos en el sofá víctimas del cansancio, me recuerda por qué merece la pena seguir a su lado. Lo nuestro fue un flechazo (para mí, una auténtica tabla de salvación) que nos unió desde aquel lluvioso día en el que decidió que le acompañase a su casa y que, con el paso de los años, ha ido a más.

 


     Escucho la puerta detrás de mí y me giro para ver cómo se acerca. Lleva una bata sobre el pijama y esas enormes zapatillas de invierno que utiliza para estar por casa; el pelo revuelto, como siempre, y una humeante taza de chocolate en la mano. Se sienta junto a mí en el escalón de la entrada y me acaricia mientras su mirada se pierde en el valle. Me acerco a olerle el cuello y surgen esas adorables arruguitas que adornan sus ojos cuando se le escapa una carcajada. Me da un beso en el hocico. Definitivamente, esto es el paraíso.