martes, 10 de febrero de 2026

El sendero de la vaca muerta

 

Habíamos salido demasiado tarde de casa como para poder hacer la cima con calma. No es que nos hubiéramos dormido, el problema (bendito problema) fue que el beso de buenos días y la ducha para activarnos, nos activaron más de lo estrictamente necesario, provocando que todo se retrasase y termináramos el ascenso después de lo esperado. Tras unos minutos recuperando el aliento y admirando el paisaje, en los que apenas conseguí separar mi vista de ti, comenzamos el descenso.

 

La parte superior de la montaña carecía de vegetación. No era una zona especialmente escarpada, se podía subir caminando siempre que el estado de forma en el estuvieras fuera medio aceptable, pero los árboles del Pirineo decidieron no crecer a partir de cierta altitud. Nosotros estábamos por encima de esa altitud, sin nada que nos protegiera del Sol o del viento hasta que comenzamos el descenso. Apretamos el paso entre rocas y piedra suelta hasta que, poco a poco, fueron dejando paso a los pequeños arbustos que precedían al bosque de pinos. Un pequeño sendero nacía a nuestra izquierda adentrándose en la primera arboleda que alcanzamos.

 

-¿Vamos a ver que hay por ahí?

 

-Árboles, que va a haber en un bosque –dije consciente de que la decisión ya estaba tomada- ¿No vamos justos de tiempo?

 

O no me escuchaste o directamente me ignoraste (apuesto por la segunda opción). Así que no tuve más remedio que acompañarte. El camino era agradable, mucho más agradecido que la bajada entre piedras que tanto estaba castigando mis rodillas. Se escuchó un ruido en la ladera, algo más abajo, y nos giramos con el tiempo justo de ver un rebeco perderse entre la maleza.

 

-¡Joder que susto!

-Que fácilmente os asustáis los de ciudad –te reíste mientras me dabas un suave beso en los labios.

 

Al mirar por encima de tus hombros, algo en mitad del camino llamó mi atención unos metros más allá de nuestra posición.

 

-¿Qué es eso?

 

Nos acercamos al lugar en el que el cuerpo de una vaca, o lo que quedaba de él, yacía inerte. Allí, uno de los lados del sendero era una pared rocosa, de unos cuatro metros de altura. Parecía que el animal se había precipitado para tener un mal aterrizaje, pero no era eso lo que llamó nuestra atención. Faltaba una parte importante de su cuerpo. El esqueleto estaba completo, pero parecía que unas potentes mandíbulas, de distintos tamaños se habían ensañado con ella.

-¿Lobos?

-¿En el Pirineo? Aquí no hay de eso. No sé lo que habrá sido, pero parece grande. Tal vez un oso, aunque no suelen aventurarse tan al este ni cazar en equipo.   Mira, tiene una pata rota. La acorralarían arriba y una vez cayó vivieron a darse el festín. Vamos a seguir un poco más.

 

No era algo que me apeteciera, pero sabía qué llegados a ese punto, llevarte la contraria era un absurdo. El camino se fue estrechando a medida que avanzábamos y las ramas de los árboles, más altos que los que rodeaban la cumbre, se entrelazaban sobre nosotros negando la entrada a los rayos de Sol. No soplaba viento, no cantaban pájaros, no se escuchaba nada excepto el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies. Por un momento, me sentí observado.

 

-Deberíamos regresar si no queremos que se nos haga de noche antes de llegar al coche…

-Solo un poco más, giramos esta curva y…

 

No hizo falta que dijeras nada más. Al sobrepasar la curva, el bosque se cerraba sobre el sendero haciéndolo impracticable incluso para alguien tan testarudo como tú.

 

-Ves. Tenemos que darnos la vuelta.

 

Clavaste tus ojos en mí y comprendí tu mirada. Era esa mirada que me nublaba la mente. La misma que nos había hecho salir tarde esa mañana cuando me la lanzaste justo antes de quitarte la camiseta con la que dormías para entrar en la ducha conmigo. Seguía sintiéndome observado, pero ahora tenía la sensación de que en aquel bosque había más de un depredador, aunque yo fuese la única presa. Te acercaste hasta pegarte a mi cuerpo. Tus labios olieron mi oreja mientras tu lengua rozaba mi cuello.

-Estás saladito, Serrano.

 

Un ruido procedente del bosque, a pocos metros del sendero, nos sobresaltó.

 

-Será mejor que volvamos o la noche nos pillará bajando –dije pensando en que la noche era lo mejor que nos podía pillar.

 

-Sí, mejor, que esta loba no quiere compartir a su presa- lo soltaste tal cual, riendo y dándome un cachete en el culo.

 

Me temblaban las piernas al reanudar el descenso, pero todavía no sé si por el cansancio, por lo que dejábamos atrás o por lo que sabía que me esperaba al llegar a casa.