martes, 10 de marzo de 2026

¡HOLA BICHITO!

 


Me quedo helado al oír su voz.

 

- ¡Hola bichito! Cada día estás más grande y más bonita, pero...  ¿Qué haces despierta todavía? Tienes que dormirte ya.

 

Mi hija soltó una carcajada, pero enseguida guardó silencio para escuchar la dulce melodía que su voz entonó. La había escuchado cientos de veces, era la que cantaba a Alba, nuestra hija mayor, cada vez que esta se negaba a coger el sueño. Era escucharla y la pequeña soltaba un par de risitas, se abrazaba a su peluche de la patrulla canina y se quedaba dormida. Su cara destilaba felicidad, esa felicidad que solo los niños, inocentes todavía, son capaces de reflejar.

 

Nuestra vida era un sueño en aquella época: laboralmente las cosas nos funcionaban bien, tanto como para poder permitirnos aquella casita en la falda de la montaña y con vistas al mar. Alba no había sido buscada, pero cuando me dijo que esperábamos una visita que se quedaría con nosotros durante unos años, el brillo de sus ojos me contagió una ilusión con la que no contaba. Alba llenó todo con su llegada, los pocos silencios, las tardes de domingo, incluso las noches de insomnio que me provocaba el trabajo, se llevaban mejor si me sentaba junto a su cama a observarla mientras dormía.

 

Cuatro años después, volví a notar esa mirada. No hizo falta que me dijera nada, sabía que alguien volvía a crecer en su interior. Alba tendría una hermanita. Esta vez no fue casualidad, no queríamos que nuestra hija creciera sola, pero la inmensa alegría fue exactamente igual que la primera vez.

 

Nació una noche de tormenta. Recuerdo conducir bajo una lluvia torrencial hacia el hospital escuchando su respiración en el asiento del copiloto. Intentaba mantener la calma, respirar como le habían enseñado, pero las contracciones eran cada vez más intensas y sin apenas intervalos entre ellas.  La entraron directamente a quirófano. Entré con ella, pero a los pocos minutos me obligaron a salir. Algo no iba bien.

 

-Tranquilo mi vida, nos vemos enseguida-me dijo intentando sonreír.

 

Mi mundo se paró aquella noche. No voy a decir que se acabó, pero sí que hubo una parte que desapareció con ella. Por mucho que la familia intentó tirar de mí, no encontré motivo hasta que vi a la pequeña Ona agarrando el dedito de Alba. Tenía que seguir, mis niñas me necesitaban. Sabía que no la olvidaría nunca, ni podía ni quería, pero escuchar su voz cantando al otro lado del walkie que utilizaba para controlar el sueño de Ona, me provocó sentimientos encontrados.

 

-Descansa mi niña, yo te seguiré cuidando siempre. Y tú sueña bonito David. Mil gracias por todo...

 

Desperté en el sofá, desorientado, y caminé hacia las habitaciones. Alba dormía, como siempre, con una pierna por fuera de las sábanas. La arropé y abrí la puerta de la habitación de Ona. Si cuerpecillo se movía al ritmo de su respiración mientras abrazaba el peluche que años atrás ayudaba a dormir a su hermana.

 

Me senté junto a su cama a observarla en la oscuridad mientras esperaba que el amanecer iluminará el cuarto.