Me
quedo helado al oír su voz.
- ¡Hola bichito! Cada día
estás más grande y más bonita, pero... ¿Qué
haces despierta todavía? Tienes que dormirte ya.
Mi
hija soltó una carcajada, pero enseguida guardó silencio para escuchar la dulce
melodía que su voz entonó. La había escuchado cientos de veces, era la que cantaba
a Alba, nuestra hija mayor, cada vez que esta se negaba a coger el sueño. Era
escucharla y la pequeña soltaba un par de risitas, se abrazaba a su peluche de
la patrulla canina y se quedaba dormida. Su cara destilaba felicidad, esa
felicidad que solo los niños, inocentes todavía, son capaces de reflejar.
Nuestra
vida era un sueño en aquella época: laboralmente las cosas nos funcionaban
bien, tanto como para poder permitirnos aquella casita en la falda de la
montaña y con vistas al mar. Alba no había sido buscada, pero cuando me dijo
que esperábamos una visita que se quedaría con nosotros durante unos años, el
brillo de sus ojos me contagió una ilusión con la que no contaba. Alba llenó
todo con su llegada, los pocos silencios, las tardes de domingo, incluso las
noches de insomnio que me provocaba el trabajo, se llevaban mejor si me sentaba
junto a su cama a observarla mientras dormía.
Cuatro
años después, volví a notar esa mirada. No hizo falta que me dijera nada, sabía
que alguien volvía a crecer en su interior. Alba tendría una hermanita. Esta
vez no fue casualidad, no queríamos que nuestra hija creciera sola, pero la
inmensa alegría fue exactamente igual que la primera vez.
Nació
una noche de tormenta. Recuerdo conducir bajo una lluvia torrencial hacia el
hospital escuchando su respiración en el asiento del copiloto. Intentaba
mantener la calma, respirar como le habían enseñado, pero las contracciones
eran cada vez más intensas y sin apenas intervalos entre ellas. La entraron directamente a quirófano. Entré
con ella, pero a los pocos minutos me obligaron a salir. Algo no iba bien.
-Tranquilo mi vida, nos vemos
enseguida-me dijo intentando sonreír.
Mi
mundo se paró aquella noche. No voy a decir que se acabó, pero sí que hubo una
parte que desapareció con ella. Por mucho que la familia intentó tirar de mí, no
encontré motivo hasta que vi a la pequeña Ona agarrando el dedito de Alba.
Tenía que seguir, mis niñas me necesitaban. Sabía que no la olvidaría nunca, ni
podía ni quería, pero escuchar su voz cantando al otro lado del walkie que
utilizaba para controlar el sueño de Ona, me provocó sentimientos encontrados.
-Descansa mi niña, yo te
seguiré cuidando siempre. Y tú sueña bonito David. Mil gracias por todo...
Desperté
en el sofá, desorientado, y caminé hacia las habitaciones. Alba dormía, como
siempre, con una pierna por fuera de las sábanas. La arropé y abrí la puerta de
la habitación de Ona. Si cuerpecillo se movía al ritmo de su respiración
mientras abrazaba el peluche que años atrás ayudaba a dormir a su hermana.
Me
senté junto a su cama a observarla en la oscuridad mientras esperaba que el amanecer iluminará el cuarto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario