Vertió una
buena cantidad de bourbon en el vaso que tenía sobre la mesa y se quedó
contemplando como los dos hielos de su interior se movían bañados por el licor.
Era su momento. Su vida había dado un giro años atrás y los instantes de
tranquilidad eran cada vez más escasos.
Añoraba los
ratos de soledad junto al remanso del río, leyendo o escribiendo sentado en el
tronco de aquel viejo sauce que una crecida había volcado en la orilla. Lejos
quedaban las horas en las que abrazado a su guitarra, rasgaba las cuerdas y
entonaba dulces canciones para intentar embaucar a alguna de las chicas que
veraneaban en el pueblo.

Y siguió
adelante, aunque por el camino perdió las ganas entre bares, copas de alcohol y
mujeres de una noche. Buscando inspiración en camas vacías y encontrándola sólo
en el recuerdo de unos ojos imposibles de olvidar.
Mientras
apuraba el vaso alguien golpeó la puerta. Cambió su camiseta, se mojó la cara y
se la secó antes de caminar hacia el escenario. Los focos estaban apagados, el
resto de músicos en su sitio y cincuenta mil personas a sus pies dispuestas a
cantar a gritos sus canciones. Tocó los primeros acordes de un viejo tema y un
cosquilleo recorrió su espalda. Le miraba en silencio desde la primera fila,
sonriendo, como si fuera una mañana de martes en un pasillo del metro.
Bonito, bonito...
ResponderEliminarGracias Sue!!!! :)
Eliminar