No era el
mejor momento de su vida, pero a medida que se acercaba al borde del precipicio
tenía más claro que todo ese sufrimiento terminaría pronto. Se detuvo al borde
del abismo y respiró profundamente. Respiró silencio y soledad. Hacía tiempo
que ese era su hábitat natural. Sus padres nunca habían confiado en ella.
Siempre vivió a la sombra de su hermana mayor: más guapa, alumna más aplicada y
con un don especial para los deportes. Nunca paraban de ponerla como ejemplo a
seguir. Estaba cansada de su vida hasta el punto de lograr encontrarse cómoda
tan solo en situaciones como esa: de pie junto a un acantilado.
Allí
nadie le molestaba. Oteó el horizonte. Negros nubarrones se acercaban
presagiando una inminente tormenta, pero el mar, a sus pies, todavía no mostraba
su peor cara. Ni fuertes olas ni espuma entre las afiladas rocas. Un águila planeaba
en la lejanía. Libertad. Si lo hacía se sentiría completamente libre durante
unos segundos. Volar como esa ave. Como la hoja seca que arrastrada por el
viento gira y gira justo antes de besar el suelo. Necesitaba sentirse así.
Necesitaba dejar la tierra atrás y que aire avivase el fuego que ardía en su
interior antes de apagarlo en el agua helada. Dio un paso atrás, tomó impulso y
saltó al vacío.
Notó
el frío líquido en sus pies justo antes de adentrarse en la oscuridad del océano.
Al volver a la superficie, cuatro buzos la rodeaban para comprobar que todo
había salido bien. Los aplausos de los jueces la reconfortaron, pero la mirada
de su hermana, que envuelta en una toalla la observaba desde una barca cercana,
fue lo que le confirmó sus sospechas. Había logrado el salto perfecto.




