miércoles, 7 de septiembre de 2022

Aguantando de pie

 

 

Supe que algo iba mal en cuanto escuché cerrarse la puerta. Sus pasos acelerados hacia la habitación, sin descalzarse en el recibidor como tenía por costumbre, terminaron de confirmar mis malos presagios. Desolada, se volcó en mí como tantas veces había hecho antes. Le había dejado y su mundo se hundía de forma vertiginosa. Se acabaron las tardes comiéndose a besos protegidos por la oscuridad de la sala de cine, se acabaron las citas exprés para saciar su amor (al menos el de ella) en hoteles apartados de la miradas indiscretas. Se acabó. Le confesó que esperaba un segundo hijo con su mujer y que ya había puesto  a su familia en peligro durante demasiado tiempo por un juego que no le aportaba nada. Ni se dignó a escuchar sus desesperadas suplicas, se levantó y le dio la espalda. Se fue sin un beso de despedida ni un triste buena suerte, tan solo se giró y salió de la cafetería sin más.

 

 

No paraba de repetirme que era él, que era el hombre de su vida y que seguro que recapacitaría, aunque sus ojos inundados en lágrimas me dijeran que era consciente de que aquella historia había tocado a su fin.

 

 

 

 

Se quedó dormida entre sollozos, vencida por el agotamiento, justo cuando la luna comenzaba a iluminar la habitación impregnando el ambiente nocturno con su olor. Hoy era un olor amargo y salado, como las lágrimas que hace poco humedecían el rostro de mi ángel o como las que tendrían que estar resbalando por mis frías mejillas. No era la primera vez  que le rompían el corazón y que yo, como siempre había hecho, escuchaba sus lamentos enfadado con el mundo. No soportaba verla así, no soportaba ser consciente de su sufrimiento sin haber podido advertirle unos meses atrás, cuando la ilusión que pintaba su cara hacía que me muriera de celos. No soportaba no poder rodearla con mis brazos y susurrarle al oído que no se preocupara, que todo iría bien, que yo estaba a su lado. No soportaba hacer lo único que podía hacer, escucharla de pie, permanecer a su lado con mi rifle al hombro intentando no temblar de rabia, impotencia o lo que sea que siento mientras lloro sin lágrimas. Porque es lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser fuertes, los soldados ni temblamos, ni lloramos y, menos aún, si somos de juguete.

 



 

jueves, 14 de julio de 2022

Julen

 

 

 
 


 

 

     Siempre me ha gustado sentarme en los bares y observar, sobre todo si estoy fuera de mi ciudad. Puede parecer que soy un cotilla (tal vez lo sea) pero es inevitable imaginarme historias al ver a la gente o escuchar parte de sus conversaciones.

 

     Edurne está cansada. Aparca el carrito junto a una mesa cercana y se sienta mientras Kepa ocupa otra de las sillas. No tarda en llegar una pareja que parece que también crecerá en breve. Se saludan emocionados y Kepa saca al niño del carro, orgulloso, para presentarles a su primogénito.

 

     El niño es guapo, se parece a su madre, aunque el padre no para de repetir que es clavadito a él cuando era pequeñito. Una tercera pareja que también parece esperar descendencia (parece que el grupo se ha puesto de acuerdo) hace subir el tono de la conversación entre risas y felicitaciones. Julen rompe a llorar y Edurne lo sujeta en brazos para intentar que se calme. Aprieta el pequeño cuerpo contra el suyo y al ver que los pequeños ojos de Julen me observan por encima del hombro de su madre le saco la lengua. Se ríe y Edurne se gira sorprendida. Sonríe. Es una sonrisa transparente, que refleja a partes iguales alegría y gratitud, consciente de que yo era el culpable de esa carcajada infantil.

 

     Kepa pide la tercera cerveza en el momento en que los lloros vuelven. Tras un breve y tenso diálogo, meten al niño en el cochecito y mientras los otros dos chicos entran en el bar, él se lo lleva para intentar dormirlo. Se aleja acelerando el paso, impaciente, con la mirada fija en el pequeño.

 

-No puedo más. –La conversación, a pesar de discurrir en voz baja, llegaba nítida a mis oídos- Cada día se desentiende más. No tiene nada que ver con el Kepa que conocí… ¡y eso que Julen es un amor! Pero no tiene paciencia y siempre soy yo la que tiene que darle de comer, la que lo duerme, la que se levanta si llora, y no me quedan fuerzas. Ya no hablo de tiempo. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? Y ni os digo cuando fue la última vez que pude ir al gimnasio. ¡Ni dos horas a la semana para hacer una puta clase de pilates tengo libres! Porque los horarios le coinciden al señorito con los entrenos de los chavales y al parecer no “dejar colgado” al equipo es más importante que la salud mental de su mujer. Como si Jon, el chico que le ayuda, no pudiese hacerse cargo de ellos un día a la semana. Es cierto que en cuanto Julen me sonríe me olvido de todo, pero no puedo más. Os juro que de haber sabido que…

 

     La llegada de Kepa les interrumpe. El niño sigue llorando. Edurne lo sujeta entre sus brazos y se va a un banco cercano. Lo mece con ternura mientras le canta suavemente al oído. El padre no para de justificarse con las chicas: que es raro, que suele dormirse en seguida, que no les da nada de guerra… Pero Julen se tranquiliza con los susurros de su madre, que suspira tras volver a dejarlo en el carro ya dormido. Kepa besa a Edurne en la frente y le dice que está dentro del bar, que el partido ya debe haber comenzado.

 

     Edurne vuelve a suspirar.

martes, 19 de abril de 2022

Tomando los mandos


 

 

 

Por la ventanilla del avión tan solo se apreciaba azul, un inmenso océano azul que alguna pequeña nube intentaba esconder de forma infructuosa. No se distinguían olas, ni barcos, ni pequeñas islas que tal vez, una vez en ellas, no fueran tan pequeñas. Tan solo una inmensidad azul que le hacía sentir minúsculo, insignificante. Giró la cabeza hacia el interior. El avión estaba vacío, pero no se sorprendió. En el asiento de al lado, una pequeña mochila con una libreta, un par de bolígrafos y un ejemplar de “Cantinela” (poesía urbana, rap, lo llamasen como lo llamasen a él le resultaba inspirador) y un silencio que lo inundaba todo. Ni conversaciones, ni música ambiental, ni motores… Nada.

 

El sonido de unos tacones rompió ese silencio a medida que avanzaba por el pasillo con paso firme y decidido, el semblante serio y la mirada clavada en sus ojos. Se sentó junto a él (¿dónde ha ido a parar mi mochila?)

-¿Cómo va?

Le hablaba con la naturalidad que otorga la confianza, a pesar de que apenas se conocían y llevaban años sin verse.

-Bien, creo. ¿No deberías estar pilotando?

-Piloto automático –sonrió- Tan solo hay que marcar el rumbo estipulado y él nos lleva. ¿Tú adónde quieres ir?

La miró confundida. Seguía siendo ella, pero la notaba diferente, más decidida si cabe, a comerse el mundo a bocados.

-Adonde tu piloto automático me lleve.

Soltó una carcajada llena de vida, una risa sincera y contagiosa que le hizo dudar si se reía de él o con él hasta que le sorprendió con un beso en los labios.

-Puedes ir adonde te dé la gana. Solo tienes que coger los mandos.

 

Abrió los ojos apenas unos segundos antes de que sonase el despertador. Entró en la ducha sin prisa (sabía que iba bien de tiempo) todavía contrariado por el sueño. Nunca la había visto con esos ojos. La conoció hace tiempo, no recordaba cuando ni donde, pero nunca pasaron de ser meros conocidos. Ahora llevaban años sin coincidir fuera de las redes sociales, donde apenas tenían contacto directo. Parecía mantener en los labios el sabor de los suyos mientras el agua resbalaba por su cuerpo en un inútil intento de traerlo de vuelta a la realidad.

Bajó al bufete del hotel a desayunar con el libro bajo el brazo. Abrió al azar y comenzó a leer mientras daba buena cuenta de dos tostadas con mermelada y un café con leche. Una frase le quedó grabada antes de subir a por la maleta: “Si siempre dices nunca, nunca, será siempre.”

 

Caminó por el aeropuerto pensando en la vuelta. Después de cuatro años muy productivos trabajando fuera, el último acenso le había dejado apenas a cincuenta minutos, los que separaban la capital del aeropuerto de Barcelona, de regresar a casa. Se puso los auriculares, conectó la música y avanzó por la terminal del Adolfo Suarez intentando alejar esa cara que, sin saber por qué, volvía a su cabeza una y otra vez. Pasó controles y se dirigió directamente a la puerta de embarque, siguiendo un río de gente que se iba quedando por el camino. Mientras pensaba que parecía llevar puesto el piloto automático, una mano en su hombro le sobresaltó.

 

-¡Joder con la musiquita! Llevo un rato llamándote y ni puto caso, ya dudaba si eras tú, ¡aunque estás igual!

 

Respiraba de forma agitada y las mejillas, pálidas en su estado habitual, sonrojadas, sin duda por el sofoco de seguirlo por media terminal. Ella sí que no había cambiado nada. La mirada decidida y risueña, la sonrisa alegre, contagiosa y esos labios, que hacía solo unas horas había besado en sueños, perfectamente retocados.

-Qué quieres, ¡me relaja! Qué casualidad, cuánto tiempo. No te voy a preguntar si viajas por trabajo o por placer.

 

El uniforme de la aerolínea para la que trabajaba era delatador. Giró sobre sí misma para que apreciase el modelito mientras reía.

-Viaje de trabajo. Aunque para mí el trabajo es un placer. ¿Dónde vas?  

-Donde tú me lleves.

Respondió sin pensar. Dos días atrás, un simple “a Barcelona” habría salido de su boca, pero no se notaba la misma persona que hace dos días. No tenía claro en qué momento, pero había decidido quitar el piloto automático y ponerse a los mandos.

-Pues si coges mi vuelo, quiere decir que vuelves a casa… ¿definitivamente?

Se volvió a sonrojar. Sus mejillas, que por un momento había recuperado la palidez tradicional, retomaron ese tono rosado que tanto le favorecía. Bajó la mirada, tímida y huidiza, esperando una confirmación que era evidente.

-No te entretengo más, que seguro que vas justa de tiempo. ¿Nos tomamos un café cuándo aterricemos?

 

 

 

jueves, 31 de marzo de 2022

PACTOS

 

 

 

 

      

                Los que visitáis este rincón de vez en cuando sabéis que no suelo escribir sobre libros, pero de vez en cuando aparece alguno, de esos que no llega al gran público, del que creo que merece la pena hablar.

 

                “Pactos” es mucho más que una novela negra al uso. En él se mezclan el misterio y hechos históricos para hacernos ver que no hay tanta diferencia entre los problemas de la sociedad actual y la de hace más de media década dejándonos claro, que los demonios que nos abducen en el pasado son capaces de acompañarnos durante el resto de nuestra vida, arruinándola sin que nos demos cuenta. Todo esto lo consigue casi de pasada, centrando la atención en una trama policial absorbente que, de forma paradójica, comienza con un final, el final de la vida de la madre del inspector Pruna.

 

                En su segunda novela, Albert Villanueva repite la fórmula que tan bien le funcionó en “Por hacer a tu muerte compañía”. Incluso en sus obras de ficción, este profesor sigue dándonos lecciones de historia, nos muestra como esos hechos influyeron en que su pueblo se convirtiera en ciudad y lo envuelve todo con una historia trepidante (de la que no os pienso contar nada) que te obliga a seguir leyendo hasta el final.

 

                Si buscas algo distinto para leer, algo que te enganche y te mantenga con el culo pegado al sillón y con la mente y los ojos abiertos, te aseguro que estas 230 páginas son una buena elección.