jueves, 7 de septiembre de 2017

VIAJE A AYIKI LAO




     El Sol de agosto acariciaba mi piel mientras que, sentado en aquella roca, respiraba profundamente el olor a pino y romero que inundaba el ambiente de la sierra jienense. A esa altura el silencio sepulcral tan solo se rompía por el sonido de mis latidos. Abrí dos latas de cerveza, derramé parte de una en la tierra seca y me dispuse a beber de la otra mientras observaba a los buitres planear en el acantilado, por debajo de nuestra posición. Cerré los ojos y saboreé esa mezcla de sensaciones que inconscientemente me provocaron un viaje espacio-temporal.


 
     Seguía siendo agosto, pero prácticamente media vida atrás. El mismo sol de justicia golpeaba mi nuca mientras cruzaba el pequeño puente colgante con destino Ayiki Lao. Me paré justo en medio de la pasarela y me quedé contemplando el agua que unos pocos metros por debajo de mí circulaba refrescando levemente el ambiente. Comencé a subir aquellas incómodas escaleras. Nunca sabía si subir un peldaño a cada paso o dar un paso intermedio antes de proceder a ascender el siguiente. No eran más de ocho o nueve escalones, bajos y largos, que llevaban a la puerta de lo que en aquella época era nuestra casa.


     Al entrar no pude evitar una sonrisa; todo estaba como siempre. Un par de mesas de jubilados discutiendo por una ficha de domino mal jugada, tres jornaleros en la barra, cuatro amigos en una mesa discutiendo de fútbol y el eterno Gabriel tras la barra y a punto de marchar a casa. Después de saludar a algún parroquiano, derecho a la cocina a dar dos besos a Anita. Al salir los astros se conjuraron y algo diferente sucedió aquel día. Un torneo de fútbol-sala aplazado por el calor, los clientes habituales del sábado a mediodía y los turistas que llegábamos un año más a pasar las fiestas patronales hicieron que en pocos minutos el bar estuviera lleno. 


     Recuerdo perfectamente cuando entraste con tus padres y la que después sería tu esposa, tu piba, saludando a todo el mundo con una euforia y alegría que contagiaba a cualquiera que estuviera cerca de ti. Hablaba con tu madre, me decía que estabas contento, más tranquilo, más formal, cuando un grito se escuchó por encima de la algarabía general. Al girarme ya estabas de rodillas, cantando el himno de tu equipo y haciendo girar por encima de tu cabeza la camiseta rojiblanca que hasta ese momento cubría tu delgado cuerpo. Todo pasión.



     Ayiki Lao no era solo fiesta. Cada tarde saltábamos la valla que delimitaba la escuela para jugar interminables partidos de fútbol contra los chicos del pueblo. Tardes de risas, cabreos, patadas y cientos de mosquitos tragados hasta que el ocaso o el agotamiento nos decía que era hora de volver a casa a preparar la noche. Miles de estrellas nos protegían y observaban curiosas las historias que se alargaban hasta la salida del Sol. Batallitas que seguimos recordando verano tras verano entre botellines fríos y abrazos efusivos provocados por la exaltación de la amistad que la amarga rubia provoca.


     Los años pasaron pero los problemas no dejaron de llegar. Seguías con un optimismo, una valentía y una entrega envidiables en cada gesto de tu vida, pero hay veces que no es suficiente con el esfuerzo. A veces la vida no es justa.



     Brindé con tu lata y derramé su contenido mientras apuraba la mía de un trago, limpié con el dorso de la mano las lágrimas que resbalaban por mis mejillas y me despedí besando el suelo antes de volver al camino que me llevaría al coche.

12 comentarios:

  1. La vuelta al hogar, a la infancia... Como dicen la persona que se fue jamás regresa. Aunque tenga los mismos ojos y el mismo nombre. Los recuerdos son hermosos siempre que estén bien empaquetados en la memoria para que no supongan obstáculos para el presente ni cadenas para el futuro. Pero no es mala idea tomarse una cerveza con ellos, de vez en cuando. Precioso relato, David. Un abrazo!!

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    1. Ahí sucesos y lugares que nos marcan, pero el camino está ahí delante.

      Un abrazo.

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  2. Un hermoso relato David. Presente y futuro se entremezclan en un espacio concreto que tantas alegrías ha dado al protagonista, felicidad que se torna en cierta amargura al volver al presente. Es lo que tienen los recuerdos, si nos aferramos a ellos más de la cuenta. ¡Precioso David!
    Un fuerte abrazo.

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    1. Hay personas que siempre están presentes, aunque ya no estén. Lo bueno es que resulta imposible pensar en ellos y no sonreir.

      Gracias por el abrazo, otro para ti

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  3. Uffff!, me ha encantado ese relato intimista que nos trasporta a muchos de nosotros a situaciones semejantes. Precioso relato!

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  4. Un relato que es pura nostalgia de lo que fue y nunca más será.
    Buen relato, David. Un saludo.

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  5. Buen relato como un ejercicio de introspección, con el que logras trasmitirnos la nostalgia que produce regresar a un lugar impregnado de recuerdos, imposibles de volver a hacer realidad.
    Saludos.

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    1. Gracias. No todo tiempo pasado fue mejor, pero hay algunos que no se olvidan.
      Un saludo.

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  6. un gran texto....
    me ha gustado hallarte
    desde Miami te leo
    gracias por compartirte

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    1. Desde Barcelona me ha gustado ser hallado.
      Gracias a ti por leerme.

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