martes, 13 de junio de 2017

VENGANZA



Nunca pensó que sobrevivir a la hecatombe que arrasó su poblado podría llegar a convertirse en la pesadilla que estaba viviendo desde entonces.

La “civilización” llegó sin avisar una noche de Junio y arrasó con todo aquel que se interpuso en su camino sin tener en cuenta ni la edad ni el sexo de los habitantes que, en su mayoría desarmados, intentaban huir despavoridos preguntándose por qué esos soldados con armaduras y cascos se cebaban con ellos sin motivo aparente. Él luchó con la rabia que proporciona ver como mataban a su hijo en su huida hasta que cayó fruto de un fuerte golpe en la cabeza con la duda de si su mujer habría llegado a escapar, pero con la certeza de que no volvería a verla nunca.
 
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando despertó en una celda maloliente, rodeado de más hombres que se encontraban en un estado similar. Las monturas de sus captores recibían más cuidados que ellos, pero fugarse del cautiverio era una misión imposible. El único que tuvo el arrojo (o la desesperación) suficiente para intentarlo volvió arrastrando, atado a un caballo. Después de recibir una treintena de latigazos permaneció atado a un poste de madera durante dos días a modo de advertencia para el resto.

A partir de ese momento, entrenamiento y disciplina se convirtieron en su único medio para sobrevivir, porque a eso no se le podía llamar vivir. Se fue haciendo cada vez más fuerte, más fiero, más despiadado, pero cuando llegaba la oscuridad, todavía lloraba recordando los gritos de impotencia de su gente y la figura de su hijo cayendo al suelo degollado. Nunca volvió a tener noticias de su amada.

Se prometió a si mismo que no pararía hasta hacer que el culpable pagase con su vida por lo que aquellos soldados habían hecho. Era consciente de que pisaba la arena por última vez. Se presentó ante las autoridades con el resto de sus compañeros y calculó la distancia que les separaba fijando su mirada en él. Mientras agarraba su lanza con determinación, escuchó el juramento del resto de gladiadores:


-          ¡Ave, Cesar! Los que van a morir, te saludan.



miércoles, 7 de junio de 2017

En el fondo de mi río.



     Dudé que fueran capaces de hacerlo, aunque lo dejé claro desde el principio: éste es mi lugar. Mi río. Junto al que nací y crecí hace tiempo. Alrededor del cual pasé los mejores momentos de mi vida y algunos no tan buenos que superé gracias a mis amigos. Los mismos que con lágrimas en los ojos cumplieron con mi última voluntad y los mismos que, todavía hoy, lanzan un trago de cerveza desde lo alto del puente cada vez que lo cruzan durante los días de fiesta. Con los que me manchaba de barro y me daba patadas jugando a fútbol en el patio de la escuela. Los que cuentan las mismas batallitas sentados en la terraza del bar y alzan su copa hacia el Guadalquivir para brindar conmigo. Los que rieron y lloraron conmigo, y en cierto modo, aun lo hacen.

     Desde lo alto del puente dejó caer una flor. Lo hacía cada sábado, sin apenas pararse a mirar con ojos anegados de lágrimas el agua que transitaba metros abajo. Lejos quedan nuestros baños juntos, incluso sus baños años más tarde en noches sin luna. El agua rodeaba su cuerpo desnudo y cubría cada poro de su piel. Abrazándole. Sintiendo que volvíamos a ser uno…

     El tiempo ha pasado y su maltrecha salud no le permite bañarse en las heladas aguas. Desde aquí le sigo viendo hermosa. Veo como cubre de besos la pequeña flor de papel y la lanza para que el viento me la haga llegar. A medida que se va deshaciendo entre la corriente, se acaba la flor, se acaba el papel y solo quedan sus besos. Los que tanto me hicieron sentir en vida. Los que me siguen haciendo sentir vivo aquí, en el fondo de mi río.

sábado, 3 de junio de 2017

Espero que fuera haya parado de llover




-No entiendo cómo puedes salir así vestida a la calle. Siento vergüenza solo de verte…

Su voz retumba en un vagón de metro medio vacío. Apenas supera la veintena pero una chica algo menor que él agacha la cabeza a su lado. Han subido hace dos estaciones y desde entonces el tono del monólogo se ha vuelto cada vez más agresivo. Critica su forma de vestir, su forma de maquillarse. Le reprocha lo simpática que es con sus compañeros de instituto. Ella no se atreve a mirarle. Agacha la cabeza mojada por la lluvia y su labio inferior comienza a temblar descontroladamente mientras un rio de lágrimas mancha de negro sus mejillas.

Alguien tiene que parar esto.

Miro a mi alrededor donde un chico trastea el móvil mientras otro tiene la mirada perdida en la oscuridad del túnel que hay al otro lado de la ventana. Una mujer que lee un libro y un hombre de mediana edad ojeando la prensa deportiva parecen no escuchar nada. A mi lado, una adolescente sube el volumen de la canción que suena en sus auriculares.

Anuncian mi estación y bajo abotonándome la chaqueta. Espero que fuera haya parado de llover.

martes, 30 de mayo de 2017

NOSTALGIA




                No eran unas manos suaves, aunque cuando acariciaba lo hacía con una ternura inusitada. El paso de los años había ido dejando su huella en forma de cicatrices y marcas de quemaduras con los utensilios de cocina. Gruesas venas surcaban su dorso recorriendo unos huesos en los que la edad había provocado un desgaste que a veces parecía deformarlas por completo. La artrosis no perdonaba.

     La recuerdo en la puerta de su casa del pueblo. Estaba sentada bajo la sombra de un parral en un pequeño taburete de madera. Todo olía a jazmín. En las largas temporadas de soledad, en las que solo su perro y el canto de los pájaros le hacía compañía, se entretenía cuidando las plantas que al llegar la primavera florecían adornando la terraza del viejo cortijo de la familia. El lugar, orientado al río y bañado por el sol durante gran parte del día, era ideal para el crecimiento de esas flores en las que ella volcaba todo su cariño cuando sus nietos estábamos lejos.

 Vestía de un negro riguroso desde la muerte de mi abuelo. Solo un delantal gris claro se acercaba al tono de una piel blanca que en otro tiempo el campo y las inclemencias meteorológicas habían curtido y teñido de oscuro. Recogía su pelo gris en un pequeño moño, dejando al descubierto el único “adorno” que siempre le acompañaba: los pendientes que le dio su madre y, que algún día no muy lejano, ella regalaría a su hija menor.

     Pelaba patatas. Entre sus piernas tenía un pequeño barreño amarillo y yo me quedaba embobado viendo su habilidad. Las pelaba como si de naranjas se tratase, sacando toda la piel de una sola tira con la pequeña navaja que siempre usó para pelar verduras. Las mondas a una bolsa, las patatas a una cacerola y así una y otra vez. Éramos muchos para comer aquel día y a pesar del trabajo que le dábamos, la ilusión por juntarnos a la mesa se dibujaba en su cara.

martes, 16 de mayo de 2017

EL SALTO



                No era el mejor momento de su vida, pero a medida que se acercaba al borde del precipicio tenía más claro que todo ese sufrimiento terminaría pronto. Se detuvo al borde del abismo y respiró profundamente. Respiró silencio y soledad. Hacía tiempo que ese era su hábitat natural. Sus padres nunca habían confiado en ella. Siempre vivió a la sombra de su hermana mayor: más guapa, alumna más aplicada y con un don especial para los deportes. Nunca paraban de ponerla como ejemplo a seguir. Estaba cansada de su vida hasta el punto de lograr encontrarse cómoda tan solo en situaciones como esa: de pie junto a un acantilado.

Foto
     Allí nadie le molestaba. Oteó el horizonte. Negros nubarrones se acercaban presagiando una inminente tormenta, pero el mar, a sus pies, todavía no mostraba su peor cara. Ni fuertes olas ni espuma entre las afiladas rocas. Un águila planeaba en la lejanía. Libertad. Si lo hacía se sentiría completamente libre durante unos segundos. Volar como esa ave. Como la hoja seca que arrastrada por el viento gira y gira justo antes de besar el suelo. Necesitaba sentirse así. Necesitaba dejar la tierra atrás y que aire avivase el fuego que ardía en su interior antes de apagarlo en el agua helada. Dio un paso atrás, tomó impulso y saltó al vacío. 

     Notó el frío líquido en sus pies justo antes de adentrarse en la oscuridad del océano. Al volver a la superficie, cuatro buzos la rodeaban para comprobar que todo había salido bien. Los aplausos de los jueces la reconfortaron, pero la mirada de su hermana, que envuelta en una toalla la observaba desde una barca cercana, fue lo que le confirmó sus sospechas. Había logrado el salto perfecto.