miércoles, 8 de septiembre de 2021

TRABUBULANDIA (II)

 

    Despertó entre los gritos de Mario cómodamente tumbada en la cama de su habitación, otra vez en casa de su yaya.

 

    -Teno tenientes tata, teno tenientes!!!

    -¡Calla Mario! Estoy intentando dormir. Todavía tengo sueño.

    -Me como mis tenientes de tabubus…

    

    Al escucharle, su hermana abrió los ojos de par en par y levantó la cabeza con el tiempo justo de ver al pequeño echarse a la boca una cereza. Una gran y redonda cereza… ¡de color azul!

    -¡Tete! ¿De dónde has sacado los pendientes?

    -Me los ha tato Pucha

    -¿Pucha?¿Quién es Pucha?

    Ante la sorpresa de Andrea, Mario salió corriendo y cantando:

    -“los tabubus son los tuentes de colores…”.

 

    Sentada en el borde del río, con los pies metidos dentro, Andrea explicaba a sus primos y a sus amigos su extraño sueño, o lo que ella creía que había sido un sueño. Mario cantaba y corría alrededor de los mayores, como siempre, con su flotador puesto. Al llegar al episodio de las cerezas y explicar que al despertar su hermano se estaba comiendo una, todos quedaron alucinados.

 

    -No puede ser –dijo Pablo- Los trabubus no existen. 

    -Ti, Pucha e un tabuubuuuu –gritó Mario antes de tararear- “son los tabuuuubuuuuus, y viven en tabubulandia”.

 

   Después de eso tomo carrerilla y saltó al río salpicando a todo el mundo. Tras los salpicones, David, el primo de Andrea, guiñó un ojo a Pablo y cada uno empujó a su hermana al agua. Cuando se giraron a por Andrea, ella se lanzaba de cabeza al pequeño embalse, y los dos niños fueron detrás. Estuvieron jugando y haciéndose ahogadillas hasta que el sol comenzó a esconderse y el agua se puso demasiado fría para seguir bañándose. El camino hasta el barrio era bastante corto: una carretera mal asfaltada con huertas a un lado y un montón de zarzas al otro. Todos los años aprovechaban este camino para recoger moras silvestres, que a esas alturas del verano ya estaban dulces y maduras. A medida que anochecía, unas enormes nubes negras cubrían el cielo, y cuando llegaban a su calle, un relámpago lo iluminó todo mientras una multitud de enormes gotas de agua caían sobre ellos. Llegaron a casa completamente empapados y chapoteando sobre los charcos que se habían formado en pocos segundos.

           

   Durante la cena la tormenta fue arreciando, así que esa noche sería imposible salir a jugar a la calle. Cansada después de estar todo el día corriendo de un lado para otro, Andrea decidió irse a dormir temprano.

 

    Se despertó escuchando a Mario cantar y sin abrir los ojos pensó en lo bonito que hubiera sido volver a despertar en Trabubulandia y poder seguir explorando ese precioso país con su amigo Monty. Escuchó ruido de agua y pensó que seguía lloviendo, pero algo le hizo cosquillas en la oreja obligándole a girarse y mirar hacia arriba. En un cielo rosado se podían ver tres lunas iluminando la cascada que había en el centro del bosque. Vio a un trabubu junto a ella y se dio cuenta de que estaba flotando en una pequeña colchoneta justo en medio del lago.

 

    -¡Niña al agua!- gritó mientras saltaba haciendo volcar la colchoneta.

 

    Andrea se hundió un momento en las cálidas aguas para volver a la superficie en pocos segundos. Al asomar la cabeza, multitud de risas a su alrededor le confirmaban que en este nuevo viaje tendría más compañía que en el anterior. Miró a su alrededor y vio a su hermano con el trabubu y con Monty bañándose junto a ella. Sobre las rocas, David, Ariadna, Pablo y Nuria veían toda la escena divertidos.

 

     -Ya era hora dormilona- gritó Pablo- ¡Bomba vaaaaaaaaa!- saltó desde donde estaba y salpicó a todos. Tres bombas más cayeron al río cuando el resto de niños volaron hacia el agua.

 

    Andrea salió del agua y los dos trabubus salieron con ella. Monty le presentó a Pucha, un trabubu un poco más bajito que él y que vestía un color rosado parecido a la luz de las lunas que les iluminaban.

 

    -Tenía ganas de conocerte –le dijo Pucha- Mario no paraba de hablar de ti el otro día, y cuando Montrarius me dijo que había estado contigo, me dio mucha rabia no haberos visto, así que cuando os hemos visto esta tarde jugando en el río, decidimos intentar traeros a todos para poder pasar juntos un ratito.

 

    -¿Podéis traer aquí a quien queráis?- preguntó Andrea sorprendida

 

    - Aquí puede pasar todo lo que queráis que pase. Estás en Trabubulandia, todo es posible en la tierra de los sueños.

 

     -¡¡¡¡Cuidado!!!!! –gritó Monty- ¡¡¡¡¡Escondeos!!!!!!

 

    Parecía asustado, así que sin preguntarle nada, todos salieron corriendo a esconderse justo cuando la sombra de un gran pájaro planeaba por el claro del bosque. Se hizo el silencio. Por un momento no se escuchaba ni el canto de los pájaros, pareció que hasta el agua que caía por la cascada lo hacía con cuidado para no ser escuchada. El río guardo un silencio que sólo se rompió con el grito del ser que los sobrevolaba. Un aullido desgarrador que les heló la sangre en las venas e hizo que los trabubus comenzasen a temblar asustados. Cuando pasó de largo, todos salieron de sus escondites con cautela.

 

    -Cada vez se adentran más –le dijo Monty a Pucha- Nunca se habían alejado tanto del otro lado.

 

    -¿Qué ha sido eso? - preguntó David, para el que todo esto era completamente nuevo.

    -Un pájaro malo –contestó Mario- Se lleva a la gente al Bosque Negro.

    -El otro día, cuando estuvo jugando conmigo, vimos uno volando sobre el precipicio y se lo conté.

    -¿Qué le contaste? - quiso saber Andrea.

    -Venid, vamos a refugiarnos en el bosque por si vuelve y os contaré nuestro problema.

    Entraron en el bosque y se sentaron a comer cerezas a la sombra de un naranjo rojo que daba manzanas lilas. Andrea cogió una y la empezó a comer, era deliciosa. Pucha comenzó a hablar del Bosque Negro, el que Andrea había visto al otro lado del precipicio y al que algunos llaman el Bosque de las Pesadillas. El caso es que era un lugar tenebroso al que la única forma de llegar era siendo transportado por uno de esos pájaros que habían visto. Nadie había vuelto nunca, y antes las aves sólo secuestraban a gente que paseaba cerca del precipicio, pero cada vez se adentraban más en Trabubulandia, y cada vez que raptaban a alguien, un trozo del bosque de los trabubus era trabado por el precipicio, por lo que Trabubulandia era cada vez más pequeña.

 

    -¿No hay forma de acabar con ellos? - preguntaron a la vez Nuria y Ariadna entre asustadas y preocupadas.

    -Sí, dicen que hay una forma. –explicó Monty- Una persona inocente y sin miedo tiene que saltar el precipicio y entrar en el Bosque Negro. El problema es que no tiene que hacerlo con intención de destruir la tierra de las pesadillas, si fuese con esa intención, ya no sería inocente y caería en el precipicio. La gente que raptan llega demasiado asustada, y si entras con miedo, te conviertes en uno de ellos.

    -¿Quiénes son ellos? – preguntó Pablo.

   -Trolls del Bosque Negro. Alguna vez pasean por el borde del precipicio y son realmente horribles. Su mal olor llega hasta nosotros aunque estemos muy lejos de allí. Pero tranquilos, aquí, en el interior del bosque, estamos a salvo.

 

Decidieron jugar al escondite durante un rato. Un bosque era un sitio ideal para esconderse: rocas, árboles y arbustos proporcionaban un montón de escondites al grupo de amigos. A los trabubus era prácticamente imposible descubrirlos: los cambios de color y su facilidad para subir a los árboles les daba una gran ventaja. Mario también estaba extrañamente veloz y ágil, casi como si fuese un trabubu más. Monty explicó a David que en Trabubulandia todo es posible si alguien cree que lo es y lo intenta con confianza. Acabaron quedándose dormidos bajos los árboles y con el sabor dulce de las manzanas lilas en su boca.

 

lunes, 6 de septiembre de 2021

TRABUBULANDIA (I)


 

Una vez, al cerrar los ojos y quedarme dormido, comencé un viaje alucinante a un lugar maravilloso en el que todo era posible. Llegué a un bosque lleno de magia. Esta es la historia de unos niños, que años después que yo, comenzaron el mismo sorprendente viaje y se sumergieron en la  tierra de los sueños.

 

            Bienvenidos a Trabubulandia…..

 

   Cada vez estaban más cerca del pueblo. Andrea miraba excitada a través de los cristales de la ventana del coche y tan sólo veía pasar las filas de olivos que adornaban ambos lados de la carretera. Tenía ocho años, y después de un largo curso en la ciudad, por fin habían llegado las vacaciones de verano. El pelo castaño, corto, le brillaba con los últimos rayos de sol de la tarde, mientras una amplia sonrisa iluminaba su cara y las seis o siete pecas que rodeaban su pequeña nariz. A su lado su hermano pequeño cantaba. Estaba viendo una película de dibujos en el DVD  del coche, y mientras los protagonistas entonaban alegres canciones, el no paraba de bailar en su sillita. A pesar de sus 3 años recién cumplidos, era un niño pequeño y revoltoso al que le encantaba jugar con su hermana.

 

    A medida que descendían hacia el valle del Guadalquivir y se acercaban más al rio, los olivos daban paso a pinos y otros árboles propios de la sierra a la que se dirigían. Al final de la carretera se veían algunas casas, las primeras del pueblo.

 

-         Ya llegamos – dijo el padre de Andrea.

 

    Pasaron cuatro o cinco curvas, entraron en el pueblo y cruzaron el puente. Pudieron ver que el rio bajaba con muchísima agua gracias a las lluvias de los últimos días y a la nieve que había caído durante el invierno en las montañas y ya se había fundido. Podo después entraron en una calle estrecha y sin salida. Al final de la calle, David, el tío de Mario y Andrea, leía sentado en el escalón de la puerta. Cuatro o cinco niños jugaban a fútbol y el coche de los primos de Madrid estaba aparcado a la derecha.

 

    Andrea bajó la ventana y gritó mientras agitaba la mano. Por fin estaba en el pueblo, por fin de vacaciones. Lo que ella no sabía era todo lo que le iba a suceder ese verano, un verano lleno de aventuras y diversión, un verano en el que conocería a personas  seres increíbles, un verano en el que iban a pasar cosas que no olvidaría durante el resto de su vida, un verano que estaba a punto de comenzar….

 

    Bajó del coche de un salto y corrió a abrazar a su tío. 

 

    -¡Hola tete!- Gritó mientras este la levantaba del suelo y la colocaba con la cabeza mirando hacia abajo. Mientras giraba en el aire escuchó a la vez a su abuela que salía de casa y a Mario, que después de bajar del coche, salió disparado hacia ellos.

 

-Deja a la chiquilla en el suelo- decía la yaya Catalina. 

 

-Tete, yo tero. Yo tamien tero!!!

 

Así que David hizo caso a los dos. Soltó en el suelo a Andrea y comenzó a hacer girar a Mario mientras este reía como un loco. Andrea se tiró a por su abuela y después de que esta la apretujara y le dijese lo bonita y grande que estaba, todos ayudaron a sacar el equipaje del coche y a meterlo en casa, porque se había hecho tarde y ya era la hora de la cena.

 

La casa del pueblo no era muy grande: un pequeño escalón daba paso a un pasillo con una habitación a cada lado. Eran habitaciones bastante amplias, con dos camas cada una y unan gran ventana que daba a la calle por la que habían llegado. Al final del pasillo se llegaba a un comedor en el que había tres puertas. Una, junto a la tele, te conducía a una pequeña cocina. Otra a la habitación de la yaya y la tercera a un patio completamente blanco que tenías que cruzar para llegar al cuarto de baño. En la mesa del comedor estaba preparada la cena.

 

Andrea y sus primos jugaban en la calle con Pablo y Nuria, dos hermanos mellizos de Valencia que veraneaban todos los años en una gran casa que había al final de la calle. Pese a ser mellizos no se parecían en nada: Pablo era rubio y fuerte para su edad, un poco más alto que Andrea y con una sonrisa permanente en la cara. Nuria era más delgada y bajita que su hermano y llevaba una larga melena morena recogida en una coleta.

 

-Mira tata, llevo tentientes- Mario salía corriendo de casa de su abuela con dos cerezas colgando de las orejas- Teno tentientes, teno tentientes – cantaba mientras saltaba alrededor de los mayores.

 

Se había hecho noche cerrada, la luna iluminaba el cielo y un manto de brillantes estrellas cubría el pueblo por todos los costados. Allí fue cuando medio en serio medio en broma, David comenzó a hablar a los pequeños de cosas que sucedían desde que él era niño y de los seres que las causaban.

 

Andrea se tumbó en la cama pensando en los extraños seres que su tío había descrito. Había explicado como unos pequeños duendes, de un medio metro, eran causantes de extraños sucesos con sus continuas travesuras. Se quedó dormida pensando en cómo serían esos personajes a los que David juraba haber visto y que según el vivían en un bosque muy cercano. Se durmió pensando en los trabubus.

 

Despertó cuando notó algo en la oreja, era como si le estuviesen haciendo cosquillas con una pajita. Se rascó y levantó la cara para verse tendida en el claro de un bosque. Se frotó los ojos y escuchó una risa, pero al girarse allí no había nadie. Miró al cielo, una extraña luz anaranjada lo iluminaba todo, pero lo raro era que la luz no provenía del sol: tres lunas, una llena, una creciente y otra menguante eran las causantes del brillo que se propagaba por el prado. Se levantó y tras intentar dar un paso, algo le hizo caer provocando un grito. Se volvieron a escuchar risas, pero al mirar, no puedo ver a nadie, solo el bosque que la rodeaba. Alguien había atado el cordón de su bamba derecha con el de su bamba izquierda.

 

-Que gracioso, no me extraña que me haya caído. Vaya porrazo- dijo mientras arreglaba los cordones, sacudía sus ropas y volvía a levantarse- Por lo menos podías decirme quien eres y como puedo volver a mi cama…

 

Entonces fue cuando Andrea escuchó por primera vez una cancioncilla que le acompañaría durante el resto del verano:

 

“Los trabubus somos duendes de colores,

Pequeños y traviesos, siempre estoy de vacaciones.

Soy un trabubuuuuuuu… y esto es Trabubulandia”

 


 

Era un ser pequeño y regordete de color marrón verdoso. Tenía una gran nariz y dos ojos muy chiquititos. A los lados de su cabeza surgían dos especie de trompetillas a modo de orejas y un largo rabo y dos pequeños cuernecillos completaban la curiosa apariencia de ese personaje que parecía sacado de una fábula de la antigüedad.

 

    -Hola – dijo Andrea entre sorprendida y asustada- ¿Quién o qué eres?

 

   -Buena pregunta –contesto rascándose la cabeza con su cola- Me llamo Montrarius, pero mis amigos me llaman Monty, y me parece que ya te he dicho lo que soy.

 

    -¿Un trabubu?

 

    -Efectivamente, y si quieres seré tu guía en este maravilloso mundo, mi mundo. Bienvenida a Trabubulandia.

 

    Chasqueó los dedos y fue como encender la luz: la luna llena se convirtió en un gran sol, y aunque la luz seguía siendo anaranjada, tanto el claro como el bosque quedaron completamente iluminados. Al mirar a su alrededor se dio cuenta de que los troncos de los arboles no eran marrones…¡eran rosas!, y de cada rama crecían hojas de distintos colores: azules, rojas, amarillas, blancas… todas ellas salpicadas de numerosas flores.

 

    -¿Todas las flores son verdes?- preguntó Andrea con la boca abierta- Que sitio más raro.

 

    -Puede que a tus ojos les resulte un lugar un tanto extraño –replico Montrarius- pero te voy a demostrar que en tu mundo posiblemente no halles rincones tan bonitos como los que hay aquí. Acompáñame.

 

    Comenzó a  caminar dando saltitos, ¡y con tres saltos cruzó el claro y se internó en el bosque dejando a Andrea atrás! Al momento volvió a aparecer para ofrecer a la niña unos calcetines roñosos y llenos de agujeros que sacó de algún bolsillo de su pantalón. Ante la duda de la pequeña, le explicó que eran unos calcetines mágicos, que se los podía poner encima de sus bambas y que solo así se podría mover al mismo ritmo que lo hacía él. Al colocarse los calcetines, se sintió ligera, y con el primer paso avanzó unos cuatro metros, así que se dispuso a seguir a Monty aunque no había conseguido cambiar la cara de asombro que se le había quedado después del primer salto.

 

    Mientras se adentraban en el bosque, Andrea se dio cuenta de que Montrarius había cambiado de color y ahora era de un azul verdoso bastante pálido. Al advertir como le miraba, el duende adivinó la sorpresa en la cara de la niña y decidió explicarse.

 

    -Podemos cambiar de color. Antes estaba camuflado para gastarte la broma, pero este es mi aspecto favorito.

 

    Equipada con los calcetines, pudo apreciar la belleza del bosque en todo su esplendor. Caminó por un sendero de pinos azules en los que crecían tomates y grandes flores verdes de tres pétalos. Aunque no llegó a ver ninguno, el canto de los pájaros les acompañó durante todo el paseo. Transitaron por el borde de un precipicio al otro lado del cual se veía un bosque negro y tenebroso. Monty le contó que ese era el único problema que existía en Trabubulandia, pero no quiso dar más explicaciones a Andrea. Llegaron a un pequeño lago junto a una cascada, a los pies de una montaña nevada y se dieron un baño. A pesar de provenir de la nieve, el agua del arroyo estaba caliente, y eso permitía que lo habitasen una infinidad de peces tropicales de colores muy llamativos. Podían notar como jugaban entre sus pies y les hacían cosquillas con la cola al dar vueltas a su alrededor. Tras el baño, se sentaron a la sombra de un árbol rojo del que colgaban un montón de cerezas azules.

 

    -Pruébalas – le ofreció el duende- Son muy dulces.

 

    Así fue, como tumbada bajo el cerezo rojo y con el dulce sabor a cerezas en su boca, Andrea volvió a dormirse entre el murmullo de la cascada y el canto de los pajarillos. 

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

Caminando para parar (V aniversario)

 

     Hoy este rincón cumple cinco añitos y aunque durante los últimos meses no le estoy haciendo todo el caso que se merece, sigue siendo parte importante de mi vida. A veces los nuevos proyectos (que poco tienen que ver con las letras) y otras, no nos engañemos, la falta de motivación hacen que cada vez me cueste más sentarme a escribir. Hay momentos en los que creo que sería más sencillo dejarlo estar o incluso empezar de nuevo en otro lado. Luego reflexiono y me doy cuenta de que, para bien o para mal, “Bajo mi embarcadero” es el camino que tomé en su día y aunque pueda hacer que cambie de dirección, no debo abandonarlo.

 

     No es nada nuevo que en el mundo que nos ha tocado vivir, entre estrés y prisas, la presión del trabajo, la de la convivencia (aunque viva solo convivo con mucha gente en el día a día) y a la que nosotros mismos nos sometemos, apenas tenemos tiempo para parar y dedicarnos unos minutos a relajarnos. Hay veces que incluso nos da la sensación de que perdemos el tiempo si pasamos un día paseando, tirados en el sofá viendo una serie o simplemente leyendo. “Este fin de semana no he hecho nada”. Tal vez si hiciésemos una segunda lectura de ese “nada” seríamos conscientes de lo importante que puede llegar a ser.

 

     Es curioso, pero me he dado cuenta que cuando peor estoy, cuando más ganas de parar el mundo tengo, yo camino. Sí, camino para parar. Tal vez por eso tengo tanto cariño a este blog, forjado a base de desgastar bolígrafos y suelas. Tal vez por eso estoy escribiendo este sin sentido, porque he decidido parar y, después de toda la mañana caminando, me han entrado ganas de abrir una cerveza fría, coger un bolígrafo y volver a invitaros a esta senda por la que hacía tanto tiempo que no transitaba.

 

     Perdonad por el tostón, igual no es lo que esperabais, pero sigo teniendo la necesidad de parar así que prometo volver a caminar en breve y retomar “Bajo mi embarcadero” allí donde lo dejé, sin importarme hacia dónde me lleve. 

 

    Gracias por estar ahí.



miércoles, 3 de febrero de 2021

El mensaje del asesino

 

    "Dígale, agente, que no tuve más remedio que matarle”. La última frase que me dijo retumba en mi cabeza mientras recorro el largo pasillo. Había sido un caso extraño desde el principio y el final no podía ser diferente.

             

    Cruzo la puerta que da al enorme jardín, un auténtico paraíso, seguro que aquí no resulta difícil olvidarse de los problemas pasados. En una zona de frutales  destaca su melena rubia. Se le ve tranquila, serena, casi feliz…

 

    Camino hacia ella inseguro. Dudo que esto tenga algún sentido, pero siento la necesidad de trasmitirle su mensaje, las últimas palabras que escuché antes de que aquel disparo acabase con mi vida.