martes, 11 de octubre de 2022

De amores imposibles...

 
 

 

                No teníamos nada que ver. Ella nació un par de años después que yo en la parte alta de la ciudad, en el seno de una familia acomodada. Pelo negro, ojos verdes, menuda y grácil, me pareció la criatura más bella del mundo desde la primera vez que la vi alejarse, asustada, al notar nuestra presencia tan cerca. 

 

                Yo no tuve tanta suerte. De padre desconocido, viví al cuidado de mi madre hasta que su prematura muerte me llevó a la calle. A pesar de un inicio complicado, conocí a quienes poco a poco se convirtieron en mi familia y con su ayuda conseguí salir adelante. No éramos malos, pero había momentos en los que no teníamos más remedio que aparentar ser agresivos para conseguir mantenernos con vida. Ahora, viéndolo desde la distancia, tengo que reconocer que nuestra sola presencia podía causar pavor. Sucios, desarrapados y casi siempre en grupo, todo el mundo nos evitaba, algo que nunca me importó hasta que la que nos evitó fue ella. La perseguimos, más por diversión que por hacerle nada, hasta que vimos como cruzaba la verja de entrada a una enorme mansión.

 

                A partir de aquel día, comencé a rondar aquella puerta haciéndome el despistado, con la ilusión de volver a verla. Dos veces me paré delante y miré a través de la reja, admirando la belleza de aquellos jardines e imaginando que pasaba allí, junto a ella, el resto de mi vida. Sus ojos se cruzaron conmigo solo una vez y me pareció ver en ellos un atisbo de tristeza, justo antes de que los agentes del orden me llevaran detenido.

 

                Fueron unas semanas tristes. Encerrado sin nada que hacer más que lamer mis heridas y recordar esos ojos verdes que se había convertido a la vez en mi obsesión y mi verdugo. No pasó un solo día en el que no la recordara ni una sola noche en la que apareciera en mis sueños…

 

Mi juventud jugó a mi favor. Tras pasar varias semanas recluido, una pareja decidió acogerme para darme una segunda oportunidad e intentar reinsertarme en la sociedad. Tenían una bonita casa en una localidad cercana, no tan grande como la de mi amor, pero también contaba con un jardín en el que comencé a pasar la mayor parte del tiempo. Necesitaba espacios abiertos, así había pasado los primeros años de mi vida y tras ese tiempo encerrado, apreciaba más que antes la luz del sol calentando mi rostro o el brillo de las estrellas en las noches despejadas. De vez en cuando me sentía observado. A veces descubría a papá (se empeñaba en tratarme como a un hijo, algo que le agradeceré toda mi vida) observándome desde el porche, por encima del diario que solía leer antes de comer, o a mamá sonriendo al otro lado de la ventana de la cocina. Alguna vez, sobre todo cuando el sol se ocultaba, me parecía ver una sombra vigilante en el exterior.

 

Todo cambió una noche de luna llena del caluroso mes de agosto. Había pasado todo el día en la montaña y decidí tumbarme sobre el césped a disfrutar de su frescor y de unos momentos de relax antes de dormir cuando su silueta se recortó en la oscuridad, sobre la tapia que rodeaba el jardín. Creí que se trataba de un espejismo. Estábamos a kilómetros de su casa, pero el brillo que la luna arrancaba de sus ojos era inconfundible. Maulló para mí y, al ver que me acercaba, cambió los maullidos por un suave ronroneo. No gruñí, ni ladré, tan solo me aseguré de que leyera en mi mirada lo que siempre había soñado decirle.

 


miércoles, 28 de septiembre de 2022

LA VERDAD

 

“Menos mal que con los rifles no se matan las palabras.”  Del poema de Manolo Chinato “Abrazado a la tristeza”

 

LA VERDAD

 


 

     Nunca me había sucedido. Siempre fui bueno en mi trabajo, algunos pensaban que el mejor, por eso siempre existía alguien dispuesto a pagar mis elevados honorarios. Llegaba, cumplía y adiós muy buenas. Sin pensarme dos veces si lo que hacía era correcto ni las consecuencias que eso podría tener en el resto de la humanidad. No era mi problema si mis actos hundían una empresa, una familia o un país. Tan solo era un trabajo.

 

     Todo cambió de la forma más inesperada. Estaba acostumbrado a recibir suplicas, tal vez por eso me sorprendió más la serenidad de su rostro. Me miró a los ojos sabiendo que mi presencia significaba que todo su mundo se iba a tomar por culo, pero con la tranquilidad de quien no se arrepiente de ninguno de sus actos.

 

-Sé que lo haces por dinero, solo por eso, así que no vayas muy lejos porque pronto otro ocupará mi lugar. Cogerá el testigo y seguirá luchando por lo que yo lucho, así que tu “jefe” tendrá que volver a contratarte una y otra vez. Los asesinos como tú podréis atemorizarnos, quitarnos la vida, pero no hacernos renunciar a creer que una vida mejor es posible.

 

     Parecerá un absurdo porque lo era, pero nunca me habían llamado asesino a la cara. Aquellas fueron sus últimas palabras y aquel mi último trabajo.

 

domingo, 25 de septiembre de 2022

La vida es sueño

"¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son." Calderón de la Barca.

 

 


 

 

    Desperté en la cama de una cómoda habitación de hotel. La melena morena que se dibujaba sobre la almohada se encargó de recordarme que no todo es malo en los congresos de cirugía cardiovascular. Ser uno de los ponentes más jóvenes tenía algunas ventajas. Me di una ducha rápida antes de vestirme y poner rumbo al aeropuerto sin molestarme en despedirme.

 

     El avión salió puntual y, a pesar de no querer dormirme temiendo lo que podía suceder, el cansancio terminó venciéndome.

 

     Desperté entre cartones, con un tetrabrik de vino vació junto a la chaqueta que hacía las veces de almohada. Escondí parte de mis pertenencias entre dos contenedores ya que no podía llevarlas al refugio municipal. Tuve suerte y me otorgaron una cama, así que pude darme una ducha rápida (aunque con agua fría) y cenar caliente por primera vez este mes justo antes de envolverme en unas sábanas ásperas que me parecieron el paraíso.

 

     Abrí los ojos cuando el avión aterrizaba. Todavía me parecía notar el olor a desinfectante de la habitación compartida. Cuando llegué a casa me encontré a Eva con ganas de guerra. Después de una semana sin verla no se lo pude negar por muy cansado que estuviese. Nos dormimos abrazados después del segundo polvo…

 

     Al despertar en el catre que me asignaron ayer, la luz del sol comenzaba a entrar por la ventana. Echar dos polvos y despertar en un colchón me hace pensar que la vida (o los sueños) no siempre son tan crueles.

 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Aguantando de pie

 

 

Supe que algo iba mal en cuanto escuché cerrarse la puerta. Sus pasos acelerados hacia la habitación, sin descalzarse en el recibidor como tenía por costumbre, terminaron de confirmar mis malos presagios. Desolada, se volcó en mí como tantas veces había hecho antes. Le había dejado y su mundo se hundía de forma vertiginosa. Se acabaron las tardes comiéndose a besos protegidos por la oscuridad de la sala de cine, se acabaron las citas exprés para saciar su amor (al menos el de ella) en hoteles apartados de la miradas indiscretas. Se acabó. Le confesó que esperaba un segundo hijo con su mujer y que ya había puesto  a su familia en peligro durante demasiado tiempo por un juego que no le aportaba nada. Ni se dignó a escuchar sus desesperadas suplicas, se levantó y le dio la espalda. Se fue sin un beso de despedida ni un triste buena suerte, tan solo se giró y salió de la cafetería sin más.

 

 

No paraba de repetirme que era él, que era el hombre de su vida y que seguro que recapacitaría, aunque sus ojos inundados en lágrimas me dijeran que era consciente de que aquella historia había tocado a su fin.

 

 

 

 

Se quedó dormida entre sollozos, vencida por el agotamiento, justo cuando la luna comenzaba a iluminar la habitación impregnando el ambiente nocturno con su olor. Hoy era un olor amargo y salado, como las lágrimas que hace poco humedecían el rostro de mi ángel o como las que tendrían que estar resbalando por mis frías mejillas. No era la primera vez  que le rompían el corazón y que yo, como siempre había hecho, escuchaba sus lamentos enfadado con el mundo. No soportaba verla así, no soportaba ser consciente de su sufrimiento sin haber podido advertirle unos meses atrás, cuando la ilusión que pintaba su cara hacía que me muriera de celos. No soportaba no poder rodearla con mis brazos y susurrarle al oído que no se preocupara, que todo iría bien, que yo estaba a su lado. No soportaba hacer lo único que podía hacer, escucharla de pie, permanecer a su lado con mi rifle al hombro intentando no temblar de rabia, impotencia o lo que sea que siento mientras lloro sin lágrimas. Porque es lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser fuertes, los soldados ni temblamos, ni lloramos y, menos aún, si somos de juguete.

 



 

jueves, 14 de julio de 2022

Julen

 

 

 
 


 

 

     Siempre me ha gustado sentarme en los bares y observar, sobre todo si estoy fuera de mi ciudad. Puede parecer que soy un cotilla (tal vez lo sea) pero es inevitable imaginarme historias al ver a la gente o escuchar parte de sus conversaciones.

 

     Edurne está cansada. Aparca el carrito junto a una mesa cercana y se sienta mientras Kepa ocupa otra de las sillas. No tarda en llegar una pareja que parece que también crecerá en breve. Se saludan emocionados y Kepa saca al niño del carro, orgulloso, para presentarles a su primogénito.

 

     El niño es guapo, se parece a su madre, aunque el padre no para de repetir que es clavadito a él cuando era pequeñito. Una tercera pareja que también parece esperar descendencia (parece que el grupo se ha puesto de acuerdo) hace subir el tono de la conversación entre risas y felicitaciones. Julen rompe a llorar y Edurne lo sujeta en brazos para intentar que se calme. Aprieta el pequeño cuerpo contra el suyo y al ver que los pequeños ojos de Julen me observan por encima del hombro de su madre le saco la lengua. Se ríe y Edurne se gira sorprendida. Sonríe. Es una sonrisa transparente, que refleja a partes iguales alegría y gratitud, consciente de que yo era el culpable de esa carcajada infantil.

 

     Kepa pide la tercera cerveza en el momento en que los lloros vuelven. Tras un breve y tenso diálogo, meten al niño en el cochecito y mientras los otros dos chicos entran en el bar, él se lo lleva para intentar dormirlo. Se aleja acelerando el paso, impaciente, con la mirada fija en el pequeño.

 

-No puedo más. –La conversación, a pesar de discurrir en voz baja, llegaba nítida a mis oídos- Cada día se desentiende más. No tiene nada que ver con el Kepa que conocí… ¡y eso que Julen es un amor! Pero no tiene paciencia y siempre soy yo la que tiene que darle de comer, la que lo duerme, la que se levanta si llora, y no me quedan fuerzas. Ya no hablo de tiempo. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? Y ni os digo cuando fue la última vez que pude ir al gimnasio. ¡Ni dos horas a la semana para hacer una puta clase de pilates tengo libres! Porque los horarios le coinciden al señorito con los entrenos de los chavales y al parecer no “dejar colgado” al equipo es más importante que la salud mental de su mujer. Como si Jon, el chico que le ayuda, no pudiese hacerse cargo de ellos un día a la semana. Es cierto que en cuanto Julen me sonríe me olvido de todo, pero no puedo más. Os juro que de haber sabido que…

 

     La llegada de Kepa les interrumpe. El niño sigue llorando. Edurne lo sujeta entre sus brazos y se va a un banco cercano. Lo mece con ternura mientras le canta suavemente al oído. El padre no para de justificarse con las chicas: que es raro, que suele dormirse en seguida, que no les da nada de guerra… Pero Julen se tranquiliza con los susurros de su madre, que suspira tras volver a dejarlo en el carro ya dormido. Kepa besa a Edurne en la frente y le dice que está dentro del bar, que el partido ya debe haber comenzado.

 

     Edurne vuelve a suspirar.