El
sol comenzaba a asomar entre las montañas cuando salí de las porquerizas.
Caminé despacio hacia la granja, satisfecho de haber hecho bien mi trabajo,
como cada mañana. Los cerdos crecían a buen ritmo y pronto estarían preparados
para pasar por el matadero. Las carnicerías de la zona se los rifarían a
sabiendas de que la carne de mis cerdos era la más sabrosa gracias a los
cuidados que les proporcionaba a diario. Procurar que sean felices, que hagan
ejercicio, una buena alimentación… todo eso junto era la clave para que el
resultado final fuera el óptimo.
En
otras circunstancias no lo haría, pero tenía que ir al pueblo a comprar, así
que me desnudé y tomé una ducha rápida. Me puse con calma la ropa que me
esperaba sobre la cama. Primero los calcetines “un hombre siempre se viste por
los pies”, me repetía siempre el abuelo. De él lo aprendí todo, gracias a él
era quien era.
Me
asomé a la habitación antes de marchar. Su melena rubia se recortaba sobre la
almohada mientras su profunda respiración rompía el silencio de una estampa de
cuento de Disney. La noche había sido intensa y tardó en quedarse dormida así
que la dejé disfrutando del merecido descanso. Salí de casa, cerré con llave y
me subí a mi viejo todoterreno decidido a comprar en el pueblo todo lo que
necesitaba.
Al
pasar junto al instituto reduje la velocidad. Allí dentro pasé muchos de los
peores momentos de mi vida. En mi época era algo habitual pero después le
llamaron bulling y se convirtió en algo malo. Se metían conmigo por mi procedencia,
decían que olía a cerdo. ¡Qué sabrían aquellos niñatos! Siempre fui limpio a
clase. El abuelo siempre decía que era normal oler a guarro mientras se
estuviera en la granja pero, una vez entre el resto de la gente, el aseo tenía
que ser algo primordial. A pesar de cumplir a rajatabla esa norma ellos
siguieron acosándome. Aceleré para alejarme en el momento en el que comenzaron
a salir adolescentes del edificio.
En
la puerta de la tienda, un cartel con la foto de una joven desaparecida cubría
gran parte del cristal. Tenía una mirada tierna e inocente, con la ilusión
propia de alguien que ha tenido una vida fácil, sin preocupaciones ni más
problemas que decidir que ropa se pondría al día siguiente o elegir la pareja
que le acompañaría al próximo baile entre su ramillete de admiradores. Era
guapa, seguro que la mayoría de jóvenes habrían sido capaces de hacer cualquier
cosa para conseguir una cita con ella.
El
interior de la tienda estaba repleto de cosas para la granja: los sacos de
semillas ocupaban gran parte del local pero me dirigí a la zona de herramientas
consciente de lo que había ido a buscar. Me crucé con Sebas y me saludó con su
efusividad habitual. Le devolví el saludo por educación, pero sin intención
alguna de entablar conversación con él. Me daba asco, olía a cerdo. Era un claro
ejemplo de lo que el abuelo jamás habría permitido en su granja. Gente como él
provocaba que el resto de personas generalizasen y nos tratasen a todos como si
fuéramos apestados.
Al
pasar por caja, el propietario me preguntó cómo iba la piara confesándome que
estaba deseando saborear esa carne tan especial que solo una vez al año salía
al mercado. Mientras me cobraba los recambios para la sierra eléctrica le
confesé que estaba a punto de comenzar con la última fase del proceso de
engordado. Alimentación especial durante un par de semanas y en un mes estarían
listos para pasar por el matadero. Me despedí y al salir eche un último vistazo
al cartel de la puerta. Seguro que ya habría despertado y esa dulce carita no
estaría tan relajada como cuando la dejé atada a la cama. Mis animales darían
buena cuenta de esa carne fresca, ideal para alimentarles durante los últimos
días, tal y como el abuelo me enseñó.