El
cansancio comenzaba a vencerme cuando encendí mi enésima pipa del día. Había
escuchado hablar de sus robos en Italia primero y en Francia después, siempre
en grandes museos, siempre piezas famosas sobre las que había vigilancia
especial, siempre haciendo que se esfumasen durante la noche y dejando en su
lugar una pieza de ajedrez. La Reina Negra, así era como firmaba sus fechorías
y como los tabloides londinenses bautizaron a mi nuevo adversario.
Miré
todo aquello desde la distancia, con cierta curiosidad profesional, hasta que
Scotland Yard se puso en contacto conmigo. Había desaparecido una figura de
cristal de Buckingham Palace. No era una pieza de gran valor, un regalo de un
duque bávaro a nuestra reina. En otras circunstancias no habrían necesitado de
mis servicios, habrían investigado a los empleados de palacio hasta encontrar
al culpable, pero el hecho de encontrar esa maldita pieza de ajedrez en su
lugar hizo encender todas las alarmas.
El
palacio de la reina no era de los lugares más inaccesibles de Inglaterra. Los
guardias de las puertas y los que patrullaban cada cierto tiempo el interior,
eran suficientemente disuasorios para los ladrones habituales. La investigación
se prolongó durante todo día. Hablé con el servicio, con los guardias, incluso
con algún miembro de la familia real y no fui capaz de encontrar ni una sola
pista. Al salir, me pareció ver una figura oculta observándome entre las
sombras del anochecer que se alargaban antes de que la niebla hiciera acto de
presencia engullendo todo con su húmeda capa.
Di
otra calada a mi pipa, repasé todas las declaraciones en busca de una pista,
releí los informes recibidos de la policía del resto de Europa y me quedé
dormido sobre un montón de recortes de periódico.
Apareció
en mis sueños como una sombra oscura en la que solo destacaba una corona
dorada. Estaba apenas a una decena de metros de nosotros, dándonos la espalda y
caminando hacia la niebla mientras reía. El doctor y yo comenzamos a correr en
su dirección pero por más que corríamos no lográbamos acercarnos a ella. Me
quedé solo, intentando darle alcance mientras seguía riendo. Desaparecieron el
doctor, la niebla y Londres, dejándonos a los dos solos sobre un inmenso
tablero de ajedrez. Cada vez que parecía que la tenía acorralada, levitaba y se
colocaba a mi espalda con una sonora carcajada. No sé cuánto duró, pero justo
en el momento en que comenzaba a girarse, unos golpes en la puerta me trajeron
de nuevo a la realidad.
Durante
el trayecto Watson no paraba de repetir que era una locura, que tenía que haber
algún error en la notificación, que seguro que el mensajero se había
confundido. No entró en detalles, tan solo me condujo hasta el British Museum,
inusualmente acordonado por los cuerpos policiales.
El
inspector Johnson nos esperaba a los pies de la escalera y nos acompañó por las
galerías mientras nos explicaba lo sucedido: museo cerrado, ronda de vigilante
cada media hora, a las seis de la mañana todo correcto pero a las seis y media…
Conocía bien el museo. Sabía que en el centro de la gran sala en la que
acabábamos de entrar se encontraba la Piedra Rosetta, pero no estaba allí. El
lugar que solía ocupar la pesada roca rosada que contiene los secretos del
antiguo Egipto se podían observar dos objetos mucho más pequeños. No me
sorprendió ver una reina negra, me sorprendió apreciar la corona dorada que
adornaba su cabeza y que a su lado descansara una pipa, la misma que había
utilizado antes de irme a dormir y que creía haber olvidado sobre la mesa de mi
despacho tras mi precipitado despertar.